Basta de recordarme que soy mujer

El director de Fundación Da Vinci se pregunta si hay algo más que se pueda hacer por la equidad de género

Basta de recordarme que soy mujer. Con semejante exhortación comienza el artículo de Daria Axelrod Marmer que publicó en linkedin. Plantea un punto interesante: ciertas formas de promoción de la equidad de género crean estereotipos que perjudican.

¿Está cansando el discurso recurrente sobre la promoción de las mujeres en el trabajo? ¿Cuál es la concentración justa de testosterona y estrógeno por metro cuadrado en las oficinas? ¿Qué tan equitativo es la consolidación de matriarcados en empresas y organizaciones estatales uruguayas donde la rareza parece ser ahora encontrar a un hombre? ¿Será que más allá de ser hombre o mujer estamos hablando de poder, poder y eros como nos gusta investigar a los psicólogos en las organizaciones? ¿Hay algo más que podamos hacer por la equidad de género?

Hay mucho por hacer. Como sociedad debemos emprender acciones de reparación que busquen sanar situaciones crónicas de desplazamiento y discriminación hacia la mujer, y que no vienen de ayer, sino de bastante tiempo atrás. Lo cierto es que no podemos responsabilizar a ninguna persona por su condición de mujer o de hombre, púber o senex, pudiente o pobre, caucásico o afrodescendiente. Responsables sí somos de lo que hacemos.

Parece que el tema del género se ha instalado con fuerza también en el mundillo emprendedor. Existe una oferta variopinto de congresos, charlas, reuniones, fondos internacionales de incentivos y un largo etcétera que convoca a pensar sobre la problemática. Se deben seguir haciendo. Sin embargo, me gustaría también cruzar la variable género con otras como, por ejemplo, la vulnerabilidad socioeconómica. Qué bueno sería que en estos interesantes espacios no solo se derrame, alcance y promocione a las mujeres que pueden asistir y costearse los viáticos, sino también a aquellas que día a día luchan por salir adelante con sus negocios, quizás sin el respaldo suficiente ni de abolengo, ni económico, ni de marketing.

Los Hombres (aclaro que va en el sentido de hombres y mujeres, para los defensores del triste lenguaje inclusivo), nos enamoramos muy fácil de los titulares. Si salimos a preguntar por ahí, con seguridad pocos se opondrán a la idea de alcanzar la equidad de género. El problema no solo se soluciona con dejarse seducir por el mundo de las ideas, sino en resolver cómo las aterrizamos a una realidad concreta. El juego se define en las prácticas que podamos y queramos llevar adelante.

 ¿Qué dinámicas de corresponsabilidad se nos exigen para brindar oportunidades y condiciones equitativas tanto a hombres como a mujeres, por ejemplo, para emprender un negocio o para trabajar? Sin dudas, debemos seguir machacando en las condiciones formales para garantizar los derechos de las mujeres (acá están los congresos, los discursos sensibilizadores e incluso este post). Pero atender solo a esta dimensión no es suficiente.

El desafío está en acompañarla con ciertas condiciones materiales que operativicen el discurso de derechos y valores. En Uruguay existe un reto enorme en lo relacional, porque es allí donde se dan los micromachismos. A modo de ejemplo, gracias a una serie de decisiones que tomamos en el Directorio de la incubadora da Vinci Labs, en un período de 12 meses pasamos de un 5% a un 22% de mujeres en el total de emprendedores incubados. Sueño con el día en que no tengamos que derivar recursos y energías en aumentar este porcentaje e incluso gastar saliva para hablar del tema. Pero llegaremos a esa situación ideal a partir de las acciones que tomemos o dejemos de tomar ya mismo.

Aunque bien sabemos que apostar por cambios culturales es embarcarse en una empresa de largo aliento, los resultados aparecerán si alentamos desde ahora algunas conductas y evitamos estimular otras tantas a través de la aplicación de criterios, de prácticas organizacionales y de orientar decisiones cotidianas que definitivamente no surgirán por generación espontánea, sino por la genuina voluntad transformadora de todos. De todos sí, pero primero y especialmente de quienes toman decisiones críticas y de impacto en las organizaciones. Ellos tienen el poder y, por consiguiente, la responsabilidad de mover esto.

 Sergio Delgado es director de Fundación da Vinci


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