Atrapados por el ciclo

Carta del director: Cuando se pudo, no se ahorró. No habrá catástrofe pero será duro. Ahora hasta Mujica habla de "no tirar manteca al techo".

La economía ingresa en un otoño: bajan los precios de las materias primas, subieron las tasas de interés, el dólar se fortalece, la región se debilita. Crecerá la economía pero menos que en los últimos años y menos que en la década de oro del 2004 al 2013. Pero crecerá. ¿2, 2,5 o 3%? Quién lo sabe. Con todo, y viendo como andan los vecinos y lo mal que anda el Mercosur (que ahora incluye por razones meramente políticas y sin ninguna ventaja económica a la desquiciada Venezuela), el gobierno ha puesto las barbas a remojo: se preocupa por controlar los gastos corrientes que antes crecían alegremente, se preocupa incluso por inversiones de las empresas públicas, aunque esas inversiones no requieran financiamiento del gobierno ni endeudamiento de las empresas, se preocupa por mantener las tarifas públicas en niveles que no se justifican por sus costos actuales como es el caso de los combustibles y de la energía eléctrica, se preocupa por los viajes al exterior. Afortunadamente se preocupa también por Torre Ejecutiva y no escatima en restablecer el orden, la limpieza y el decoro que deben primar en las oficinas presidenciales, que suelen ser la cara de la nación ante visitantes públicos y privados.

Puede sentirse claramente en el aire que una orden de austeridad ha emanado de la nueva administración a efectos reducir el déficit fiscal que se situó en el 3,5% del PBI, con una economía todavía en expansión (en 2014 creció por encima del 4%). Explicar el aumento del déficit puede ser fácil yendo a detalles puntuales (se gastó más en esto, se recibió menos dinero de aquello otro) pero conceptualmente no deja de ser un contrasentido tener un alto déficit con la economía creciendo y más para un gobierno que había predicado fuertemente la aplicación de políticas anticíclicas como una de las bases del buen gobierno y como uno de los puntos que deberían marcar claras diferencias con el manejo macroeconómico de los partidos tradicionales.

Claro que predicar en la oposición es más fácil de practicar que cuando se está en el gobierno. Pero toda la teoría sugiere que en épocas de expansión como la que experimentó Uruguay en la década dorada, la mejor década de precios internacionales y de enormes inversiones –las pasteras y las agropecuarias de argentinos y brasileros- de los últimos 100 años, era el momento adecuado para ahorrar para las épocas de vacas flacas. No fue así. Por el contrario, la política de gasto fue procíclica y se gastó más de lo que creció el PBI. La cigarra de la fábula de La Fontaine saltaba exultante y la hormiga sufría, sometida al duro trabajo, pero sobre todo a las burlas de la cigarra. Todo va bien. No hace falta ahorrar, repitieron sin cesar quienes dispensaban a manos llenas de los cofres estatales. Y quienes reclamaban prudencia, quienes hablaban del fondo de estabilización del ministro Velasco en Chile, quienes proponían una regla fiscal para administrar bonanzas excepcionales, eran cuando menos tildados de agoreros de malos augurios para arruinar la fiesta, y cuando más de antipatriotas. 
Nunca hubo, empero, un debate serio de cómo administrar el boom.

Ahora, de golpe, vuelve la prudencia en el equipo económico encabezado nuevamente por el Cr. Danilo Astori, aunque nunca totalmente ajeno a su influencia, fuera él su cabeza visible o no. Se escucha incluso al expresidente Mujica decir que “no conviene tirar manteca al techo”, como si durante los últimos 5 años hubiera sido presidente un político de la oposición. Pero, con la economía enfriándose, este sería quizás un buen momento para realizar una política anticíclica, apelar a reservas y ahorros generados en la época de expansión y de esa manera estimular la economía, en lugar de contraerla reduciendo el gasto. Lástima que ya no es posible, que no hay ahorros y que los aumentos del gasto ya tuvieron lugar en el momento inadecuado.

Ahora habrá que guarecerse bajo el alero y desensillar hasta que aclare. No es una catástrofe, pero ha sido una gran oportunidad perdida y ya no somos dueños de nuestras políticas ni tenemos capacidad de invertir en lo que más importa: la educación, la seguridad y la infraestructura.


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