Almodóvar vuelve a lo femenino

Crítica a Julieta, la última película del realizador
Al inicio de La piel que habito (2011), cuando el ojo aún se estaba acostumbrando al extraño traje color piel que llevaba Elena Anaya, una bandeja subía a su habitación con comida y un libro de Alice Munro, Escapada. La referencia, como tantas otras de Pedro Almodóvar, se alejaba de lo casual y era plantada como evidencia para comprender tanto al personaje como al realizador. "¿Hay alguien que no sepa que Munro es la mejor escritora de relatos de la lengua inglesa?", se preguntó Almodóvar un par de años después en su blog.

La admiración del cineasta por la autora canadiense fue tal que pasó del mero guiño a la adaptación. Para llevar a Munro a la pantalla, Almodóvar tomó los cuentos Destino, Pronto y Silencio, de Escapada, unidos por un mismo personaje con el primer plan de trasladar la acción desde Vancouver a Nueva York. Dos años después, mudar la acción a España se volvía menester para convertir la narración en algo propio.

Tras el fracaso estrepitoso de Amores pasajeros (2013), el proyecto se iba a titular Silencio, en referencia a uno de los cuentos de Munro, pero debió cambiar para no ser confundido con otro largometraje. Ahora en cartelera bajo el nombre Julieta, el filme, un esperado repunte de Almodóvar, hace eco de aquel silencio que quería evocar, alzándose como la obra más sosegada y parsimoniosa del realizador.

Retornando a su característico foco sobre lo femenino, Julieta sigue a un personaje del mismo nombre a lo largo de diferentes épocas de su vida: su vínculo romántico con Xoán, el nacimiento de su hija Antía y las distintivas formas en las que ambos la abandonan. En su actualidad, Julieta es confrontada con su pasado cuando se encuentra con una amiga de Antía, quien la actualiza sobre la vida de su distanciada hija.

A través de capas que se van revelando con templanza, Almodóvar coloca a dos actrices diferentes en el rol de Julieta, Emma Suárez y Adriana Ugarte, ambas rostros nuevos para un realizador que se ha caracterizado por sus "fetiches" actorales. Con Ugarte en el papel de la Julieta más joven y Suárez en el de la mayor, las actrices tienen sus formas particulares de interpretar al mismo personaje, no como si discreparan a la hora de comprender el rol sino por palpar las diferencias que le supone el paso del tiempo, manteniendo algunas miradas o gestos constantes que parecen dirimir las diferencias entre las facciones de ambas.

El pasaje de una actriz a la otra, además, es uno de los más imaginativos del cine actual: en vez de sugerir una elipsis que implique maduración, Almodóvar cambia de actriz en la misma secuencia a través de un truco casi surreal: así, se entiende instantáneamente que el envejecimiento no fue una caricia sino más bien un golpe al pecho.

Mientras que el dolor de Ugarte va por el entumecimiento, una suerte de muerte en vida, el de Suárez atisba una recuperación que nunca logró concretarse, un intento de mejoría trunco en el que no logra evitar que sus labios tiemblen y sus ojos se llenen de lágrimas. Profesora de filología clásica, Julieta parece acostumbrada a la tragedia y a lo inevitable, lo cual explica su reacción: su pesadumbre es contenida porque ya estaba vaticinada en las leyendas más antiguas que ella sabe de memoria.
Esa contención puede ser la mayor influencia de Munro en Almodóvar, el verdadero alcance de su admiración. En Julieta, el realizador se nutre de la hermosa y delicada depuración que tanto añora en la escritora canadiense, quizá inaugurando una nueva etapa cinematográfica. El refinamiento que ha atravesado a su obra desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón hasta ahora se hace evidente, pero nunca logró un ejemplo tan claro. En Julieta, en las escenas del pasado, los colores fuertes y el vestuario estridente se hacen presentes pero más como un homenaje a su viejo yo que como una recuperación. El dolor de Julieta no admite gritos excepto en una escena. Gravita en el silencio, en los acontecimientos trágicos que suceden fuera de sus ojos y de los del espectador. No hay, entonces, melodrama, o "almodrama", como se lo supo calificar en una oportunidad. Hay drama puro.

Algunos lo consideran la muestra menos "almodovariana" de Almodóvar o su filme más convencional, pero la sensibilidad que lo define sigue ahí, aunque vaya mutando con los años y haya limado la elocuencia y los excesos que parecían serle esenciales. Con Julieta queda claro: la médula de Almodóvar, el gran autor español, es y será su aliada, "la chica".

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