Apocalipsis ahora

Si bien su política exterior ha sido contradictoria, siempre estuvo claro que el fascismo no tenía lugar en Estados Unidos. Hasta que llegó Donald Trump

A menos que suceda algún milagro que nadie es capaz de articular, Donald Trump será el candidato del Partido Republicano en las elecciones que se realizarán este año en Estados Unidos.

Eso significa, entre otras cosas, que de ganar el Partido Republicano se construirá una muralla en los tres mil kilómetros de frontera con México; que se deportará a once millones de inmigrantes ilegales; que se prohibirá la entrada al país a quienes profesan la fe musulmana; que en la lucha contra el terrorismo se realizarán torturas "mucho peores que el submarino" y que, ya que a quienes siembran el terror no les interesa su propia vida, se procederá a tomar la de sus familias.

Nadie creía que tales promesas electorales pudieran llevar a la elección del candidato de uno de los dos grandes partidos a la presidencia del país. Nadie.

Para dar un ejemplo reciente de retórica republicana, George W. Bush salió victorioso en las elecciones que ganó en su momento con el eslogan del "conservadurismo compasivo".

La táctica de las figuras más poderosas dentro del Partido Republicano es digitar la interna para que sea elegido un candidato aparentemente moderado, que luego imponga la agenda de los intereses especiales de quienes financian la campaña.

Después de ocho años de gobierno demócrata bombardeado de propaganda negativa desde todos los rincones de la derecha y obstruido en bloque en el Parlamento, las chances de que se impusiera un candidato republicano eran muy altas.

Sin embargo, hay algo que no se tuvo en cuenta por parte de estos estrategas y fue el hecho de que en la campaña de descrédito del gobierno de Obama, adquirió voz y protagonismo la zona más oscura del alma estadounidense: el odio de los más racistas y xenófobos que se negaban a que la presidencia de su país fuera "usurpada" por un negro.

Ese sentimiento está en la raíz del movimiento conocido como Tea Party, que tomó cautivos a los senadores y representantes del partido. A raíz de la debacle económica que dejó al país la presidencia de Bush, el caldo de cultivo para que estallara el odio estaba preparado.

Yo vivía en Estados Unidos cuando Obama fue electo. Era un momento de esperanza que compartí con alegría mientras duró. Y duró muy poco. Pronto se vio que había dos países enfrentados dentro del territorio y que la oposición tenía la fuerza del odio sincero, visceral.

Obama fue reelecto y seguramente volvería a ser elegido si pudiera presentarse por tercera vez, pero el enfrentamiento entre demócratas y republicanos es algo más que una contienda electoral. El odio y el miedo se palpan en el aire. Fue una de las razones que, en junio de 2011, me hizo volver a Uruguay.

Donald Trump fue quien mejor leyó el estado de ánimo del electorado republicano y fue uno de los más notorios impulsores de una campaña claramente racista que sostenía que Obama no había nacido en Estados Unidos sino en Indonesia o Kenia.

Para estas primarias, los candidatos que ganaron la atención de los votantes republicanos, además de Trump, fueron dos senadores impulsados por el Tea Party, Marco Rubio y Ted Cruz. Sin embargo el multimillonario los puso en su lugar, dejando de lado los eufemismos y diciendo "las cosas como son".

Trump se dio cuenta de que es el momento ideal para que surja un demagogo al estilo de los fascistas europeos, que prometa devolverle al país su antiguo esplendor, cerrar sus fronteras a los muertos de hambre que pretenden robarle el trabajo a los nuestros, abolir las libertades de comercio exterior para que los chinos dejen de aprovecharse, pegar primero, torturar y "dejar de ser débil".

Aunque este personaje perdiera las elecciones en noviembre, lo que ya logró Trump es mostrar que una propuesta de corte fascista es viable para el partido de Lincoln, uno de los pilares de la democracia de la primera potencia militar del mundo.

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