Adiós a la democracia

En Venezuela se rompieron las últimas formalidades que sostenían la apariencia democrática
Comencé a escribir esta carta el miércoles pasado, antes de que Maduro despojara de facultades a la Asamblea Nacional en un claro golpe de Estado o, si se quiere, una ruptura del orden constitucional. Pretendía demostrar por qué, aunque en Venezuela funcionaban aparentemente los tres poderes clásicos –Ejecutivo, Legislativo y Judicial–, había una democracia formal pero no había una real.

Mi propósito era explicar que una democracia es, ante todo, un gobierno elegido libremente por el pueblo pero no solo eso. Ese gobierno, como lo explicó magistralmente hace 200 años Montesquieu aunque muchos no lo recuerden, debe respetar la separación de poderes. Y cuando estos tres poderes –Ejecutivo, Legislativo, Judicial– funcionan libremente en su esfera de acción de acuerdo a lo establecido en la Constitución, cuando rigen plenamente las garantías individuales propias del estado de derecho y cuando tiene vigencia la independencia de la Justicia, ese país puede entrar en la categoría de democracia republicana.

La Venezuela de Maduro tiene un gobierno elegido libremente por el pueblo. Y tiene –o tenía hasta el jueves– tres poderes: uno que ocupa Maduro, otro que es la Asamblea Legislativa unicameral –donde la oposición tiene amplia mayoría– y un Poder Judicial con un Tribunal Supremo de Justicia, cuya composición actual se formó durante el tiempo en que el presidente Maduro tuvo mayoría en la Asamblea Nacional y que responde a la voluntad presidencial. Hay tres poderes y los tres funcionaban el miércoles por la noche, pero ni aun así había democracia republicana en Venezuela. La Justicia no era independiente y el Parlamento estaba amordazado, ya que sus decisiones eran desconocidas por Maduro y derogadas por el TSJ.

El jueves la situación cambió drásticamente o, mejor dicho, se aclaró totalmente y la apariencia dejó paso a la realidad. Por la mañana se supo que el Tribunal Supremo de Justicia, que ya había quitado los fueros parlamentarios a los legisladores, anuló las competencias de la Asamblea Nacional y las asumió para sí, en tanto que Maduro asumió poderes extraordinarios en materia penal, económica y social. Se rompieron así las últimas formalidades que sostenían la apariencia de legalidad. Dejó de funcionar uno de los tres poderes que Tabaré Vázquez señaló en febrero, durante su visita a Finlandia, para justificar su aseveración de que Venezuela era una democracia. No lo era entonces y ahora palmariamente no lo es.

Hasta la fiscal general de Venezuela, Luisa Ortega Díaz, designada en 2007 por Chávez, ha declarado públicamente: "Se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo de Estado consagrado en nuestra Constitución (...), lo que constituye una ruptura del orden constitucional".
Maduro ha demostrado así su verdadera cara para quienes se negaban a verla. ¿Se le habrá aparecido Chávez "bajo forma de pajarito" para recomendarle tomar este curso de acción? No lo sabemos pues esta vez Maduro no lo invocó. Con todo, Chávez era mucho más hábil y tenía mucho más carisma que Maduro y quizá no hubiera cometido esta barbaridad. Chávez incluso aceptó ir a elecciones anticipadas cuando la oposición convocó un referéndum revocatorio en 2004, lo ganó con el 59% de los votos y no trató de fraguar el petitorio diciendo que las firmas eran falsas. Maduro ha demostrado su inmadurez política, su desprecio por la democracia y su falta de espíritu de diálogo. Ni siquiera aceptó de buena fe la negociación ofrecida por el Vaticano dejando al papa Francisco con las manos vacías.

Todo lo que dijo el secretario de la OEA, Luis Almagro, se cumplió al pie de la letra sobre la situación reinante en el país caribeño, y el jueves fue el primero en decir, sin ambages, que hubo un "autogolpe" en Venezuela. Lo que no se cumple, en cambio, es lo que establecen las cláusulas democráticas de la OEA y del Mercosur. Se oyen tímidas condenas, se habla de ruptura del orden constitucional, pero solo Perú retiró a su embajador en Caracas. El viernes 31, siete países de la Unasur hacen un tardío llamado "al pronto restablecimiento del orden democrático en ese país". Implícitamente, reconocen que el orden democrático fue destruido y que hay que restablecerlo, pero no han tomado medidas al respecto.
Ahora habrá que mirar hacia adelante. Una intervención militar no es solución de nada y agrava las cosas. Roto el orden constitucional, solo se puede recomponerlo con elecciones libres de presidente y Parlamento. A eso, Maduro no se avendrá. Es tarea de los países de la OEA y del Mercosur ejercer la presión necesaria para conseguirlo. Restablecer la democracia en Venezuela aún es posible. No hay que esperar que salga de escena una dinastía familiar como en Cuba. Pero la responsabilidad de la OEA, de la Unasur y del Mercosur es muy gran grande. Y esto no se arregla con comunicados que dejan contentos a todos.

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