Absolutos principiantes

Las canciones de Bowie tienen la cualidad de desnudar, de empezar de nuevo, de sonar como si fuera la primera vez, como si su muerte no hubiese sucedido
Pienso en Bowie y su figura me lleva a Joseph Campbell: el héroe de las mil caras; por un día y por varias décadas. Fue particular la madrugada del 11 de enero pasado. Un amigo, por estos días de vacaciones en Islandia (vaya isla particular) y con varias horas de ventaja en el día, se sorprendía de la cantidad de uruguayos despiertos el lunes pasado entre las 6 y las 7 de mañana, llorando digitalmente a Bowie en las redes sociales. El hombre murió, pero sus mil caras siguen flameando. Y seguirán, cada una representando las etapas de una vida tan cambiante como el reflejo del océano desde un avión. Cada trozo de agua es diferente, pero el todo forma el conjunto coherente.

Bowie fue un payaso, un clown, un mimo, un marciano, una lagartija, un astronauta drogado hasta los confines del universo, un pirata de matiné para niños. En cada disco subía la apuesta. Se escondía mostrando otra faceta del maquillaje, del diseño y de las partituras. Quería demostrar que el caleidoscopio de su vida resistía.

Una carrera y una vida de esa magnitud no son infalibles. Compuso canciones que formaron discos maravillosos, sondeó como un ballenero en los abismos en busca de pesca. Varias veces cazó la ballena blanca y magnética, y tantas otras se le escapó entre las manos y el arpón de su guitarra. Acertó y falló, y quién puede culparlo detrás del aplauso. Sí, hizo bazofias duras de digerir, pero al pasar la raya siempre queda lo grande. Los himnos, la voz quebradiza que esta semana duele un poco en los oídos y los experimentos más osados de la música pop, como por ejemplo el eterno koto japonés ejecutado en un lúgubre estudio berlinés o, quizás, en un etéreo jardín de musgos. Bowie toca el instrumento y balbucea melodías como un extraterrestre improvisando una canción angelical. Se eleva.

Bowie en cuero negro, Bowie rubio y hippoide, Bowie engominado, Bowie en la frontera, fumando como Bogart con gabardina, Bowie listo para desfilar en carnaval, mod, perro de caza, varonil, actor, actriz, amante amanerado, afilador. Fue muchos y fue uno. Y sus pupilas extrañas, su mirada lobuna siempre mirando un poco para el costado.

¿Qué quedó y qué cambió de verdad bajo la piel del camaleón? ¿Qué se mantuvo a pesar de la metamorfosis? El talento de la búsqueda, más allá del desafío y la imagen, del asco y la atracción del que no puede dejar de mirar. Acá sí, sin dudas, el camino es la recompensa. En la sinuosidad encontró su ser, en el kilometraje su esencia. Su ruta partió de un grisáceo barrio londinense y su corazón terminó comido por una lunga modelo somalí. A sus pies se rindieron rubias y lenguas puntiagudas, y contra todos, con el rayo en la frente como un dios grecorockero, supo capear el torbellino.

Le insistían con el significado. Los hombres siempre lo necesitaron para explicarse el mundo. Fue alguien difícil de aprehender. En una entrevista que le hizo la revista inglesa New Musical Express en 1980 el hombre peleaba por el sentido de sus notas, de sus tonos, de la progresión de los mismos, de las cadencias, más allá de las palabras. "¿Por qué no me preguntan por lo que compongo en vez de preguntarme por mis letras?", decía entonces, retóricamente.

Murió en un apartamento en Nueva York. El cáncer pudo con él. Él, cual un cáncer, ya había podido con nosotros. ¿Cómo quedamos luego de su ida? Como absolutos principiantes. Como siempre me sentí frente a sus canciones, que tienen la cualidad de desnudar, de empezar de nuevo, de sonar como si fuera la primera vez. Lo repito: somos primerizos con sus temas. Mantienen la sorpresa y el juego de querer volver, pero con oídos nuevos, surgidos todos de ese volcán inglés flaco y desgarbado, quebradizo, sublime y ridículo, esa rara forma de la emoción que se llamó, durante 69 años pero como un suspiro en un espejo, David Bowie.


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