Alejandro Atchugarry (de bronce)

"Por usted yo haría como los manyas con Bengoechea: saldría a juntar bronce para hacerle una estatua"
Por Adolfo Garcé*

Diputado, senador, ministro de Economía y Finanzas en el momento más difícil, murió inesperadamente Alejandro Atchugarry, abogado, empresario, uno de los mejores hijos del Partido Colorado, y un producto especialmente refinado del alambique pluralista de la política uruguaya.

Permítanme recordar el día que lo conocí. Diría que fue a fines de 2003. Sergio Abreu, de recordada actuación como canciller durante la presidencia de Luis Alberto Lacalle, había tenido la excelente iniciativa de crear el Consejo Uruguayo de Relaciones Internacionales (CURI), inspirándose en el CARI argentino y en el Cebrap brasilero, y la muy discutible idea de invitarme a participar como consejero en la nueva institución. Cuando Atchugarry, otro de los consejeros, venía llegando a la reunión atravesando el fondo de lo de Abreu, me apresuré a presentarme diciendo: “Alejandro, por usted yo haría como los manyas con Bengoechea: saldría a juntar bronce para hacerle una estatua”. Sonrió amplia y pacientemente, disimulando, siempre piadoso, la herida en su modestia, y me extendió la mano.

Es evidente que no fui el único en admirar a Atchugarry. Es que no debe haber habido nunca un ministro de Economía que haya cosechado, luego de su actuación, tanto cariño y respeto. Por eso su nombre se manejó durante más de 10 años como la carta de salvación del partido que lo educó. No podemos saber cuánto le hubiera aportado desde el punto de vista electoral. Sospecho que menos de lo que se suele pensar. Soy de los que considera que los electores en Uruguay no deciden qué partido votar tanto por los perfiles de los candidatos sino fundamentalmente por lo que se imaginan que cada propuesta representa (“cambio en paz”, “modernización”, “otra política económica”, “justicia social”, etcétera). En el fondo, es como si siguiera funcionando entre nosotros la lógica fundacional del doble voto simultáneo: primero optar por la propuesta (el partido), luego por el (mejor) candidato.

Aunque no podemos anticipar lo que hubiera generado como presidenciable, sí sabemos lo que aportó como legislador y como ministro. Pero Atchugarry no solo dio. También recibió. No salió de la nada. Fue producto, uno especialmente valioso, de dos escuelas refinadas. En primer lugar, es hijo de la tradición de estadistas que caracterizó al Partido Colorado. No fue un experto, en el sentido más moderno del término. No tenía estudios académicos en Economía o Administración. Pero, como tantos referentes de su partido a lo largo de la historia, al desempeñar durante mucho tiempo con seriedad y dedicación cargos públicos de gran responsabilidad (ejecutivos y legislativos), Atchugarry había experimentado un intenso proceso de “adquisición política de la experticia” (debo la expresión a Alfredo Joignant).

Comparto un ejemplo para ilustrar este punto. Es bien sabido que debió lidiar como ministro con una crisis financiera pavorosa y que lo hizo con éxito. Es cierto que contó con la cooperación de economistas brillantes, como Isaac Alfie en el MEF o Carlos Steneri en Washington. Pero él entendía perfectamente los términos de la conversación. Comprendía problemas y soluciones, entre otras razones, porque llegó al cargo de ministro habiendo aprendido mucho, y mucho antes, sobre regulación bancaria, ya que Alejandro Atchugarry desempeñó un papel clave en el larguísimo proceso de elaboración de la primera Carta Orgánica del Banco Central. Siendo diputado (1990-1995), fue el miembro informante de la Comisión que durante más de dos años, con aportes de todos los partidos y de técnicos de diferentes procedencias, discutió artículo por artículo el proyecto recibido del Senado. Basta leer las actas de la época para comprender hasta qué punto, en 1993, 10 años antes de la crisis del 2002, Atchugarry ya hablaba con notable fluidez el idioma de las finanzas.

Pero no fue, solo, hijo de la tradición de estadistas del Partido Colorado. Fue, además, uno de los alumnos más aventajados de la escuela pluralista del sistema político uruguayo. Es sabido que le gustaba hablar (cuando empezaba una frase jamás la terminaba). Ya es leyenda que cultivaba sus convicciones (vasco hasta la médula). Pero tenía, también, una enorme capacidad para escuchar, negociar, articular. Conversaba con AEBU y con la Asociación de Bancos, con los senadores blancos y con los frenteamplistas, con Jorge Batlle y con Julio M. Sanguinetti, con sus asesores y con el FMI. Así, conversando y negociando, articuló una salida heterodoxa a la crisis, que redujo los daños, preservó la dignidad y el prestigio internacional de Uruguay, e hizo posible una recuperación económica intensa. No lo olvidemos. El conocimiento especializado está llamado a jugar un papel clave en las políticas públicas del siglo XXI. Pero la democracia, entendida ahora como articulación de intereses, puede generar mejores soluciones que el manual más sofisticado.

Como ministro, impugnó el manual de los economistas. Pero, como líder político, desafió y mucho más todavía, el de los politólogos. Solemos decir que a los políticos los caracteriza la ambición. En general, es muy cierto. Solemos decir que los mueve el interés más que los ideales. Puede ser. Debo aceptar que muchos políticos son así. Pero Atchugarry fue distinto. Tuvo cargos pero no los buscó. Careció de ambición personal. Hizo un verdadero culto del desinterés y del servicio público. Pensándolo bien, en los tiempos que corren, en una de esas lo de la estatua no es una idea tan mala. Sería un monumento al estadista, al altruista, al constructor de acuerdos. Cuenten conmigo para juntar el bronce.

*Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República / adolfogarce@gmail.com