Así nos cuidamos los montevideanos

Breve recuento de situaciones que me calientan demasiado y que con una levedad insoportable ya hemos aceptado como normales

Los uruguayos no somos de cuidarnos mucho los unos a los otros. Yendo a un extremo, más de una persona me ha contado que la afanaron en la calle a plena luz del día y que la gente que pasaba por ahí ni pelota dio al hecho.

Arriesgar el pellejo de uno por el otro no está en nuestra sangre, pero tampoco está el acto pequeño, el gesto simple “a lo Amelie”, que tanto beneficio puede traer. ¿A qué me refiero? A que no ayudamos a los otros porque no pensamos ni siquiera pensamos en hacerlo; la fácil es mirar hacia el otro lado.

De esas historias de mirar para el otro lado, tenemos cinco millones: en el laburo, en el bondi, en la enorme pobreza que nos rodea, y un largo etcétera. Es un tema grave porque ya está instalado en la sociedad y lo que hace esto es que se vuelva en algo que ya percibimos como dado, algo por lo que todos hemos dejado de luchar. 

El otro día fui al doctor. Me acompañó Felipe, mi hijo. Estuve 18 horas buscando donde dejar el auto. Al regresar le saqué foto a un espacio de estacionamiento que estaba ocupado por unas piedras. Indignado, nada más tomé la foto para compartirla acá. Mi hijo, acostumbrado a mi paso rápido me preguntó qué estaba haciendo.

Ya me pasó más de una vez de frenar, quitar lo que sea que pone el cuidacoches para guardarle el lugar a algún chanta que le paga buena propina para luego pelearme con el cuidacoches y decirle que si no se dejaba de joder llamaba a la Policía por la imbecilidad que estaba haciendo.

Intento mantenerme por fuera de la pérdida de la cordura –es difícil-, pero tengo un hijo de tres años y no quiero que por ejemplo tenga a un gruñón impaciente. Y por eso, cuando veo que 500 personas están buscando un lugar para estacionar, y sabiendo que existe uno que lo bloquean unas piedras que una autoridad inventada llamada cuidacoches me da ganas de hacer un montón de cosas.

Sucede algo similar con el que te da un ticket cuando estacionás para ir al estadio y te dice que estacionar ahí sale 50 pesos. Todos somos conscientes de que esto sucede, Daniel Martínez y Tabaré Vázquez saben que esto sucede, pero todos van y le pagan al desdichado temiendo que les raye el auto o dejen que se lo robe, o lo que sea.  

El asunto es que, ¿por qué el hombre que cuida coches usa ese sistema? ¿Por qué inventa el primer negocio del planeta que cobra antes de que se preste el servicio? Porque sabe que a los uruguayos la dignididad nos importa tres carajos, y en base a esto, después del match es posible que me suba al auto y me vaya -algo que en realidad sería perfectamente legal-; pero el tipo se quiere asegurar el mango. Y lo hace de la forma más descarada.

Y ojo, no es que sea digno pagarle al tipo, lo ideal sería que esa persona que cuida autos no existiera, cuida autos porque existe temor de que roben, o mejor dicho, porque efectivamente roban. El asunto va en cómo esto se hace. 

Ahora bien, hay algo que logran estos cuidacoches que tiene que ver con esto que decía de cuidarnos los unos y los otros y ser solidarios: organizan el predio que les toca de forma tal que entre hasta el último alfiler que quiera estacionarse.

En las calles comunes y corrientes, en una ciudad desbordada de autos y sin otras opciones de transporte -porque los ineficientes planificadores urbanos de la Intendencia no fueron capaces de inventar en casi 300 años algo más creativo para el transporte que lo mismo que usaba Bruno Mauricio de Zabala-, se puede ver que somos pésimos para compartir el espacio común donde se estaciona.

Buscando lugar para estacionar uno se cansa de ver "medios espacios" vacíos porque al que sí pudo acomodarse no le importó nada que después seguramente vendría otro interesado en meter el auto en ese hueco que él corta por la mitad. 

Lo mismo sucede con el timbre de los ascensores en los edificios; su disposición lo que hace es dar por sentado que yo de pique espero lo peor de mi vecino: que él, salvo que lo joda con un timbrecito de mierda, no va a apurarse en cerrar la puerta, que es algo que por lo general sucede.

Hace no tanto en la reunión de copropietarios de mi edificio se votó el reglamento. Yo antes de la votación propuse con énfasis que no votemos un reglamento, que este existe por pensar lo peor del otro y que el espíritu de buen vecino debería primar por encima del papel.

Mi propuesta, que de pique recibió algunos murmullos sugerentes, al menos fue votada, y perdí como en la guerra, obvio.


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