Acceso a capitales le da al país "margen" para un ajuste gradual

Reforma educativa y fomento del ahorro están entre los debes, según el economista del Banco Mundial
El economista jefe para América Latina del Banco Mundial, Augusto de la Torre, hace un "balance favorable" sobre el Uruguay posterior al ciclo de bonanza. Sostiene que los precios altos de los commodities pasaron, pero la productividad ganada por la economía local y la formación de capitales durante el período llegaron para quedarse. A la hora de "ajustarse el cinturón", señala, Uruguay tiene margen para un "ajuste gradual", un privilegio del que no disponen varias economías de la región. Sin embargo, sostiene que el país tiene todavía en el debe el fomento del ahorro doméstico, porque no es posible sostener un proceso de inversión en el largo plazo únicamente con capitales externos.
A continuación, una síntesis de la entrevista que mantuvo con El Observador.

¿Qué queda para Uruguay luego de una década de boom económico? ¿El país sale con nuevas capacidades de este ciclo de bonanza o, como ustedes señalan en su último informe para el grueso de la región, se deslumbró por el "espejismo" de precios altos de los commodities?
Si uno evalúa la situación de Uruguay con justicia y en términos comparativos, habría que decir que el neto es muy positivo. Hay dimensiones de la política pública que podrían haber sido mejores. La propensión marginal a ahorrar de la bonanza podría haber sido más fuerte. Ciertas reformas estructurales, como la reforma educativa, podrían haber ayudado a apuntalar mejor el proceso de progreso social. Pero si uno pone eso de lado, en general el balance es favorable para Uruguay. Me da la impresión de que el efecto que tuvo la bonanza sobre la capacidad productiva del país fue quizá más potente que en otros países, particularmente por el salto que se dio en la productividad agrícola, la nueva conexión de Uruguay con las cadenas de valor de los alimentos y encontrar este nuevo cliente en China.

¿Y esto hace que el efecto de la bonanza sea más persistente?

Lo hace más durable. Cuando se va el efecto de la demanda, la capacidad productiva que se ganó durante el proceso queda. El otro tema es que incluso por el lado del gasto, en Uruguay se canalizó más sobre la inversión que el consumo. Es un gran contraste con Brasil, por ejemplo. Aunque ese aumento de la inversión no fue acompañado por un aumento del ahorro doméstico. En términos reales, el ahorro cayó. El ahorro externo ingresó al país por la vía de la inversión extranjera directa.

¿Es sostenible un proceso de formación de capitales en el largo plazo financiado únicamente por inversión extranjera?
Ese es uno de los debates más interesantes que hay hoy entre los economistas. Los libros de texto dicen que el capital va a fluir a los países donde las tasas de retorno son mayores y uno esperaría ver mucho capital que fluye a los países en etapa de desarrollo. Vistas así las cosas, lo que importa es la inversión y no importa si se financia con ahorro doméstico o externo. Esa es la teoría en la forma idealizada, pero en la realidad no es lo que se observa. Ese flujo de capitales es mucho más bajo de lo que uno piensa. Hay una paradoja que muestra que el capital internacional, en vez de fluir hacia los países de mejor perspectiva de inversión, tiende a fluir a los países con peores perspectivas de inversión. Lo que dicen los datos es que en general el ahorro externo sirve y ayuda para fortalecer la capacidad de inversión, pero no es un sustituto perfecto del ahorro doméstico. Hay una correlación muy fuerte en el largo plazo entre ahorro doméstico e inversión. Durante períodos importantes del desarrollo económico se puede aprovechar el ahorro externo, pero no se puede hacer por siempre y en grandes cantidades porque se abre un déficit en la cuenta corriente que no es sostenible en el largo plazo.

En Uruguay se debate hoy la conveniencia o no de establecer una regla fiscal. ¿Considera que sería un aporte para la estabilidad futura?

Hay muchas reglas fiscales que están en el papel y no forman parte de la vida de las finanzas públicas como uno quisiera. Hay reglas fiscales que funcionan mejor, como la noruega o la chilena. En países donde las fluctuaciones externas son tan grandes y afectan la vida económica de manera tan brutal, dado que nunca son movimientos permanentes sino grandes ciclos, tiene sentido ser prudente y fomentar una cultura de ahorro. Ninguna bonanza dura toda la vida y cuando hay estas grandes fluctuaciones de la demanda en torno a la oferta, vale la pena tener hábitos de ahorro más fuertes. Este es un tema muy latino. Cuando uno ve cómo evoluciona la oferta y la demanda en los países avanzados siempre van juntitas y los ciclos son muy angostitos. Cuando se ve esto en América del Sur, la variación de la demanda en torno a la tendencia de la oferta es muy grande y eso complica la macroeconomía.

¿Cómo evalúa la situación fiscal en Uruguay y el ajuste que propone el gobierno?

Cuando uno piensa en lo que es socialmente eficiente ante un shock externo, idealmente el ajuste tiene que cumplir con dos condiciones: ser gradual y ser equitativo desde el punto de vista social, sin que en el proceso se desajusten los balances macroeconómicos. Ese es el ideal. Los países que están con mayores problemas son los que no tienen el espacio de maniobra para hacer esto y se ven forzados a hacer ajustes más duros, más rápidos, que posiblemente son más inequitativos. Lo esencial es el proceso político que le da viabilidad a esta transición. Uruguay no ha perdido el acceso a los mercados financieros internacionales, la inversión extranjera sigue fluyendo y eso le da el espacio para hacer las cosas gradualmente. Pero sí es un desafío político explicarle a la población que estamos pasando por un proceso de ajuste que no va a ser sencillo.

Para la región, ¿hay una luz al final de este túnel?

Las condiciones están dadas para que la haya. A diferencia de los países desarrollados, que están entrampados en una conversación difícil sobre la globalización, la apertura de los mercados, el brexit; en América Latina nos movemos hacia una actitud de que queremos ser parte activa del mundo. Estamos conscientes de que queremos tener un modelo de crecimiento que ve hacia afuera, que se inserte de manera más efectiva en los mercados internacionales, con nichos que cualquier país pequeño puede desarrollar. Para un país pequeño, como Uruguay o Chile, siempre hay un nicho. Veo en América Latina una vocación hacia la apertura y la integración internacional con los flujos de conocimiento. Lo que me preocupa es que el mundo no está ayudando. La economía mundial está llena de incertidumbre, con un crecimiento muy débil. El riesgo que tenemos es que justo cuando estamos dispuestos a ser ciudadanos más activos del mundo, el mundo no nos ayude mucho. Eso puede debilitar los deseos y la voluntad de mantener las economías abiertas e integradas.

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