Alerta roja para las alertas

Sequías e inundaciones severas, tornados y turbonadas ponen en jaque a meteorólogos
"¡Adivino de males! Jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno". El reproche de Agamenón al oráculo en el primer canto de la Ilíada bien podría dirigirse a un meteorólogo de los tiempos modernos.

Están condenados a las malas noticias, una maldición que comparten en buena medida con nosotros, los periodistas, ya que el reporte de los sucesos infortunados está en la naturaleza misma de ambas profesiones.

A pesar que unos tenemos los pies en la tierra y otros más bien en las nubes, ambas tribus sabemos que la información está sujeta al contraste con el criterio de verdad, sin cuya prueba no hay seriedad ni credibilidad para ninguno. El público es exigente e impiadoso con los errores en este plano, y mucho más severo con los profetas del clima que con otros profesionales de la información.

El asunto es que ahora no se trata de saber si llevamos paraguas o no, o si el fin de semana salió el sol cuando se preveía lluvia o viceversa. Hasta ahora no pasaba nada más que un gesto más risueño que despectivo. El clima parece haber cambiado. La frecuencia de eventos severos –sequías e inundaciones intensas, vientos fortísimos que se tradujeron en tornados y turbonadas, olas que superaron la rambla en Punta del Este y hasta un terremotito pero terremoto al fin– pusieron el centro de atención en los fenómenos climáticos.

El servicio estatal de meteorología tiene deficiencias, expuestas ante cruentos fenómenos no previstos, aparentemente mal evaluados y explicados a posteriori en medios de contradicciones y controversias técnicas con el sector privado.

Hace tiempo ya que desde productores rurales, buzos y surfistas atienden otros servicios meteorológicos distintos al estatal en procura de una guía más acertada para el desarrollo de sus actividades.

En medio de errores gruesos, desde el gobierno surgieron reproches y amenazas de prohibiciones contra las alertas emitidas por actores particulares. La directora del servicio informó errores humanos al mantener durante diez minutos una alerta amarilla cuando debió ser naranja en medio de rachas de vientos de 120 kilómetros por hora que derribaron árboles, dañaron instalaciones y trajeron riesgos para las personas. Resulta que un radar doppler, que meses atrás fue considerado indispensable para la prevención de este tipo de fenómenos ahora no hubiese servido para nada... ¿Perdooooooon?

Ese tipo de afirmaciones y contradicciones son las que minan la credibilidad de un servicio que es imprescindible únicamente si cumple su función. Sin recursos humanos y técnicos idóneos sería mejor que bajara la cortina, como lo harán muchas empresas compañeras solventadas con recursos públicos tirados a la basura. En siete años el Estado gastó casi US$ 30 millones en un seguro de paro extendido para compañías autogestionadas destinadas a la quiebra, caso de Alas Uruguay.

Tal vez sea necesario invertir en tecnología y en capacitación de recursos humanos para lograr estudiar y prevenir a tiempo los cambios en el clima que afectan la economía y la seguridad de las personas. Eso sí, lo que necesita el servicio meteorológico estatal es restablecer su vínculo con en el público, algo que lleva tiempo y requiere resultados y humildad.

La confianza vale más que cualquier pronóstico.


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