Arte, pobreza y chocolate: escultura con sabor amargo

Un holandés fundó un colectivo de escultores en El Congo para exhibir la mirada de los pobladores

Randy Kennedy, de The New York Times Service

Hasta hace poco, Matthieu Kilapi Kasiama, un cortador de nueces de palmera y escultor analfabeta originario de una región pobre de la República Democrática del Congo, nunca había salido del área, ya no digamos volado en un avión. Y, hasta hace poco, Kasiama nunca había probado el chocolate, el material de sus esculturas, hechas de los granos de cacao que fueron una importante exportación durante el brutal régimen de Bélgica en el Congo y la explotación del país por parte de compañías occidentales.

Un día, en el SculptureCenter en Long Island City, Queens, en su segundo día en la Ciudad de Nueva York y bien abrigado contra un frío poco familiar, Kasiama caminó por una exhibición de las obras de los artesanos de su localidad natal, Lusanga, hechas de tanto chocolate que podía olerse. Las esculturas de chocolate sólido moteadas de marrón, algunas de tamaño natural incluido un fantasmagórico busto de 2015 hecho por Kasiama, titulado Hombre es lo que la cabeza es, flanqueaban la sala de la institución, representando el trabajo de más de dos años de la Liga de Arte de Trabajadores de Plantaciones Congoleñas, un nuevo colectivo cuya obra fue exhibida recientemente en Estados Unidos por primera vez.

Crear ingresos es solo un objetivo de este colectivo inusual, que ha surgido de la altamente sensible intersección de la política postcolonial y la creciente riqueza del mundo del arte. Idea de un artista holandés, Renzo Martens, y un grupo de colaboradores europeos, el colectivo de trabajadores se ha propuesto cambiar, o al menos agitar completamente, las percepciones de la dinámica del poder entre África y Occidente.

Usando como material el chocolate, cuya producción ha dependido fuertemente de la mano de obra y las tierras africanas, el proyecto traza una línea directa de vuelta hacia el mundo del arte institucional. El apoyo filantrópico de los museos en ocasiones proviene de corporaciones multinacionales, como Unilever, que han lucrado con el régimen colonial. (Durante muchos años, por ejemplo, Unilever apoyó a las comisiones de la Sala de Turbinas del Tate Modern.)

Martens se mudó al Congo con su familia y a través de una organización que estableció, el Instituto para las Actividades Humanas, y empezó a trabajar con artistas en Kinshasa, la capital del país, en torno a la idea de alentar a los trabajadores de plantaciones actuales o anteriores a aprender sobre la forma de hacer arte y a formar un colectivo.

“La gente me acusó de ser neocolonialista”, dijo Martens. “Pero el mundo es neocolonialista, y para ponerle fin necesitamos proponer algún tipo de aparato. Siento que hay demasiada desigualdad en este mundo y no puedo solo hacer arte políticamente crítico y exhibirlo en sitios de poder. Es exactamente porque soy un artista blanco de clase media que tengo que hacer algo como esto”, agregó.

Después de algunos tropiezos, su plan echó raíces en Lusanga, donde se reclutó a los residentes y se les pidió que eligieran a otros. Eléonore Hellio, una artista y maestra francesa que vive en Kinshasa y se unió al proyecto, inicialmente con algunos recelos, dijo: “Hicimos un llamado abierto anunciando que haríamos un taller de escultura y mucha gente apareció. Tratamos de seleccionar a las personas que tenían una fuerte visión de su mundo y de sus condiciones de vida. La gente que tenía algo que decir. No fue como una selección en una escuela de arte cuando pasás un examen. Fue tratar de crear una dinámica de grupo. Algunas personas ya eran talladoras de madera, que hacían piezas para los turistas o como objetos fetiche”.

Los miembros elegidos oscilaban entre los 20 y los 85 años de edad, y el grupo actual está compuesto por nueve hombres y dos mujeres. Después de cierto debate, eligieron el chocolate como el material para su escultura, porque algunos residentes cultivan cacao y lo venden a compañías por una miseria pero mayormente debido al simbolismo profundamente polémico del chocolate en la relación de África con Occidente.

Ruba Katrib, curadora del SculptureCenter y organizadora de la exposición, reconoce que el proyecto intencionalmente “plantea muchos interrogantes, entre ellos: ‘¿Cuál es el valor de incorporar esta obra a una conversación sobre el arte contemporáneo, y debería hacerse? Quizá sería mejor dirigir el dinero y el esfuerzo a una ONG. ¿Vale la pena?’ Y no sé la respuesta, o si hay respuestas, y eso es lo que nos interesó”.

El padre de Matthieu Kilapi Kasiama, un trabajador de la plantación de aceite de palma, murió de una hernia cuando su hijo era pequeño, y Kasiama mantuvo a su familia realizando labores diversas y de peluquería así como la peligrosa cosecha en las palmeras. Desde que era niño, dijo, había hecho objetos con madera y pasto entretejido. “Nunca pensé en esas cosas como arte, pero ahora sí, y pienso en el arte como un trabajo”, afirmó. “Hago cosas”, dijo, “y me pagan por ellas”.

Su viaje a Nueva York se dio después de que inesperadamente le fue concedida una visa y el SculptureCenter patrocinó su visita. Es la primera vez que ve la obra del colectivo en una galería. Mirando una pieza particularmente atinada una figura de lentes y de apariencia ligeramente siniestra titulada “El coleccionista de arte”, de sus colegas Jérémine Mabiala y Djonga Bismar sonrió.

“¡Se ve bien aquí”, dijo. “Deseo que estuvieran aquí para verlo”.

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