Advertencia austríaca

Si triunfa el nacional-populismo podría causar un efecto cascada en Europa
Austria, país ubicado en el corazón de Europa (y durante la segunda mitad del siglo XX, sinónimo de moderación, eficiencia y prosperidad), no solo se ha convertido en un caos electoral, teniendo que realizar de nuevo unos comicios de mayo teñidos por la duda y luego reprogramar la fecha de esa nueva elección –prevista para el 2 de octubre– para el 4 de diciembre. También se ha vuelto una preocupante advertencia de lo que podría pasar en el resto de Europa, y en general en el mundo desarrollado, con el auge de la derecha populista, nacionalista, antiinmigración y euroescéptica.

Ya en la primera vuelta de abril en las elecciones austríacas, ninguno de los dos partidos tradicionales, la socialdemocracia y la democracia cristiana –que desde la posguerra se habían alternado en el poder–, lograron pasar al balotaje. Quedaron en cambio la derecha populista del Partido de la Libertad (FPÖ), con su candidato Norbert Hofer, una versión estéticamente más potable de Donald Trump; y los verdes, con Alexander Van der Bellen a la cabeza, que tiene una agenda más pro Unión Europea y un discurso despojado de las estridencias antiinmigrantes del FPÖ.

En la segunda vuelta, el 22 de mayo, Van der Bellen prevaleció por una ventaja ajustadísima: 50,3% sobre 49,7% de Hofer. Los del FPÖ impugnaron los resultados y las elecciones fueron anuladas, lo que desató todo este embrollo y vacío de poder que ha llevado al diario de mayor tirada del país, el NZZ, a titular un editorial con el calificativo improbable de "República bananera".

La derecha populista ha sabido pescar en ese río revuelto como lo hizo en el convulso torrente europeo de los últimos dos años. Y bien podría ganar en diciembre.

Más allá del bochorno que significan para Austria unas elecciones anuladas y luego reprogramadas, este revival de la derecha nacionalista en toda Europa despierta algunos temores. Y no es para menos: la última vez que abrazaron esas ideas terminaron en el mayor y más crudo conflicto que el planeta haya visto jamás: la segunda guerra mundial.

Hoy, los miedos europeos engrosan las filas de partidos y candidatos con discursos abiertamente xenófobos, islamofóbicos y, sino eurofóbicos declarados, al menos dispuestos a cambiar la relación de sus países con Bruselas y reformular el sistema europeo. Sucede desde Austria hasta Holanda, pasando por Francia, y es en buena medida lo que provocó el brexit del Reino Unido y el ascenso de Donald Trump del otro lado del Atlántico.

Una suma de factores ha hecho carne en ese sentimiento de temor combinado con fobias varias. A saber, y en primer lugar, la crisis financiera, con la subsiguiente crisis de los países periféricos, que motivó fuertes recelos y un creciente descontento con la Unión Europea; luego, los atentados terroristas en suelo europeo que hicieron saltar las alarmas contra la comunidad islámica; y por último lo más importante: la pervivencia del conflicto sirio (conflicto evitable si los hay) que continúa expulsando gente hacia Europa creando una crisis de refugiados.

El año pasado, 3.650.000 refugiados cruzaron la frontera de Austria (10 mil por día), en un país de 8 millones y medio de habitantes. Esto fue lo que puso al mapa político austríaco patas para arriba, hundiendo a los socialdemócratas y democristianos, y encumbrando a la derecha nacionalista y populista.

Hofer no es tan virulento contra Bruselas como Marine Le Pen en Francia, los brexiteers y otros euroescépticos. Pero la semilla del nacional-populismo está otra vez sembrada en Europa. Y el 4 de diciembre en Austria podría dar su primera cosecha.

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