Atchugarry: demasiado pronto, demasiado antes

Con sus acciones y su ejemplo, Alejandro Atchugarry recordó que la virtud no tiene partido, y el coraje cívico tampoco
Por Fernando Filgueira
Dos figuras representan para mí el espejo moral en cual me miro cuando me encuentro en la arena política: Liber Seregni y Alejandro Atchugarry. Se nos ha ido un referente moral, un norte de la república, un hombre que le explicó con sus acciones y ejemplo a buena parte del país y muy especialmente –ya que eso era yo- a la juventud de izquierda nucleada en los partido que integraban el Frente Amplio lo que realmente era la voluntad y el sacrificio del servicio público y la vocación irrenunciable por la libertad.

Se nos ha muerto Alejandro Atchugarry. O más largo pero igual de doloroso: ya no está Alejandro Víctor Washington Atchugarry Bonomi.

Más allá de lo que pierde el país y la República, yo pierdo a un hombre que apenas conocí personalmente pero que al menos en cuatro ocasiones me enseñó con su ejemplo cosas que no olvidaré.

Al final de su vida, mi relación con él fue puntual y no pasó de dos o tres conversaciones. Pero es también así que los grandes hombres y mujeres marcan la historia: sus ejemplos cambian la vida de muchos y al hacerlo, sus acciones.

Yo era un adolescente cuando el plebiscito de 1981. Recuerdo aún el día en el cual yendo al liceo vi por primera vez los carteles y casas en donde aparecían los colores del Partido Colorado y el Partido Nacional promoviendo el no. Yo no tenía dudas del sacrificio de muchos hombres y mujeres de izquierda en su lucha por la democracia, pero en mi hogar mi padre siempre había defendido el papel de muchos hombres y mujeres de otros colores políticos en la lucha democrática.

Esta evidencia y mi formación temprana me inclinaron a conocer estas otras manifestaciones del movimiento democrático, a pesar de mi joven espíritu de militante de la izquierda. Recuerdo incluso una discusión con mi padre, en donde yo criticaba a los partidos tradicionales y él con su paciencia y tolerancia me insistía que había más grises que los que yo veía.

Finalmente lo acusé terminantemente de que su postura no era compatible con un proyecto socialista. Para mi sorpresa, el sonrió, con su sonrisa medio torcida y me retrucó: "¿Y quien te dijo que yo soy socialista?". Y agregó un consejo: "No dejes de escuchar a quienes a priori no comulgan con tus preferencias. Leer los semanarios e ir a las reuniones de quienes siempre están de acuerdo con tus ideas no es la mejor forma de pensar y crecer".

Con el consejo de mi padre, me acerqué a unos de esos clubes políticos; uno colorado. Había un hombre, bastante joven, que argumentaba por el no. Pero no lo hacía como en los comités del Frente en base a un proyecto ulterior de emancipación, cambio o revolución.

Su única bandera era la libertad: libertad para elegir, decía; libertad para hablar, decía; libertad para errar, decía. Lo que más me sorprendió de su discurso era que no apelaba a demasiadas verdades reveladas, solo al derecho de los individuos a buscar verdades, ideas, opciones.

Había algo en sus ideas y su pasión que me parecía más de izquierda que todo lo que había aprendido. Pregunté su nombre. Me dijeron: es Atchugarry. Para mi ese primer encuentro me llevó a estudiar y entender el liberalismo a nivel global y el batllismo en nuestro país como una fuerza emancipadora y a su proyecto como un experimento de libertad e igualdad. Nunca más mi idea de lo que es ser de izquierda sería la misma.

En el primer gobierno colorado, luego de la dictadura, yo era un joven estudiante de sociología que entre otras cosas analizaba la acción de los Ministerio de Economía y de Trabajo y los debates sobre el tema de la indexación de salarios y jubilaciones.

Cuando el plebiscito por el tema jubilaciones recuerdo aún los argumentos de Batlle en contra del sistema de indexación. Pero fue un breve argumento de Alejandro Atchugarry el que me debería haber convencido: las generaciones pueden colocar en el pasado o en el futuro su apuesta.

La apuesta por el futuro requiere que digamos que no a este sistema de indexación. El defendía la idea de proteger a los más débiles, lo cual incluía a los jubilados y pensionistas, pero no creía que tal sistema de indexación fuese la solución.

Recuerdo aún la entrevista de un representante de la prensa alemana a Jorge Batlle sobre su oposición a la indexación, la explicación de Batlle y la contra-pregunta del alemán: ¿cree usted que el pueblo uruguayo, con tantos jubilados, va a entender y apoyar sus razones en esta campaña electoral? La respuesta de Batlle fue clásica: "Yo a la gente no le miento".

Atchugarry, no tengo dudas, era parte de esa idea y sustancia que permeó los mejores momentos de Batlle en dicha campaña.

En el plebiscito, finalmente no voté mi convicción, sino mi disciplina partidaria: un gran error. Pero cuando vi el efecto de mi voto vi también la necesidad de tomar decisiones con libertad.

Una vez más él me había enseñado que en política, siempre en última instancia, las decisiones las toma el individuo, pues es uno mismo quien ante su propia conciencia deberá, al final, dar explicaciones. Ni el cálculo político ni la disciplina partidaria son excusas para nuestras decisiones fundamentales.

Recuerdo la sorpresa de varios y la esperanza de muchos cuando, en medio de la crisis de 2002, Jorge Batlle nombra a Alejandro Atchugarry como Ministro de Economía. Yo sentí un soplo de esperanza, no por su conocimiento de la economía –el cual no era menor- sino porque su figura representaba en un momento durísimo para los uruguayos ese cerno de la república, de la probidad y de la austeridad que el país requería.

Un hombre de perfil siempre bajo asumía incómodo un perfil alto, porque la república lo requería. Y una vez más, él no le falló al país. Dicen que su modesto Fiat Duna –su forma de vivir siempre fue de una total austeridad, aunque nunca hizo con ello propaganda- estaba aparcado frente al Ministerio hasta largas horas de la madrugada.

Supe después por su propia confesión que en esos meses en donde literalmente fue clave en salvar al país, fumaba casi cuatro paquetes de cigarrillos al día y dormía poco y nada. Supe también que asumió tal responsabilidad a poco de haber sufrido la tragedia personal y familiar de perder al amor de su vida y a la madre de sus hijos.

Cuando sintió que la crisis se solucionaba y el país se encaminaba a ver la luz al final del túnel dejó el Ministerio, retornó al senado y no procuró ser candidato del Partido Colorado. El poder y sus ornamentos, sospecho que nunca fueron para él un atractivo per-se, sino más bien algo que toleraba para poder hacer, para poder crear soluciones para sus conciudadanos.

Sus acciones en dicho período y sus renuncias, su perfil bajo y su sacrificio personal por el país, hicieron que para mi, y muchos de mi generación, Atchugarry asumiera definitivamente el estatus de modelo de rol, de ejemplo republicano y moral.

Ya bordeando mis 50 años, luego de mi breve paso por la subsecretaria de Educación y Cultura, decidimos, con un grupo de colegas, forjar una alternativa ciudadana a lo que percibimos como una situación de bloqueo al cambio educativo, cambio en el cual el país se juega sus bases de convivencia, igualdad, viabilidad e inserción en el mundo.

Convocamos a diversas figuras del mundo sindical, político y empresarial a integrarse a EDUY21. Pero procuramos explícitamente acercar al comité honorario a personas que no se encontraran embanderadas con la lucha partidaria cotidiana.

Naturalmente, abordamos a Alejandro Atchugarry. Lo hicimos sabiendo que bien podía tener dudas y decidir no involucrarse en una iniciativa que prometía más dolores de cabeza que satisfacciones, más exposición en un hombre que ya lo había dado todo por la república. No hubo que planteárselo dos veces. No sólo apoyó desde el inicio sino que participó activamente en todas las instancias en que lo convocamos, proporcionando su consejo y aliento.

Al final de una de estas reuniones se me acercó y aconsejó, pero también exigió. "Ustedes han logrado convocar a mucha gente en torno a este proyecto", señaló. "Pero recuerden que no desempeñar una función en el gobierno o en el Parlamento no significa no desempeñar una función pública. Es ahora responsabilidad de ustedes poner en ello todo su esfuerzo.

La visibilidad, ese reconocimiento, solo adquiere sentido cuando se lo usa para bien". No sé si fueron estas su palabras exactas, pero tal el concepto que retuve.

Se nos ha ido un republicano, un hombre de bien y un ejemplo de probidad. Un ejemplo también de tolerancia y convivencia entre los diferentes bandos políticos que no derivaba primordialmente de su gran capacidad de articulación y negociación –que la tenía en dosis superlativas- , sino de una forma de mirar humana que destilaba por todos sus poros y se trasmitía en su sonrisa –que era con la boca, los dientes y con los ojos- entre angelical y socarrona.

Se nos fue un referente para aquella generación de jóvenes de todos los partidos y creencias que vimos el final de la dictadura. El nos recordó con sus acciones y su ejemplo que la virtud no tiene partido, y el coraje cívico tampoco. Me queda el gusto amargo de no haberlo conocido más, de no haber podido aprender más. Pero su ejemplo queda con nosotros y su legado nos obliga a cumplir.

*Doctor y Master en Sociología de la Northwestern University Sociology. Es Licenciado en Sociología UdelaR. Fundador de EDUY21.