Aportes intangibles del caso Sendic

Raúl Fernando Sendic voló rápido y alto en la última década hasta caer envuelto en llamas, como Ícaro
Raúl Fernando Sendic voló rápido y alto en la última década hasta caer envuelto en llamas, como Ícaro, cuando la petrolera estatal ANCAP, que presidió, quedó desnuda y al borde de la quiebra. Para colmo el 24 de febrero de este año El Observador informó que no poseía título universitario alguno, como admitió esta semana ante la Justicia.

Más que la exhibición vanidosa e infantil de un título de licenciado que no existe, lo que además ahora parece una epidemia en estas tierras transidas de telenovelas, el caso preocupa por la defensa cerrada que de Sendic hizo un Plenario Nacional del Frente Amplio con tendencias autistas; lo mismo que el ataque sañudo y digno de mejor causa que realiza la oposición.

Raúl Sendic, quien es vicepresidente de la República y como tal preside la Cámara de Senadores y la Asamblea General, debió haber admitido de inmediato sus errores e irse para su casa. Hubiera sido un gesto tan magnífico, en un país donde nadie renuncia a nada, que se lo pondría como ejemplo durante generaciones. Pero prefirió una defensa cerrada, cual marido infiel, siempre combatiendo en fuga, hasta la derrota y el descrédito más completos.

Esa tozudez mitómana encaja con una concepción cínica de la política que Lenin habría aplaudido, pero que es ajena por completo a lo que la mayoría de los uruguayos espera de sus dirigentes. También hace dudar de todo lo que dijo antes y de lo que dice ahora. Pero el asunto del título, siendo importante y diciendo algunas cosas sobre quien lo esgrimió, es infinitamente menos trascendente que sus responsabilidades al frente de la mayor empresa del país por su facturación.

En los últimos años la petrolera estatal ANCAP, cuyo directorio Sendic integró entre 2005 y 2013, jamás cumplió sus propios planes, que siempre resultaron mucho más caros y lentos. Montó una subsidiaria, ALUR, que le vende etanol por un precio absurdo y que jamás podrá devolver la inversión inicial. Tal vez pueda aceptarse que es una forma de subsidio a Bella Unión y zonas aledañas. Pero no se discutió si no hay subsidios socialmente más rentables y capaces de tornarse económicamente viables en el mediano plazo, como ocurrió décadas atrás con la forestación o la industria láctea, dos sectores que ahora están en la vanguardia exportadora.

Se invirtieron enormes sumas para la producción de cemento pórtland, con el que ANCAP no gana dinero desde 1999. Cementos Artigas, la fábrica privada que está enfrente a su planta en Minas, del otro lado de ruta 8, produce la misma cantidad con 60% menos personal y gana dinero año tras año. (Es altamente probable que hasta los futbolistas Diego Godín y Diego Lugano, quienes compraron una fábrica de cemento sin terminar, produzcan pórtland de manera más eficiente que ANCAP). Y así cada cosa. Al fin el gobierno –la sociedad uruguaya– concurrió con un plan de rescate de US$ 870 millones, a costa de otras urgencias, además de un sobreprecio en los combustibles.

Puede decirse en defensa de Sendic que siguió la tónica general del manejo de las empresas públicas desde que se crearon, incluida la administración de José Mujica, que se caracterizó por el desorden, las improvisaciones, los grandes planes fallidos y los déficits sistemáticos que pagarían otros.

Sendic no tenía por qué conocer el negocio petrolero, de refinerías o de distribución de combustibles, aunque hubiera sido preferible; ni tenía por qué conocer de gestión de grandes fábricas, aunque ayudase. Ya se sabe que las empresas públicas son conducidas por corporaciones de gerentes que sobreviven a los gobiernos. Y era improbable que se guiara por criterios de eficiencia cuando ANCAP es monopólica y puede transferir sus disparates al precio final del combustible, que los uruguayos están obligados a pagar. Pero Sendic sí tenía liderazgo político, y se sirvió de la visibilidad que le dio el cargo, por lo que debió asumir responsabilidades cuando las cosas salieron mal.

Si las desdichas de Sendic permiten abrir un debate sobre los problemas de gestión y transparencia del Estado uruguayo (que no son de hoy sino de siempre: ¿recuerdan por ejemplo los negocios de ANCAP en Argentina durante la era Ache?), él habrá rendido un gran servicio al país, aunque sea involuntario.

Un sector acrítico de la izquierda tiende a negarlo todo y atribuye los problemas de gestión, en ANCAP y otros sitios,a una campaña de "la derecha". Pero las campañas de la extrema derecha o de la extrema izquierda, viejos conspiradores paranoicos, solo son exitosas cuando tienen una base real. Y si la izquierda, o un sector importante dentro de ella, solo sabe negar la realidad, entonces tarde o temprano se irá a pique con sus lastres y sus mitos

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