Bergman perdido en la traducción

Aunque Darín y Rivas se manejan con soltura en el idioma agridulce, ni el guión ni la audiencia les dan el tiempo para explotar los resquicios de drama
El encanto, se sabe, era autobiográfico. No solo porque Ingmar Bergman se hubiese inspirado en varios elementos de su propia vida romántica al crear Escenas de la vida conyugal (1973), sino también porque el público, de forma casi ineludible, podía encontrarse a sí mismo en el texto de ese filme (ver recuadro). Hallar alguna discusión demasiado familiar, una recriminación pensada y nunca dicha o una anécdota de amigos o padres.

La Marianne y el Johan de Bergman, dramáticos, hastiados, eran un matrimonio imperfecto, separado por la infidelidad de él y unidos, empero, por un vínculo que los trasciende. Un lazo tan universal que no precisaba la ambientación de la Suecia de 1970 para comprenderse.

En ese criterio atemporal, ubicuo, un montaje teatral dirigido por Norma Aleandro con adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, llegó a Uruguay, tomando lo universal para nutrirlo de humor y poniendo a Ricardo Darín y Érica Rivas (Relatos Salvajes, Casados con hijos) en el lugar de Juan y Mariana.

En el Auditorio Adela Reta, y hasta el lunes, las Escenas de la vida conyugal de Aleandro marcan una clara diferencia estructural con su antecesora al incluir presentaciones e interludios en los que ambos actores rompen la cuarta pared para explicar o señalar elipsis ante el público. Asimismo, aunque elimina ciertas escenas, algunos diálogos se mantienen casi intactos.

Sin embargo, la distinción mayor se encuentra en la dinámica, en el registro. Incluso cuando Juan y Mariana se dedican los peores improperios o enfrentan sus conflictos de mayor tensión, la ironía y el lenguaje corporal de los actores apunta a despertar la risa, siempre con la respuesta jocosa de un público quizá demasiado identificado.

Aunque Darín y Rivas se manejan con soltura en el idioma agridulce, ni el guión ni la audiencia les dan el tiempo para explotar los resquicios de drama, de devastación, que Bergman había creado con tanta verosimilitud.

El ritmo vertiginoso, demandante, carcajada tras carcajada, lleva a la obra a gravitar en el absurdo y priva a los intérpretes de la oportunidad de darle forma a dos personajes que, aunque evolucionan, parecen pasar de un estereotipo a otro. El esposo parsimonioso y la esposa "histérica"; el divorciado egoísta y la divorciada revanchista.

Quizás el resabio de Bergman, de su película y miniserie, sea el factor distorsionante, el que traza una línea en el público, entre los que saben el drama que esconde la historia y los que se quedan con la risa del momento mientras asienten con la cabeza algo que todo el mundo, en algún momento, vivió con dolor. Pero ahora, el hastío, cansancio y odio sedimentado que cavaba distancias entre Juan y Mariana se diluye, los convierte en una pareja que simplemente divierte (y se divierte) quejándose de ellos mismos, de sus padres, de sus hijos. Así, el amor que sobrevive parece hacerlo más por capricho que por pulsión emotiva, irrefrenable.

Entre risas del público y actores congelados en sus gestos, sin poder hablar hasta que cesen las carcajadas, el drama que urdió Bergman, que definió un mojón en el romance en el cine y la televisión, se ve reducido a su mínima esencia: un matrimonio, un divorcio y escenas de una vida de reencuentros.

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