Admisión oficial sobre ANCAP

Jara admitió que los precios de los combustibles no bajaron para saldar deudas generadas por las pérdidas del ente

Luego de años de intentos oficiales de sacarle el cuerpo a una situación que nadie ignoraba, la nueva conducción de ANCAP acaba de tener la honestidad de reconocer finalmente, de manera formal, que todos los hogares uruguayos y toda su estructura productiva son víctimas de ese monumento a la ineficiencia estatal y a la mala gestión. La presidenta del ente, Marta Jara, técnica enrolada desde el sector privado en reemplazo de las conducciones políticas previas, dejó atrás las ingenuas distorsiones explicatorias con que altas figuras del gobierno trataban de justificar los precios desmesurados de los combustibles y las claudicaciones operativas de la mayor empresa pública.

Jara admitió que el bajo precio del petróleo y del dólar el año pasado no se volcaron a favor de los usuarios, como hubiera correspondido, porque se necesitaban para saldar deudas generadas por las pérdidas por más de US$ 600 millones sufridas por el ente en los cuatro años previos. “El precio del crudo fue menor al previsto, el tipo de cambio menor al previsto y eso permitió generar cierta holgura” señaló Jara. “Nuestros ingresos fueron mayores que los que necesitábamos para cubrir la operativa del día a día” el año pasado, pero explicó que, ante la deficitaria situación de la empresa “esa diferencia se utilizó para saldar deuda” por US$ 130 millones.

Ese aporte solo alivia en parte el pasivo, ya que al déficit de ANCAP hay que agregarle el de US$ 180 millones de su subsidiaria ALUR. Una fuente de ANCAP señaló a El Observador que el balance de 2016 mostrará una reducción del déficit del ente, que alcanzó a US$ 198 millones el año previo. Pero advirtió que si bien la refinación y comercialización de combustibles mostrarán un resultado positivo el año pasado, subsisten unidades de la empresa que siguen funcionando a pérdida, como el pórtland, la cal, las plantas de ALUR y la petroquímica Carboclor en Argentina, que se declaró en concurso preventivo mientras se le busca algún comprador.

Esa fuente precisó, como máxima de buena administración, que “si se tiene una empresa, sea pública o privada, se tiene que estar sano” financieramente. Este curso elemental fue ignorado año tras año por directores designados con criterio político por lo menos desde 2005 a 2015, aunque carecieran de la requerida idoneidad técnica. Se embarcaron en gastos descuidados linderos con el despilfarro y en malos negocios, mientras cerraban los ojos a las pérdidas crecientes de la empresa, llevada a la Justicia por los cuatro partidos opositores con denuncias de irregularidades. La nueva conducción profesional de ANCAP está empeñada ahora en corregir años de desidia administrativa, incluyendo cerrar operaciones deficitarias. Pero es una tarea cuesta arriba que llevará largo tiempo completar.

Entre tanto, los platos rotos por los anteriores conductores del ente los pagan sin excepción todos los que viven en el país, tanto las familias como los sectores productivos. A la capitalización del año pasado por US$ 622 millones pagada con dinero de los contribuyentes, hay que agregarle el drenaje continuo al bolsillo de los usuarios, sin miras de atenuarse, con el sobreprecio que pagan y seguirán pagando por los combustibles más caros de la región. Tal vez el desastre de ANCAP sirva al menos para que los gobernantes aprendan que las empresas públicas deben ser gestionadas por técnicos eficientes y no por incompetentes amigos partidarios.


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El Observador

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