Bo, flaco, y el homenaje a Jaime Roos ¿para cuándo, viejo?

El reconocimiento tardío, otra costumbre uruguaya

Después de una impresionante trayectoria que lo convirtió en un Gardel sin avión, Alfredo Zitarrosa murió a los 55 años casi sin trabajo, esperando ansioso la llamada de algún productor que le ofreciera cantar por unas cuantas monedas.

Veinticinco años después, una cantidad de estrellas -Serrat, Cabrera- y estrellitas se juntaron para recordarlo en un homenaje que tuvo toda las características de esa justicia que, de tanto tardar, deja de ser justicia.

Porque los uruguayos suelen olvidarse de que los homenajes conviene hacerlos en vida, condición que resulta imprescindible para que el homenajeado se entere del festejo. Los homenejeadores tardíos ya incurrieron en un olvido mayor en el caso de José Carbajal, “El Sabalero”, tal vez el más popular de los músicos uruguayos (popular en el sentido que le daba Atahualpa Yupanqui, quien decía que el artista aspira a ser anónimo, es decir, a que la gente cante sus canciones sin saber siquiera a quién pertenecen. Es así que generaciones de oficinistas y borrachos han entonado “sentados al cordón de la vereda…” sin necesidad de conocer al autor. Miles de latinoamericanos han escuchado “Chiquillada” de boca de gente tan dispar como Jorge Cafrune y Leonardo Favio sin intuir siquiera el apodo de “El sabalero”).

Digo esto para decir que aún se está a tiempo, pero en cualquier momento puede ser tarde, para hacerle un homenaje de esos multitudinarios a Jaime Roos, un artista cuya obra recoge algunos de los mejores “grandes éxitos” de la canción uruguaya de los últimos 40 años. Entre otra cosas, Roos es autor de himnos populares como Cometa de la farola, de delicadezas beatleras como Goodbye y de un montón de murgueses y candombes de esos que casi todos conocen y que se cantan o se bailan cuando se está por terminar la fiesta.

Algunos músicos del under uruguayo celebran a Roos todos los años, sin necesidad de mencionar su nombre, en el evento callejero Peach and Convention que remite a su clasiquísimo Durazno y Convención. Pero es seguro que Jaime se merece un homenaje como ese que tuvo por centro a Zitarrosa y en donde la difusión, y las pantallas que lo transmiten, son gigantes. Tal vez la élite musical no tenga ninguna ganas de emprender la empresa y, probablemente, ni el propio Roos acepte la invitación.

Pero, parafraseando el pedido que le hace el Canario Luna al final de Que el letrista no se olvide, estaría bárbaro que alguien le reclamara a los hacedores de espectáculos al grito poco académico de “Bo, flaco, y el homenaje al Jaime ¿para cuándo, viejo?”. Y entonces, entonces claro.


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