Raíces
Todas las familias guardan memorias, secretos e historias
Por Carmen Molina Tamacas, especial para Baby ¡Boom!*
"Es igualita al papa", "es idéntica a vos", "son como dos gota de agua", "veo a su abuela en esos ojitos", "tiene la cara de tu papá".
Es interesante, dependiendo con qué miembro de la familia esté, el "parecido" que mi hija tiene ante sus ojos.
Embarazada, cursé mis últimas materias de mi licenciatura en Antropología, aunque me he desempeñado como periodista desde que tenía 19 años. En “Parentesco y estructura social”, después de sumergirnos en los códigos complejos estipulados por Claude Lévi-Strauss, la docente nos asignó una tarea: hacer nuestro árbol genealógico. Fue fácil hacer el mío, ya que he crecido ligada material y emocionalmente a la familia de mi padre y, aunque con menos intensidad, a la de mi madre. Pero todo estaba a la mano: nombres, fechas de nacimiento, líneas parentales, fotos…
Hace casi 5 años, entonces, pensé que lo justo era hacer el árbol genealógico de mi hija que estaba por nacer.
Esa primera etapa fue esbozar, apenas, la puntita del iceberg familiar. Mi hija es la primera nieta de ambas familias, aunque pronto se le acabará el "reinado". Su nacimiento significó una especie de hito, contra todos los pronósticos: sus padres eran las "ovejas negras" de ambos lados, por independientes, fiesteros, viajeros, profesionales…
Durante los años siguientes la búsqueda sería latente, siempre colectando datos, interrogando a los tíos bisabuelos, suplicando por fotos, buscando documentos… No fue hasta que nació y su hermosa tempestad se apaciguara -muchos meses después- que puse manos a la obra.
Ella, el centro de nuestro universo, la suma de todas nuestras fuerzas y sentimientos, como explicó el cosmólogo Carl Sagan, como todos, tiene dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos y un largo etcétera de ancestros.
Durante la pesquisa, tuve acceso a algunos de esos lugares donde las familias guardan sus memorias, secretos e historias. En el caso de la familia de mi padre, el “baúl macabro”, un amargo mueble de madera, de acceso más que prohibido, que según me contaron, fue parte de la pequeña "herencia" que mi abuela recibió después que sus hermanos mayores se repartieron los bienes familiares; por el lado materno, con la ayuda de una tía que recién enviudó y se atrevió a violar un cajón que está a punto de sucumbir ante las polillas.
¿Quién, a los tres años de edad, tiene una foto de su bisabuelo... con la misma edad? Mi hija. Otra de las fotos especiales -ahora digitalizadas para extender su vida- es una de mi padre, muy pequeño, con una expresión de berrinche como que si mi heredera la hubiera calcado.
Entre los documentos se destacan las actas de nacimiento y muerte de una bisabuela paterna, donde estipula su origen étnico en un país racista y la cédula de identidad de otra matriarca de 1941 –vale acotar que durante la guerra civil en El Salvador, la guerrilla quemó decenas de Alcaldías Municipales, por lo que tener documentos originales e incluso copias certificadas es imposible.
Podemos ver el reciclaje eterno de los genes, expresiones e historias que algún día me animaré a contar.
Por ahora, el dibujo pintado con nombres y fotos de siete generaciones de ambas ramas, que nos transporta a nuestros ancestros que vivieron en los inicios del siglo XIX, para ella es el cuadro de los abuelitos que la cuidan en el cielo.
Ojalá le sirva de algo y pueda apreciarlo. Yo he aprendido mucho de mí misma haciéndolo.
* Periodista salvadoreña radicada en Nueva York. Madre de Aleyda, de 3 años, y actualmente embarazada. @ctamacas en Twitter.



















