Ascenso de Trump y caída de Bush

Marco Rubio es ahora la última esperanza para detener al magnate neoyorquino
Si hace siete meses alguien hubiera vaticinado que en febrero Donald Trump estaría primero en la interna republicana y que Jeb Bush estaría afuera de la contienda por la Presidencia de Estados Unidos, le habrían dicho que se hiciera ver por el médico. Así de inopinado, y hasta descabellado, es este escenario republicano que ha emergido tras las primarias del sábado en Carolina del Sur, donde el millonario outsider arrasó otra vez en las urnas; y el patricio, hijo de un expresidente, hermano de otro –y hasta hace unos meses, candidato cantado para enfrentar a Hillary Clinton en las presidenciales–, se hundió de un modo tan estrepitoso que debió abandonar la campaña.

El desenlace ha sido todo una metáfora del hartazgo entre los votantes republicanos con el establishment del partido y, en general, con la forma de hacer política en Washington. Quien crea que los votantes de Trump son todos unos xenófobos extremistas que solo quieren levantar un muro en la frontera con México, no está prestando atención. Por extraño que parezca, el magnate neoyorquino ha venido a representar ese descontento con las élites, con el poder de los lobbies instalados en la calle 16 (a pocas cuadras del Capitolio y de la Casa Blanca) y con los intereses creados que han copado la política estadounidense en desmedro del interés general.

Trump alude permanentemente a esa condición, al hecho de que no recibe ni un dólar de los lobbies (la campaña se la financia de su propio bolsillo); y así no les deberá nada si llega a la presidencia y podrá gobernar "para todos los estadounidenses, en vez de para unos pocos con mucho dinero". Es un mensaje que cala hondo, y no solo entre las bases republicanas. La transversalidad de sus electores en Carolina del Sur, y antes en Nuevo Hampshire, han dado cuenta de ello. Incluso varios de sus votantes entrevistados el sábado a pie de urna por la CNN decían que si Trump no ganase, no les interesaba ningún otro aspirante republicano, que se inclinarían tal vez por el socialista Bernie Sanders, el otro insurgente en esta campaña pero en las internas del Partido Demócrata. Esa fue, tal vez, la metáfora más elocuente que dejó este sábado.

Pero si hay una que representó un punto de inflexión más tangible fue la renuncia de Jeb Bush. La forma elegante y resignada con que el exgobernador de Florida anunció su retiro de la carrera presidencial, sin duda, lo enaltece; y una vez más lo muestra con una personalidad muy diferente a la de su hermano. Pero verlo allí quebrado, después de haber llevado hasta a su mamá a hacer campaña por él y de haber gastado US$ 80 millones en spots publicitarios (contra los US$ 8 millones de Trump), fue como el epítome de la decadencia de un partido que no ha sido capaz de reinventarse en ninguna de las demandas que de un tiempo a esta parte viene exigiendo el pueblo norteamericano.

Parecería ir siendo hora de que los dirigentes republicanos abandonen un poco el country club y las cenas con lobbistas en el exclusivo restaurante The Palm y se dediquen un poco más a escuchar a la gente en la calle. Por lo pronto, en lo que a Trump respecta, al menos ya deberían tomárselo en serio. El estado de negación de varios encumbrados en la cúpula del partido, la idea de que la candidatura del magnate era un mero espejismo, de que sus números nunca se traducirían en votos reales, supongo que la misma noche del sábado se les habrá por fin revelado como un sueño guajiro.

Sin embargo, hay una última carta que la elite republicana va a jugar a fondo: Marco Rubio, el senador cubanoamericano por la Florida, que en Carolina del Sur se ha recuperado de su grueso traspié en Nuevo Hampshire, donde entró quinto tras haberse repetido como un loro varias veces sobre la misma frase en el debate. El sábado en Carolina obtuvo el segundo lugar, y aunque prácticamente empatado en votos con Ted Cruz y ambos lejos de Trump, no deja de ser una pequeña victoria para el de Miami, que ya lo posiciona como el más apto para disputarle la nominación al magnate en un eventual mano a mano final.

De momento la interna ya se ha convertido en una carrera de tres (Trump, Rubio y Cruz), donde Rubio podría llevar las de ganar en la atracción de votos cautivos. Es de esperar que los votantes de Bush pasen a engrosar sus filas. La cuenta que hacen en el Partido Republicano es que lo mismo sucederá con quienes han votado a John Kasich y a Ben Carson una vez que estos se retiren a su tiempo de la contienda, para lo cual no ha de faltar mucho.

Por otra parte, Cruz parece haber perdido mucho fuelle. Su fuerte era el voto evangélico; pero si no ganó en Carolina del Sur (un bastión de la derecha cristiana) y hasta perdió el voto religioso a manos del propio Trump, difícilmente sea capaz de hilar una buena cantidad de victorias en el sur que le permitan un rebote significativo. Como sea, eso se definirá el 1º de marzo, en el llamado supermartes, cuando votan un total de 17 estados en todo el país, 10 de los cuales son sureños con una presencia decisiva de la derecha evangélica en las urnas.

Y si así fuera y Cruz quedara en algún momento por el camino, ¿con quién se irían sus votos? Esa es la gran interrogante que pesa sobre las cabezas del establishment republicano. Ahí podría aventurarse que la cosecha de Trump sería más cuantiosa. Y el mano a mano no estaría tan claro a favor de Rubio como esperan los jefes del partido en sus quinielas extenuantes.

Pero volviendo un poco a la realidad –cosa que siempre resulta un tanto esquiva cuando uno intenta analizar lo que piensan los dirigentes republicanos–, mañana será otra escala en la interna de ese partido: el caucus de Nevada, donde se espera otra victoria de Trump por más de 20 puntos.
Todo parece indicar que los hechos se seguirán imponiendo sobre los cálculos y cavilaciones de los jefes. ¿Será así hasta la Convención Republicana a mediados de julio? ¿O podrá haber un quiebre en ese mano a mano tan esperado que les dé un respiro a favor de su delfín miamense?

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