Arte made in Uruguay

Las huellas de Torres García son tan profundas en el país que se hace difícil escalarlas
Joaquín Torres García es un prócer nacional, con toda la carga de incomprensión que eso significa. Su obra se alaba y se festeja con orgullo patriótico, lo que dejaría, a quien se atreviera a criticarla, del lado del enemigo, como sucede con quienes critican a Artigas, a Varela o a Suárez.

Torres fue un renovador del arte, que participó de los movimientos rupturistas de principios del siglo XX en Europa y que desarrolló su propia teoría y práctica de las artes plásticas. No solo eso sino que retornó a Uruguay, después de 43 años en Europa y Estados Unidos, y fundó una escuela que se transformó en la academia nacional por excelencia.

A él se le debe una identidad plástica nacional, un estilo imposible de ignorar para los artistas de este rincón del mundo. Se lo puede rechazar pero no pasar por alto. El director del Museo Nacional de Artes Visuales, Enrique Aguerre, lo dice de manera categórica: "No podemos hacernos los distraídos con la obra de Joaquín Torres García. Torres siempre está. Para un artista uruguayo es imposible escaparse de él".

Cuando Torres regresó a Uruguay, en 1934, la escena plástica nacional era una suma de voluntades individuales, sin referentes locales con fuerza suficiente como para formar una escuela.

Torres no solo llega con una obra reconocida sino con una convicción férrea en lo que debía ser el arte. Y en lo que no debía ser. Su credo se basa en recobrar el espíritu racional y universal de la Grecia clásica. Sus fuentes para crear un arte nuevo son las más puras.

Vale la pena escucharlo: "Antes que las manifestaciones de arte plástico, debió existir en la Grecia primitiva una gran escuela de filósofos. Los cuales supieron hallar esto: pasar de lo particular a lo general. Casa, hombre, navío. Y que, al ponerlo así, escapaban a lo concreto real para ponerse en lo abstracto. Eso es lo que ahora convendría que hiciésemos".

¿Y cómo hacemos, Maestro? "Debe comprenderse que si dibujamos una casa esquemáticamente, no le vamos a poner un color tomado de la realidad, sino que, igualando el esquema, que es geometría (es decir que está en el orden geométrico), debemos poner un color abstracto (un tono dentro del orden de los colores fundamentales) porque ya no tratamos de hacer un paisaje, sino un ordenamiento plástico".

¿Así, nomás? Sí: "Con tal simplicidad debiera comenzar un nuevo arte clásico: perfectamente objetivo, sin acento ni intención; impasible. Tal arte, que quizás podría ser frío, al tomarlo un artista ya no lo sería, porque pondría a contribución de él su alma: no un acento ni una intención, pero sí las intuiciones más profundas. Esa simple estructura y el espíritu; la razón universal y el alma".

La realidad siempre es mucho más compleja, por supuesto. Torres dio, desde que llegó a Montevideo, innumerables conferencias y escribió miles de páginas con sus concepciones filosóficas y artísticas, además de crear algunas de sus obras fundamentales y guiar a una generación de artistas a través de su taller. Lo que está claro es que ejerció una seducción extraordinaria y generó convicciones tan firmes como la suya propia.

A partir de Torres, el panorama de la plástica nacional cambia para siempre y se desarrollan generaciones de artistas con un estilo tan definido que a veces es difícil distinguirlos.

Somos torresgarcianos porque vivimos en la profundidad de la huella del maestro. Nuestra paleta es baja porque estamos a la luz y a la sombra de sus enseñanzas. Torres García entendía que el arte debía ser verdad, pensada y sentida a la vez. "Pensar, combinar, estructurar, pero que todo eso (y hasta lo básico del tema: el pretexto) fuera sentido".

Es algo mucho más difícil de imitar de lo que parece.

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Para saber más sobre el artista uruguayo, vea el especial interactivo de Torres García en el MoMA.

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