Aires nuevos en el carnaval: de mayor arraigo

Más conjuntos, más gente y mejores espectáculos han logrado un salto de calidad en el carnaval

El carnaval más largo del mundo, el uruguayo, es un costado de la cultura que progresó. Por ejemplo, se toca más el tambor hoy que hace cinco lustros (y se toca mejor). Lejos de seguir restringido a algunas manzanas de barrios tradicionalmente candomberos, la fiesta de los negros y de los blancos que se pintan de negro (lubolos) brotó como hongos en otros rincones de la capital y en el Interior.

Hace 25 años bastaba con una sola jornada de Llamadas. Hoy hace falta repartir el desfile por Carlos Gardel e Isla de Flores en dos noches con sus madrugadas, y –pese a eso– abundan los comparseros que se quedan con la ñata contra el vidrio, viendo el espectáculo por TV.

Las Llamadas –que tienen un preliminar cada primavera, una suerte de eliminatorias en las que decenas de agrupaciones buscan su cupo para candombear en febrero– son un pilar del carnaval, ese que se activa en invierno con los primeros ensayos y culmina en otoño con la clásica mezcla de pocas alegrías y muchos rezongos en la noche de los fallos.

Otro pilar es la murga. Algunos se pintan la cara para medir niveles artísticos en otras categorías, pero esos 17 que cantan 45 minutos sin parar siguen representando la categoría reina. Cada vez hay más y no solo las que compiten o las que intentan llegar al Teatro de Verano y quedan por el camino en una prueba de admisión cada vez más abarrotada. Algunas prefieren no abandonar esquinas o plazas; otras, en pañales, se exhiben en la movida Murga Joven, y uruguayos que emigraron formaron varias por el mundo.

La televisión (sí, Tenfield), además de pagar para difundir, puso su granito de arena para apuntalar la profesionalización, instaló el concurso y cada desfile en los hogares y en las cantinas. Y exporta ese producto. Hay menos tablados y no siempre lucen repletos (salvo el Teatro de Verano, en cuyas boleterías se suele colgar el cartel de entradas agotadas), pero más gente entona una retirada, se ríe con un cuplé o reconoce un maquillaje. El carnaval se consume más, de otra forma. Y pasea más por veredas de las redes sociales.

Ya no son un puñadito, y no solo murgas, los elencos que hacen temporada de teatro. Son más los contratados en el Interior. Y al exterior ya no solo viajan Araca la Cana o Falta y Resto en respuesta a demandas de clubes de residentes compatriotas. Agarrate Catalina, la murga más mediática de la última década, la de más hinchada (con muchos fans que poco saben del reinado de Momo), cantó en la Muralla China, en el aeropuerto de Estambul, y en Argentina no solo en la calle Corrientes: juntó millas a lo loco de gira por las provincias.

Es "la murga del Pepe". Así la señalan con el índice, especialmente otros murgueros. ¿Envidia? Tal vez. Ganó cuatro veces el primer premio, agota entradas donde sea, protagoniza buenos espectáculos y, con mucha fama en su mochila, es la gran ausente en el concurso; hace un par de primaveras perdió una prueba de admisión, aunque parezca insólito. Algunos dicen que subió al tablado a pizarrear. Otros, que la hicieron tropezar para bajarle el copete.

Sí hubo una marcha atrás, el Desfile Inaugural. Salvo las comparsas, creadas para mostrar su arte en tránsito, al resto le aburre desfilar. Por eso el éxito de las Llamadas o del Desfile de Escuelas de Samba que sigue ganando adeptos en la capital (ni que hablar de cuánto se prioriza esa alternativa en las ciudades fronterizas con Brasil). Las administraciones en la Intendencia de Montevideo (IM) se suceden sin hallar una solución eficiente al desprolijo desfile que estrena la zafra carnavalera.

El carnaval evolucionó. Hoy a las comparsas y a las murgas se les entiende lo que transmiten, enriquecieron lo musical y vocal. Pero hay un debe. Salvo excepciones, las primeras siguen demasiado apegadas a lo tradicional y en las segundas no todas salieron bien paradas del reto de darle palo (criticar) al gobierno cuando el timón lo tiene la izquierda. Muchas extrañan la trinchera de la oposición.

Un cuarto de siglo después, hay más carnavaleros que, en algunos meses, se llevan algo al bolsillo. La gremial de Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay consiguió dinero por los derechos de TV, tiene nueva sede y estrenará una escuela de carnaval. El Museo del Carnaval, de momento cerrado por dificultades económicas, rescató tradiciones: carros alegóricos, cabezudos, y varios tablados populares (que funcionan gracias a la IM y a las comisiones barriales) volvieron a presentar escenografías elaboradas por vecinos.

El carnaval sigue siendo un formidable semillero de talentos. Y de polémicas. Este año la IM protagonizó un par: promovió un carnaval más inclusivo, y a los reinados se postularon una chica sorda y jóvenes transexuales. Y en las Llamadas se censuró la publicidad de la empresa de transporte Uber.

Reitero: el carnaval gana espacios. Y para muestra basta un botón: en un partido en el que la selección uruguaya buscaba clasificar a un mundial de fútbol, el himno nacional no lo entonó un tenor, sino Freddy Zurdo Bessio. Uno de esos tipos con la cara pintada.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.

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