Bochornoso

La tiranía de la lógica cede; el corsé de lo pragmático se afloja, la carga de la existencia se aligera. Es tiempo de celebrar el absurdo, de jugar a que soy feliz. Es verano.
Que el año empiece en verano es un privilegio del hemisferio Sur. Caen las últimas hojas del calendario, brotan las primeras y todo sucede en la tibieza de la brisa con olor a mar. Es tiempo para soltar amarras y partir, ligero de equipaje, en un sueño lúdico y amable.

A mí siempre me han costado las cosas simples, las que no cabe analizar, las que se supone automáticas. Mis vísceras exigen que todo sea complejo, incierto. Enfrento lo muy difícil, si es lo que hay, pero prefiero lo imposible y así librar la batalla con heroísmo y sin esperanzas.

La sinrazón es mi eterna compañera de viaje pero en enero rejuvenece. Veo la imagen que me ofrece el espejo y pienso en esos seres de los que hablaba Borges, los del otro lado del espejo, vencidos y condenados a ser meras imágenes serviles. Pienso: ¿a qué tipo de criatura le habrá tocado, en este momento, reflejarme? Siento el temor y el anhelo de que se rebelen, que los espejos empiecen a diferir de los seres y objetos que tienen delante, que adopten sus propias formas y que esta vez nos venzan.
Ahora mismo, mientras balbuceo con todos los dedos, escucho el rumor del mar que me llama, me necesita. Lo dice la brisa mensajera con una frescura insolente y mis dedos responden "ya voy, ya prácticamente estoy ahí, ya me lleva la ola; voy, ya dije que voy". Sé que la brisa llevará el mensaje y pronto me llevará también a mí. Acá está ahora, conversando conmigo. Sabe que me está demorando pero no le importa, porque a la brisa no le importa nada. Nada más que silbar canciones muy antiguas a dúo con las almas distraídas.

Hasta las reglas del juego son un juego. Quiero prender un cigarrillo y uso fósforos para entretener a la brisa y que me deje pensar en paz. Funciona. Me apaga los fósforos con una risa suave y yo los vuelvo a poner en la caja, para darle más oportunidades a la confusión. Por suerte es verano y cada minuto tiene un montón de segundos.

Ya está. Fumo y escribo. El tiempo, de todas maneras, se amotina, y entonces habito otros veranos. Corro bajo una lluvia torrencial de recuerdos, derrotado por la felicidad. Aprendo a andar en bicicleta en Costa Azul, en una rodado 26, parado en los pedales como única opción. Voy por primera vez a Cabo Polonio, en un carro tirado por un caballo, entre las dunas. Vuelvo al Cabo a los 20, cuando ya existía el francés y sus camiones abiertos a todo rock and roll y la vida era una fiesta inolvidable.

Mis dedos deben obedecer órdenes contradictorias pero trotan sobre las teclas como si lo estuvieran disfrutando. Ellos también cantan con la brisa y tampoco les importa nada más. Que se dibujen los signos en la pantalla, que se impriman y se divulguen por la telaraña virtual, que se lean o se descarten: a mis dedos no les interesa.

Porque es verano y es hora de hacer una pausa existencial y redescubrir las cosas esenciales, como el hielo, uno de los grandes inventos de la humanidad, ese que los gitanos llevaron a Macondo, el episodio que Aureliano Buendía había de recordar muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. Mientras hay hielo hay esperanza y el hielo es lo último que se pierde. Es un asunto de vital importancia.
Y lo otro es la sombra, no puedo dejarlo pasar. Sería muy injusto que alguien que tuviera hielo y sombra se quejara. La sombra se volverá maligna después pero se gana el cielo ahora mismo, cortesía de una mata autóctona cuya nombre se me escapa.

Y por último, el verano tiene una cualidad maravillosa: su brevedad. El verano se acaba y habrá tiempo de sobra para cargar con la pesadumbre del cosmos, con toda la responsabilidad del caso.


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