Alberti, un poeta en la península

Hace algunos días, una calle de Punta del Este, fue bautizada con el nombre de Rafael Alberti. El justo acto, recuerda la particular relación del poeta español con Uruguay

Por Jaime Clara El exilio de Rafael Alberti comenzó, en el  Río de la Plata, en marzo de 1940, cuatro años después del comienzo de la Guerra Civil Española.  Había llegado desde Francia y se radicó en Buenos Aires, con su familia. El aire, en Europa, se respiraba peligroso, debido a la Segunda Guerra Mundial.

Tras una breve estancia en Chile, a instancias de su amigo, Pablo Neruda,  Alberti y su mujer María Teresa, se radicaron en Buenos Aires.  El 9 de agosto de 1941, nació su hija Aitana, hoy radicada en Cuba. Cuenta la investigadora Alicia Cagnasso, que "es precisamente el prolongado establecimiento de Alberti y María Teresa en Argentina el que posibilitó su constante presencia en Uruguay a lo largo de sus primeros 23 años de exilio. Las razones son evidentes: la cercanía geográfica entre Buenos Aires y Montevideo, la afinidad social y cultural entre las dos ciudades, con sus múltiples vínculos en el mundo intelectual y artístico, y la nutrida colonia española (incluida la republicana) residente en ambas.  A estas razones objetivas debemos agregar los lazos de afecto, de camaradería y solidaridad que el matrimonio cultivó en nuestro país, que causaron, obviamente, que el mismo quisiera regresar, año tras año, hasta su marcha a Italia, en 1963."

Entre los intelectuales españoles que llegaron a esta parte del mundo, en aquella época, se encontraban, entre otros, León Felipe y a Juan Ramón Jiménez. También es muy recordada, la presencia del gran José Bergamín, que estuvo en Montevideo, desde 1947 hasta 1954, tiempo en el que fue un hombre clave en la formación de la generación del 45, con una cátedra sobre literatura española en la Facultad de Humanidades.

Recuerda Cagnasso que "los Alberti-León estrecharán desde su llegada fuertes lazos con la intelectualidad uruguaya de la época, especialmente aquélla perteneciente a la generación del 30, que tanto se había conmovido con el drama español y que había recibido incluso la influencia estética de la generación del 27 (especialmente de la lírica de Lorca). Por ejemplo,  y por sólo citar algunos nombres: los poetas  Roberto y Sara de Ibáñez, Emilio Oribe, Juvenal Ortiz Saralegui, Carlos Rodríguez Pintos (a quien habían conocido en la bohemia parisina del 30); Cipriano Vitureira y Susana Soca; el pedagogo Jesualdo Sosa, y en forma muy destacada, el narrador salteño Enrique Amorim. Pero Rafael y María Teresa se vincularían también con un autor de la generación precedente a la del Centenario, la del 20,  Julio J. Casal, con quien Alberti mantenía lazos desde su juventud, a través de sus colaboraciones, junto a otros integrantes del 27, en la revista Alfar, que Casal había fundado en Galicia, y que continuaría aquí a partir de su regreso."

La investigadora menciona que los textos de Alberti aparecían en la prensa uruguaya, en Alfar y Entregas de La Licorne, dirigida por Susana Soca y en  la emblemática Marcha . Por aquella época, también, la compañía de otra española exiliada en Montevideo, Margarita Xirgu, estrenó varias obras con el sello de Alberti.

"También en Uruguay, en los veraneos en Punta del Este, Alberti compone sus Poemas de Punta del Este, publicados por primera vez en las Poesías completas de 1961, peculiar mezcla de prosa lírica y apuntes de la vida cotidiana en el balneario, con textos poéticos sobre el paisaje, la pequeña Aitana, y las nostalgias del exilio", según Cagnasso, que agrega que "es precisamente en el refugio de (su casa) “La Gallarda” donde Alberti ve renacer, en medio de la escritura, su vieja vocación pictórica, abandonada a los 22 años por la poesía y que lo acompañará entonces por el resto de su vida."

Agrega que "el 16 de diciembre de 1962, Rafael Alberti cumplió 60 años y Uruguay le obsequió una semana de homenajes en Montevideo, liderada en su organización por el destacado crítico del 45, y director en ese entonces de la página literaria de Marcha,  Ángel Rama. En la ocasión, Alberti presentó también sus Poesías completas editadas el año anterior por Losada. Desde el lunes 10 al siguiente lunes 17 de diciembre, el mundo cultural uruguayo brindó al poeta varias conferencias y la primera representación,(en versión "de cámara", de su obra teatral La Gallarda. Los festejos se cerraron con un acto en que  poetas vivientes de todas las generaciones le ofrecieron su homenaje. Incluso, la entonces ya apartada de la luz pública Juana de Ibarbourou envió en la ocasión un bello poema con aire de canción infantil, tal vez recordando la lejana visita que el matrimonio Alberti-León le había hecho a su casa de la rambla montevideana, en 1944." Ese fue el último año de los Alberti en Uruguay, país que visitarían una vez más, en 1992.

A MIS AMIGOS LOS POETAS URUGUAYOS

Sufrí la furia de la tierra, el fuerte
encontronazo de la mar impía;
lloré el aire que ya ni aire tenía,
sobre los hombros de la llama inerte.

Consideré mi sangre mar sin suerte;
tierra mis huesos, funeral y fría;
llama sin piel mi carne, y agonía
el aire, ya finado, de mi muerte.

Sin más considerar por no haber nada
dentro y fuera de mí que ya no fuera
pasado muerto, porvenir helado,
eché a andar por mi vida terminada,
difuntos ya el huir y la carrera...

Mas me encontré de pronto a vuestro lado.

Durante la ceremonia de bautismo de la calle, en Punta del Este, desde Cuba, llegó el testimonio de Aitana Alberti León.  Al comienzo, cita un poema de su padre

De Punta del Este, al mar.
Y del mar, ¿adónde iría
que me dejaran cantar?

Dijo Aitana que "entre 1945 y 1956, Rafael Alberti escribió los textos, en verso y prosa, que reuniría bajo el sencillo pero expresivo título de Poemas de Punta del Este. Era la suma de todo lo creado en este lugar único, principalmente en lo que llamábamos el “cuartito”, habitación diminuta, aún existente, situada al fondo del jardín  de La Gallarda: “Este cuartito mío de La Gallarda es mi propio corazón agrandado. Si algún día, cuando yo no esté, le preguntáseis, (...) os diría, latido a latido, todas mis agonías de estos años desgajados de España (...). Los tres metros por dos de esta celdilla mía de  La Gallarda guardan mi corazón, mi cabeza y mis manos. Nunca los profanéis.”

Aitana recuerda la residencia, "la Gallarda..., maravillosa sirena varada entre los pinos, cercana a la Playa  Mansa, sigue siendo hermosa  después de casi setenta años de nacida, gracias a la constancia de sus moradores."

Bienvenido el homenaje y el reconocimiento, aunque algo tardío, es verdad, pero que no puede pasar desapercibido en un país que suele tener memoria muy corta para recordar a las figuras que aun hoy, en el siglo XXI, brillan con luz propia.


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