Bauman y la nueva política migratoria argentina

La indignación de la comunidad boliviana por la nueva norma migratoria se debe a que ya no se siente visitante, porque también aporta y juega de local

Por Abdel Padilla

Un acto tan cotidiano como viajar en bus o en tren, puede convertirse en una experiencia que merece contarse si se percibe inquietud entre los viajeros. Por ejemplo, un viaje en hora pico en el primer vagón de la línea "E" del Subte de Buenos Aires, con destino en la estación Plaza de los Virreyes, en Flores. Una línea y un vagón que suelen ser usados por bolivianos, paraguayos y peruanos, que los conectará con un tranvía hacia zonas como Villa Soldati y Villa Lugano, con alta concentración de migrantes.

Los comerciantes eligen el primer vagón porque llevan bultos, que si bien no impiden el paso, provocan miradas de recelo entre los bonaerenses. Pero más allá de la molestia, lo que llama la atención es que esta "toma" del espacio público desconcierta a quienes no están acostumbrados a ello. Se les hace extraño, y lo extraño es impredecible, no controlable. Esto causa ansiedad y a veces incluso miedo. Pero más a menudo simplemente inquietud.

El ejemplo es nuestro. La relación de actitudes y reacciones corresponden a Zygmunt Bauman, el reconocido sociólogo polaco fallecido recientemente, que en su última obra, Extraños llamando a la puerta, analiza "los orígenes, la periferia y el impacto de las actuales olas migratorias".

La paraguaya y boliviana son las dos principales comunidades inmigrantes en Argentina. Hay nietos y hasta bisnietos de bolivianos nacidos en este país y se cree que pasan del millón de personas. La mayoría se dedica a la producción, transporte y comercialización de frutas y verduras. También a la labor textil, el comercio informal, la construcción, y a la actividad académica y profesional, especialmente con médicos y enfermeras, algunos formados en la Argentina.

Bauman afirma que una de las reacciones de los locales o "naturales" frente a los visitantes o "extraños" es la clasificación de ciertos migrantes en pisos inferiores de la escala social, una marca que los distingue del resto y que también los estigmatiza frente a todos. Algo así sucede con la comunidad boliviana, que por su actividad y procedencia, no es ubicada al "nivel" de un migrante europeo, por ejemplo. Aunque tampoco se la asocia a la delincuencia, como sí sucede con otras nacionalidades. Si se pregunta a un argentino medio sobre el "boliviano", la respuesta generalmente es que es "trabajador y honrado", aunque algo tímido y afecto a la fiesta y al alcohol. Pero no, salvo excepciones, ladrón o asesino.

Esto explica la reacción de la comunidad boliviana, y de las representaciones consular y diplomáticas de este país, frente a las modificaciones de la política migratoria argentina, aprobadas vía decreto por Mauricio Macri a fines de enero. Las nuevas disposiciones endurecen los controles de ingreso al país y amplían las causas que permiten la detención y expulsión de migrantes en situación irregular.

La reacción fue de indignación, pero más que por su alcance jurídico (que aún se debate), por las declaraciones de algunos representantes como la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, que afirmó que el 33% de los presos por narcotráfico, entre otros delitos, procede de Perú, Paraguay y Bolivia, y por ello es necesario "ordenar las relaciones" con esos países. "El que tiene antecedentes no entra y el que comete un delito se va", afirmó.

Esta declaración desató la protesta boliviana, sustentada, por otro lado, en las cifras del propio Ministerio de Seguridad argentino, que afirma que el 6% de los presos son migrantes, y de ellos –completa la estadística el cónsul boliviano, Ramiro Tapia–, el 0,7% son bolivianos: alrededor de 190 personas y solo 14 por tráfico de drogas.

Al hacer estas declaraciones, ¿no se corre el riesgo de confundir delincuencia con migración o de avivar el estigma? Para organizaciones como el Centro de Estudios Legales y Sociales, no hay duda de que se ha puesto en la misma bolsa migración y delincuencia. Por si quedaran dudas, el propio embajador argentino en Bolivia, Normando Álvarez, pidió a la ministra Bullrich disculparse.

Aquí volvemos a Bauman, que acuña el término de "securitización", que consiste en "desplazar la preocupación ciudadana de problemas que los gobiernos son incapaces de manejar", especialmente, la inseguridad. Y agrega que "la decisión política de dar seguridad a la gente a costa de los migrantes debe ir acompañado de una demostración pública de fuerza". Es decir, usar a los migrantes como chivo expiatorio.

Algo de ello hubo hace algunas semanas al ponerse en práctica el nuevo sistema de controles migratorios. Tras la inspección a más de mil pasajeros en la terminal de buses de Liniers, Lucy Luna, integrante del Comité de Comerciantes de la Comunidad Boliviana en esta zona, contó al diario La Razón: "Vi policías con chalecos antibalas, escaners, escudos... Justo en ese momento, cerca del mediodía, llegó el bus Potosí, y los policías rodearon a los pasajeros como si estuviese llegando Pablo Escobar..."

El problema –dice Bauman– es que todo esto azuza el estigma, y "roba la autoestima de los migrantes". El estigmatizado se reagrupa y mimetiza, adoptando el acento, las costumbres y los modismos locales. Pero no todos. Hay miles de hijos, nietos y bisnietos de bolivianos nacidos en Argentina que se apropian de su pasado migrante.

Una de ellas es Laura Rivero Chambi, la reina de las 17 morenadas de Buenos Aires, que una vez al año, paraliza con su fraternidad un sector de la 9 de Julio. "Soy nieta de bolivianos e hija de padres argentinos. Siempre me sentí orgullosa de mi origen, de mis abuelos que vinieron de Oruro para buscar una mejor calidad de vida, y que este país maravilloso se los dio. Ya no tengo el acento boliviano pero valoro que el boliviano nunca olvide sus raíces, y no tenga vergüenza en mostrarlo. Es cierto que hay discriminación, aunque cada vez menos. Debemos sacarnos esa idea de que los bolivianos, peruanos o paraguayos vienen a robar laburo, eso no es cierto, la gente viene en busca de nuevas oportunidades".

Esta declaración bien podría haber cerrado el libro de Bauman, que concluye que las fronteras son porosas, y que si bien el mundo es cosmopolita, aún le falta una conciencia cosmopolita. "El desafío es aprender a vivir como una tribu global".

Pero también es cierto que la migración continuará mientras no se equiparen los niveles de bienestar en los países. Al final, la idea es fusionar los horizontes y, mejor aún, tener un horizonte común. No se trata –dice Bauman– de que dos países hablen un lenguaje común, sino que logren, durante el proceso, hablar un lenguaje común como efecto del entendimiento.

La indignación de la comunidad boliviana por la nueva norma migratoria se debe a que ya no se siente visitante, porque también aporta y juega de local. Las autoridades no siempre se percatan que hoy todos somos Argentina, aunque no todos somos argentinos. Y sí, esperamos las disculpas de la señora ministra.

Abdel Padilla es periodista boliviano. Editor de la revista Lo que se calló. Recibió varios galardones dentro y fuera de su país, entre ellos el Premio Rey de España.

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