Alcohol cero y el vino como solución

Una reflexión sobre la medida radical aplicada a conductores

Con mucha razón el gobierno y actores involucrados se juntaron para buscar una solución al gran problema del consumo abusivo de alcohol. Y no olvide eso: consumo abusivo. Ahora bien, en las medidas que se barajaron para ponerle un freno a ese tema se avanzó muy poco y se teorizó mucho. Una de las primeras cosas concretas que empieza a aplicarse por estas horas es la tolerancia cero para los conductores de vehículos. Es decir, que el margen de hasta 0,3 gramos de alcohol por litro de sangre para quienes manejan y son medidos por espirómetros, ya no corre.

No está demostrado que ese extremo baje las cifras de siniestros de tránsito. Más bien es una señal dura y radical hacia los que, inconscientes, se suben a manejar un auto después de haber tomado. El problema parece estar en otro lado, aunque no quiero con esto desestimar la incidencia del alcohol en heridos y muertos en el tránsito.

La industria del vino se ha propuesto como parte de la solución, al mismo tiempo que lamenta la medida del alcohol cero porque entiende que va a perjudicar a un sector donde miles de familias del sector granjero encuentran un empleo. Eso es cierto, pero tampoco es bueno mirar la chacrita cuando se habla de un problema que afecta a todos y cuya solución necesita un esfuerzo colectivo.

Pero lo que también es cierto que el consumo del vino se da, en su mayoría, en un entorno familiar y de moderación donde no está el problema del abuso. Es difícil generalizar, pero quien toma vino y asume ese ejercicio como algo más que ingerir alcohol ya tenía asumido el mensaje: “si toma, no maneje”. Me refiero a las miles de personas que viven la cultura del vino.

Otro apunte: aunque parezca de Perogrullo existe un consumo ocioso y otro laboral. Me explico un poco mejor. Hay personas que desempeñan tareas en contacto con bebidas alcohólicas, sobre todo el vino. Me refiero por ejemplo a sommelier o enólogos. Una respuesta básica a este punto sería decir que nadie los obliga a manejar luego, pero también es cierto que para desempeñar su tarea y poder vivir de eso, en ocasiones los enólogos deben trasladarse por lugares fuera de las grandes ciudades y no cuentan con transporte público o alguna alternativa a manejar un auto. Algo que puede compararse con los curas y su consumo en las misas, pero que es bien distinto.

En definitiva no vengo a decir si está bien o mal que el Parlamento haya votado esa ley. Digo que si se quiere atacar el consumo abusivo de alcohol esta medida ayudará poco, o mejor dicho, el grueso del problema que está en otro lado seguirá lo más campante. Se me puede retrucar con algunas iniciativas como las que apuntan a las “previas” que jóvenes llevan adelante, antes de ir a los boliches, y donde se abusa –ahí sí- del consumo de alcohol. Es cierto, se está haciendo algo en ese sentido. Pero nada tan radical como la tolerancia cero en el tránsito. Insisto: el concepto de no manejar cuando se toma, no importa qué ni cuánto, debe persistir, pero si somos radicales con eso, antes deberíamos mirar para otro lado y ser parejos.

Tampoco quiero entrar en la chiquita de decir que una copa de vino no le hace mal a nadie que luego vaya y maneje. El vino –que no en vano fue declarado bebida nacional- puede ser una solución en tanto su consumo moderado se asocia a costumbres deseables como el encuentro familiar y la gastronomía de calidad, y está muy alejado de ser un mero instrumento para lograr el estado de ebriedad. Podría aburrir con argumentos en ese sentido; no es la idea. Simplemente remarcar que no puede ser metido todo en una misma bolsa. Hace falta pensar un poco más y evadir el discurso fácil.


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