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Por Joaquín Ramos

La elección

Nos hemos cansado de enumerar, detallar y hasta repetir las inmensas virtudes que tiene el cine sobre otras formas de entretenimiento. Sin embargo, debe...



Por Joaquín Ramos

Nos hemos cansado de enumerar, detallar y hasta repetir las inmensas virtudes que tiene el cine sobre otras formas de entretenimiento. Sin embargo, debe ser dicho, visitar una sala a veces demuestra ser una experiencia algo desagradable por diversos motivos, de los que se destaca uno en particular: uno debe elegir, y elegir tiene implícito el tener que renunciar a otra cosa.

Primero que nada uno debe elegir la película. Si bien esta decisión puede parecer sencilla, no lo es en absoluto. Sobre todo si se quiere ir con la pareja. El mismo problema al que nos enfrentamos en el video club amigo se nos presenta a la hora de elegir la película. ¿Cuántas veces hemos tenido que renunciar a visitar la sala porque no se llegó a un consenso acerca del filme que se vería? ¿Cuántas cositas tuvimos que sacrificar para que nuestra pareja accediera a ver esa de acción o esa romántica sin sentido? Nunca ha habido una decisión que genere tantas “colas de paja” como la elección de la película un viernes por la noche. Sobre todo si en medio de la película uno se da cuenta que fue una mala decisión y se lamenta por lo bajo “Esta me va a salir cara”.

Si logramos elegir esa película –con todo el esfuerzo que implica- y resulta ser una porquería, saldrán a colación todas a las que se renunció por elegir aquella: “Te dije que iba a ser malísima”, “Tendríamos que haber ido a ver la otra”, “Es la última vez que te acompaño a ver una película así”…

Supongamos, ahora, que no hubo problema para elegir la película (caso que la ciencia no ha podido documentar). Todavía queda una decisión quizá más compleja por hacer: la de elegir los asientos. Murphy hubiera escrito una enciclopedia registrando este caso. Hay veces en las que uno quisiera entrar con los ojos vendados a la sala y sentarse sin elegir. Porque no es un buen o mal lugar lo que nos preocupa, si no el tener que elegir dónde sentarnos. Lo peor es cuando la gente entra apurada y al pegar la vuelta uno ya ve que los asientos del medio están tomados y debe decidir rápido. ¿Qué priorizar? ¿La distancia del asiento a la pantalla, el ángulo, la cantidad de gente alrededor, el pasillo para salir antes o por si vienen ganas de ir al baño..! Nunca el hombre ha tenido que decidir tantas cosas en tan poco tiempo. Encima debe hacerlo mientras aguanta un pop, un refresco cola, posiblemente una campera y las quejas y reproches de la pareja “¿Te gusta ahí?”, “No, ahí no, es muy cerca”, “¿Y ahí?”, “¿Estás loco? ¿Qué querés? ¿Qué me dé tortícolis?” Mientras uno camina por el pasillo, da marcha atrás, amaga, elude, se mete en una fila, sale, molesta a otros ya sentados… hasta que se resigna y elige.

Claro que ahora que sabe dónde se sentará, debe elegir cómo llegar a los lugares antes que ningún otro. “¿Será mejor por la derecha o dar la vuelta? Si doy la vuelta sólo molesto a dos, si voy por acá a seis”, piensa, medita y compara. Hasta que finalmente se manda y se sienta, mientras observa a otros en mejor posición y piensa “Estás en mi lugar, maldito”. Claro que no se ha terminado de acomodar cuando escucha esa voz que interrumpe sus pensamientos:
-Acá no me gusta, gordo, no veo bien, estoy incómoda.

Pero él ya se ha rendido. Su voluntad ha desaparecido bastante más rápido que la del pobre Winston en 1984. Y aunque sabe que fue una mala decisión, que debió haber sacrificado la distancia por un mejor ángulo y que a la salida va a tener que esperar a que dos veteranos miren quién fue la vestuarista en los créditos, no lo reconocerá. Y se callará la boca y el sentimiento de derrota le carcomerá las entrañas hasta que comience la película. Eso si es que no le dan ganas de ir al baño. O peor, a su pareja.


Fecha: 09/03/2010 | 16:11 | Montevideo, Uruguay

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