Argentina dejó las críticas de lado y busca acercarse al presidente electo

El gobierno de Macri se la había jugado a Clinton, y el kircherismo saca rédito del proteccionismo
Los argentinos son así y no pueden evitarlo: ante cada hecho importante en el ámbito internacional caen en la tentación de hacer analogías con su propia situación doméstica y entonces todos los debates sobre temas internacionales terminan por transformarse en polémicas internas.

La charla del momento, naturalmente, es si Donald Trump es "peronista" o si es el equivalente estadounidense de Mauricio Macri, y si la nueva ola antiglobalización y con candidatos "antisistema" determina que al actual gobierno le irá mejor o peor.

Las primeras horas posteriores a la victoria de Trump parecieron una competencia por tomar distancia del nuevo mandatario. Entonces, los liberales y los partidarios de Macri no dudaban en remarcar la tendencia "populista y demagoga" del presidente recién electo, mientras que los partidarios de Cristina Fernández se esmeraban en encontrar paralelismos entre la vida de Trump y la de Macri: ambos con origen empresarial, ambos ricos y con un discurso rupturista respecto de la clase política tradicional.

Hasta ahí, el panorama iba por carriles previsibles, con las consabidas "chicanas" entre partidarios de uno y otro bando. Hasta que Cristina apareció para hacer el mayor aporte a la confusión.

"A nosotros nos acusaban de proteccionistas, y fíjense lo que acaba de suceder en el país y la economía más importante del mundo: acaba de ganar alguien que hace del proteccionismo de sus trabajadores y su mercado interno una bandera", dijo la expresidenta.

Por insólito que parezca –y para tremenda confusión de sus militantes–, Cristina recurrió a Trump como forma de criticar la apertura comercial del macrismo y para justificar las regulaciones y cierres de mercado que caracterizaron a su propia gestión económica.

"El que crea que ganó el Partido Republicano está equivocado, ganó alguien que representa la crisis de la representación política producto de la aplicación de políticas neoliberales del Consenso de Washington", agregó Cristina, para quien lo que busca la sociedad estadounidense es un líder "que rompa con un establishment económico que lo único que ha causado es pobreza, desalojo y pérdida de trabajo".

Lo que queda implícito en ese discurso es que si el voto por Trump es la respuesta al neoliberalismo, entonces Barack Obama es quien encarna esas banderas derrotadas de ajuste e inequidad social. Todo un cambio para la expresidenta, quien en 2009, cuando asumió Obama, lo elogiaba por su discurso favorable a la "inclusión social" y llegó a compararlo con el mismísimo Juan Domingo Perón.

Los consejos de Obama

En la vereda de enfrente, la situación es rara también para Macri, quien hasta ahora había demostrado una notable sintonía con Obama. Lo había colmado de elogios y puesto como inspiración para su propia gestión.

Ni bien asumió la Presidencia, Macri se había propuesto cambiar drásticamente la política exterior kirchnerista y dejar el alineamiento con los "villanos" del panorama global, como Rusia, Irán y Venezuela. Pero el acercamiento a Estados Unidos no se limitó al esperable intento de recomponer relaciones con el mercado internacional de crédito, sino que se notó un intento por emular el estilo del gobierno del demócrata.

En la reunión que mantuvieron en marzo, Macri destacó cómo Obama había recibido una "pesada herencia" de un país con fuerte déficit, en recesión y con el trauma de la crisis financiera e hipotecaria que le había dejado George Bush. Y lo felicitó por cómo había logrado estabilizar al país y retornarlo a la senda de crecimiento.

Y, no por casualidad, observó que Obama había tenido la firmeza política de soportar las dificultades del ajuste inicial para recién un tiempo después empezar a ver los frutos.

Obama, antes de ver resultados, tuvo que tomar medidas desagradables de ajuste durante 15 meses. No tan diferente a lo que el macrismo supone será la evolución de su plan económico: las fichas están puestas en 2017, cuando, según los planes del ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, habrá pasado la peor parte del ajuste.

Pero más allá de la buena sintonía con Obama, pocas semanas antes de la elección en Estados Unidos, y ante las consultas de los medios de ese país, Macri había dejado en claro que, a pesar de conocer personalmente a Trump –o acaso por eso mismo– no le simpatizaba su candidatura ni sus propuestas.

Tras aquella reunión con Obama, Macri mostró un cambio de actitud que muchos atribuyeron a la influencia del mandatario estadounidense: abandonó la preferencia por un camino gradualista y eligió medidas drásticas, como el "tarifazo" de los servicios públicos, con el objetivo de no dilatar las reformas que prometió en campaña.

A destiempo

Medio año después, Macri debe estar pensando que el panorama cambió en un sentido que no hubiese esperado: pagó un alto costo político por el "tarifazo" que frenó la Corte Suprema, la inflación sigue alta y la economía no sale de la recesión. Y los amigos estadounidenses trajeron los ansiados dólares, pero no tanto en el rubro de la inversión productiva sino en el de la especulación financiera.

Y, sobre todo, el presidente se encuentra con una sensación de que aplica políticas a destiempo de la onda internacional. Ahora la prioridad del gobierno es enmendar el efecto búmeran que había causado la simpatía por Obama y por la candidatura de Hillary Clinton. Tras haberse "jugado" a un resultado que parecía cantado, ahora se puso en marcha un operativo para recomponer relaciones.

Se descuenta que Trump tendrá a Argentina en un lugar muy lejano en su agenda, pero todavía no está claro si eso resultará un punto a favor o una desventaja.

Por lo pronto, lo que queda claro es que gran parte de la relación futura entre los dos países dependerá de la relación personal entre los presidentes.

Que prevalezca una vieja amistad

No debe haber presidente del mundo con quien Donald Trump haya tenido una relación más parecida a una amistad que con Mauricio Macri: se conocen hace más de 30 años, estuvieron frente a frente en una mesa de negociaciones por negocios inmobiliarios, jugaron juntos al golf, compartieron almuerzos, cenas y reuniones tensas junto a abogados y asesores financieros.

"Yo tuve que firmar un contrato por US$ 600 millones. Tenía 24 años y tuve que negociar con ese tipo que ahora es candidato a presidente, totalmente chiflado", decía Macri, cuando ambos estaban todavía lejos de convertirse en presidentes.

No vaciló en calificarlo como "un tipo muy exhibicionista", cuya jornada consistía en "un show off, toda una actuación de la mañana a la noche".

La apuesta del gobierno argentino es a que Trump haga prevalecer la vieja amistad y "perdone" a Macri su prematuro alineamiento con los demócratas. Y Trump, que ha hecho de la incorrección política y las frases sin filtro todo un estilo personal, probablemente sepa entender la situación.

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