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09

2012

Un amor que da miedo

Por primera vez tuve temor de viajar en avión. Me invadió la angustia de que algo pasara y hacerle falta a mi hija

Viajar como un peluche mojado por dejar a tu bebé en casa

Por Diego Molinelli, especial para Baby ¡Boom! @dfmolinelli*

La responsabilidad de ser padre te llega casi sin darte cuenta, porque después de todo el entusiasmo del embarazo, las ecografías, la novelería de la ropita, los libros para tratar de saber todo lo que se pueda, los cursos de parto (al que no falté ni una vez), las visitas al médico y todo lo que gira en torno al primer bebé, la ficha cae cuando te hallás entre las cuatro paredes de la habitación del sanatorio, parado al lado de la cuna de ese ser diminuto y pensando para vos: "bueno, ¿y ahora? Esto es para toda la vida. ¿Podré con esto, y mantener el entusiasmo cada día y por siempre?"

Todas esas preguntas las responde la vida, el paso de los días y de los meses.

Porque los padres en los primeros días estamos pintados. El bebe no te registra, con excepción de la voz, esa que escucharon a través de la panza de la madre si le hablaste todo lo que pudiste y le demostraste que lo esperabas con ansias.

Porque para los padres la interacción empieza unas semanas después, independientemente de haber cambiado pañales desde el primer día. Y es que pasadas esas primeras semanas, el bebé -en mi caso una nena- me empezó a devolver sonrisas cuando llegaba de trabajar como diciendo: "Sé que estás ahí". A partir de ese momento todo fue idilio.

¿Qué tiene que ver esto con la responsabilidad del principio? Que así se empiezan a responder las preguntas y a mostrar que uno sí podía con semejante empresa en la que se embarcó, a esa altura, ya casi un año. Ellos mismos te llevan a ser y hacer lo necesario. Si estás bien plantado, el amor incomparable que se siente por un hijo te lleva por el buen camino.

Y con el tiempo te das cuenta de que en cada momento pensás en función de quien te espera, cada día, para hacer de la jornada más complicada algo pasajero.

Así, poco a poco, te vas dando cuenta de cómo aquellas dudas del principio se van disipando, las fichas te siguen cayendo y la responsabilidad se hace carne, incluso en los cuidados de uno mismo.

Más de una vez uno se encuentra diciéndose: "No me puede pasar nada" y, en ocasiones, el miedo a no estar juega una mala pasada.

Creo que los días que más miedo y nervios pasé en mi vida fueron los previos a un viaje a Medellín. Jamás había sentido temor de subirme a un avión, sino todo lo contrario, pero en agosto pasado surgió que debía viajar en pocos días.

Era la primera vez que me subiría a un avión desde el nacimiento de Sofía. En relación a ella, lo primero que pensé fue en los regalos que le podía traer, luego en cómo hacer para estar una semana sin verla, lo que finalmente solucione con la tecnología.

Esos pensamientos así como llegaron se fueron, pero dieron paso a un estado que nunca antes había experimentado. Me invadió una angustia que primero la disfracé diciéndome que era porque la iba a extrañar y después explicándome que, en realidad, lo angustiante era lo que ella me iba a extrañar a mí. Pero al final me di cuenta de que realmente lo que sentía era pánico de que algo me pasara en alguno de los cuatro vuelos que debía abordar (por las escalas en Panamá) y ella no me viera nunca más. No solo que yo no la viera nunca más, sino hacerle falta, algo que yo me había prometido íntimamente que nunca iba a suceder.

Fueron días muy difíciles; realmente estaba angustiado y atento a cualquier señal que me indicara que no debía viajar. Esperaba desde una gripe hasta las palabras mágicas de Sofi: "Papi, no te vayas". Eso hubiera hecho que yo jamás llegara a Carrasco para emprender ese viaje.

Sin embargo, ella nunca puso un obstáculo y hablamos hasta el último día del viaje y de que nos íbamos a "ver por la computadora". ¿Y qué mayor tranquilidad que la de ella para saber que nada malo le iba a pasar al papá?

Así fue que me animé a subir a aquel avión, aunque recién cuando aterrizó en Panamá pude abandonar del todo la angustia y encarar ése viaje como cualquiera anterior.

Hoy es historia y también presente, porque los regalos los sigue disfrutando; entre ellos un Pitufo adorado que ella dice que es colombiano.

 

*Diego Molinelli es periodista de la sección Internacional, padre de Sofía.

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1 Comentario

  • Cecilia G - 12.09.2012 - 10:02 hs

    Un hijo es para toda la vida, e incluso más. Sobre esto que cuentas, leí hace un tiempo un artículo de un padre que al enterarse de que tenía cáncer y dado que su hija era muy pequeña buscó entre sus amigos y familia a aquellos hombres que tuviesen una cualidad suya y que pudiesen ser ejemplo y soporte de esa niña, al mismo tiempo que contarle quién era él. Me pareció una muy buena idea, y algo que tal vez todos deberíamos hacer, ya que nunca sabemos lo que puede pasar. Creo que justamente la llegada de un hijo/a hace que planifiquemos mucho más las cosas a futuro, y una de esas planificaciones incluye el no estar ahí por mucho que nos duela. Muy buena la colaboración! Sigan así Babyboom!!!

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