200 años después

El bicentenario del tratado de libre comercio con Inglaterra merecería una mayor celebración de los principios que allí defendió Artigas
Muchos bicentenarios se están celebrando en América del Sur desde la fecha histórica del 25 de mayo de 2010. Unos con más fasto que otros. Unos con más claridad de su significado que otros. Y algunas efemérides pasan con bajo perfil, quizá porque no caen en lo políticamente correcto según la mirada de estos tiempos.

En Uruguay, no tuvo gran fasto el bicentenario de las Instrucciones del Año XIII, quizá demasiado liberales para los conceptos que predominan hoy día.

Y ahora tampoco lo tiene el bicentenario del Convenio de Purificación, celebrado entre la Provincia Oriental, representada por José Artigas, y el Reino Unido de Gran Bretaña, representado por el teniente de navío Eduardo Frankland el 2 de agosto de 1817, en el que se establece un tratado de libre comercio entre ambas partes. Por dicho tratado se garantizaba a los comerciantes ingleses el libre negocio por nuestros puertos y se le eximía del pago de impuestos extraordinarios a cambio de lo cual Gran Bretaña se comprometía que el tráfico por nuestras costas no fuera perturbado por el enemigo.

Afortunadamente ese aniversario no pasó desapercibido. Entre otros, cabe destacar al diputado nacionalista Jaime M. Trobo que realizó una excelente exposición en la Cámara de Diputados el pasado 6 de setiembre.

En ella recuerda ese hecho tan trascendente, las circunstancias en que se firmó –la Provincia Oriental invadida por el Imperio de Portugal y Artigas peleado con el Directorio de Buenos Aires, que puso precio a su cabeza–, la gestación del ideario artiguista de raíz federal como ya se insinuaba con claridad en las Instrucciones del Año XIII, la libertad de puertos de Maldonado y Colonia, la necesidad de que Buenos Aires no fuera cabeza de la nueva confederación, etcétera.

Y sobre todo el hecho de que, por primera vez, una nación extracontinental firma un tratado con una nación de América. Y al respecto es muy acertada la cita que hace el diputado Trobo del historiador Carlos W. Cigliuti, cuando dice en sus Estudios sobre Artigas que "Artigas, por el (tratado) trataba de igual a igual con Inglaterra, esto es, como dos estados soberanos, mutuamente respetados, colocados jurídicamente en pie de igualdad, como corresponde, dejando de lado las diferencias de cualquier carácter".

Este tratado fue, como bien señala Trobo, "el primer acto internacional acordado por Artigas como gobernador y capitán general de la Provincia Oriental autónoma". Pero no solo por ello es importante.

Es que el mismo consagra en sus seis artículos, según la profesora Ana Ribeiro en su obra Los tiempos de Artigas, también citada por en la alocución del diputado Trobo, "tres principios vitales para el comercio inglés y para la lucha política mantenida por Artigas: la libre navegación de los ríos, la libertad de comercio y la seguridad de las personas y de sus propiedades en los territorios y puertos que reconocían la Jefatura del Protector".

Es que más allá de las circunstancias concretas en que se encontraba Artigas y de los beneficios inmediatos que este tratado reportaba –recursos monetarios y protección ante un posible bloqueo portugués–, en el mismo se expresan principios que Artigas venía sosteniendo desde tiempo atrás, que lo enfrentaban con el Directorio porteño y que eran parte fundamental de su proyecto político de la confederación construida por fuera del dominio del puerto de Buenos Aires, algo que no terminó cuajando.

Pero es bueno constatar estos principios del jefe de los orientales cuando Uruguay pugna por buscar su espacio comercial. Estamos incómodos en la inoperante burocracia del Mercosur. No somos parte de ninguna "Patria Grande".

Pero sí tenemos vocación de comerciar con todos los países. Mejor dicho, teníamos vocación hasta que se nos metió hasta los tuétanos la "tentación proteccionista" que impuso España a sus colonias y que buscó imponer el gobierno de Buenos Aires. De ella zafamos durante buena parte del siglo XIX pero nos fue dominando a lo largo del XX, con escasas excepciones.

Como sea, este bicentenario del tratado con Inglaterra merecería una mayor celebración y, sobre todo, una puesta al día de los principios que allí enunció y defendió Artigas. Mucho bien nos haría, doscientos años después, ponerlos en práctica en lugar de jugar a la mosqueta con una política comercial avara y mezquina, y cuestionada desde el propio partido de gobierno, al que no le gusta Artigas hablando de libertad, aunque eso fue lo que más hizo.

Comentarios

Acerca del autor