"Mamá, el burro está triste"

Si existiera un ranking mundial de zoológicos decadentes, el de Montevideo ocuparía los primeros lugares.
El tigre está tumbado en el suelo, quieto, en una jaula oscura. No mueve las patas ni la cabeza ni nada. Parece muerto, pero creo que no lo está. A mi lado una familia lo mira y uno de ellos dispara varios clics con el celular.
Están ahí unos segundos y siguen su camino.
 
Es domingo a la tarde y el zoológico de Villa Dolores, con sus 20 pesos de entrada, sigue siendo un paseo preferido por muchos montevideanos. A esta hora decenas de personas deambulan por sus caminos, recorren sus celdas.
 
Hay casi tanta gente –o quizás más- que en el acto del Frente Amplio que se realiza a esta misma hora en una placita cercana sobre la calle Rivera, donde Lucía Topolansky intenta convencer a algunas decenas de militantes -que en realidad ya están convencidos- sobre lo malo que sería volver al año 2002 o 2003.
 
Hace unos meses Juan José Millás publicó un reportaje en El País de España sobre Uruguay, "el país que sorprende al mundo". En ese artículo Millás va tras los pasos de Mujica, intenta trazar un perfil del país y también le dedica unas líneas al zoológico de Villa Dolores. Dice así Millás: "Jamás habíamos visto un zoológico más triste, más enfermo, más parecido a una prisión medieval. Los animales te miraban como si estuvieran condenados a cadena perpetua".
 
Y es tal cual.
 
El tigre, en realidad, no me mira. No mira a nadie. Tiene los ojos mirando al piso, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. Es uno de los primeros animales con los que uno se topa al entrar.
 
Pero la primera imagen no es la del tigre sino la de la señora grandota que trabaja en la boletería y lleva un enorme tatuaje de dragón en uno de sus brazos.
 
Unos metros más allá hay unos espejos que deforman y hacen que uno se vea flaco, gordo, petiso o alto y espigado. La última vez que había venido al zoológico (y deben haber pasado no menos de 20 años) estaban los mismos espejos. Solo que ahora se los ve manchados, feos, venidos a menos.
 
Después aparece el primer animal: un enorme hipopótamo.
 
Más adelante hay una jaula que, se nota, fue reformada hace poco, con una pequeña piscinita y unas cañas que crean algo así clima de selva. Adentro hay dos jaguares que se mueven un poco (aunque no mucho porque la jaula es pequeña). Un cartel avisa que en Villa Dolores existe el "compromiso de trabajar en la mejora de la calidad de vida de los animales cautivos, proporcionando los estímulos adecuados a las diferentes especies".
 
Y al lado de los jaguares está el tigre, pero se ve que todavía no han empezado a trabajar en la mejora de su calidad de vida: su jaula es un poco más chica que la de los jaguares y ni siquiera está ambientada.
 
Uno camina y la sensación de abandono  crece. Las paredes descascaradas no ayudan. Pero eso, obvio, no es lo peor: Villa Dolores es el modelo de zoológico cárcel, donde los animales está ahí presos, apenas pueden moverse.
 
El lobo marino da vueltas en círculos, una y otra vez. A veces boca arriba, a veces boca abajo.
 
Al fondo se ve la cabeza de la jirafa, que lame los hierros que delimitan su hábitat. ¿Tendrá hambre?
 
Los únicos que están libres son los pavos reales. Hay unos cuantos, que se mueven a su antojo y desplegan sus coloridas e increíbles plumas. Ellos son los reyes del zoológico.
 
En cambio, el burro -de cabeza gacha y pelaje desgastado- da algo de pena. 
 
-El burro se vino abajo, ¿viste? -le dice un padre a su pequeño hijo-. Tiene nanas.
 
El niño lo mira pero no responde.
 
Uno segundos después una madre también habla con su hija del mismo tema.
 
-El burro está sucio -le dice la madre.
 
-Mamá, el burro está triste -corrige la niña.
 
La nena tiene razón. Quizás el burro esté enfermo o sucio, pero es probable que también tenga una depresión feroz.
 
A los uruguayos nos encantan los rankings, sobre todo cuando estamos en los primeros  lugares.  Si existiera un ranking de zoológicos decadentes, el de Montevideo ocuparía los primeros lugares sin duda.
 
Antes de irme, vuelvo a echarle una mirada al tigre. Sigue tirado en el piso, esperando que pasen las horas, esperando que suceda algo.
 
Quiso el destino que a media cuadra, en Rivera y Pereira de Rosell, unos muchachos me entregaran un volante reclamando el cierre del zoológico.
 
"¿Qué educación puede brindar un espacio que naturaliza el encierro? Un lugar que pisotea la libertad y entiende la vida como mercancía solo puede educar para eso, para normalizar el encierro y la cosificación de la vida”, dice el volante.
 
La verdad, los muchachos no están muy errados.

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