¡Bonomi delenda est!

Seguridad no es marketing, pero no le vendría mal el cuello blanco y la camisa a rayas

Durante los últimos gobiernos colorados, el ministro del Interior solía acudir a confortar a las víctimas de la delincuencia con expresión de ¡qué barbaridad! Y así, más allá de que los delitos seguían creciendo a buen ritmo, la población sentía que había alguien, de camisa a rayas con cuello blanco, preocupado por la situación. Le importaba, algo estaría haciendo.

El actual ministro del Interior, Robinson Crusoe, está bajo el fuego inclemente de la oposición y sin nadie que lo defienda. Su fuerza política analiza la seguridad a partir del vuelo del colibrí. Y el pajarito no tiene buen rating.

El ministro aplica un plan de seguridad que en grandes líneas tiene dos vertientes: la primera es el combate a la corrupción en la Policía y la profesionalización de sus integrantes. La segunda es la aplicación de tecnología como factor disuasivo y, a la postre, represivo. De ahí la adquisición de sofisticados equipos de intercepción, cámaras de video callejeras y de próxima llegada vigilancia aérea con helicópteros, aviones y drones.

A medida que Uruguay se transforma en un gigantesco Gran Hermano y los delincuentes huyen hacia las desprotegidas zonas ciegas, el mayor avance es el enlentecimiento del crecimiento de las rapiñas. Algo es algo, pero hoy no alcanza. Entre otras cosas aumentan los homicidios, la mayoría producto de ajustes de cuentas entre delincuentes, expresión de un creciente síndrome de violencia gratuita y de nuevas formas de delincuencia derivadas del narcotráfico. A los viejos se agregan problemas nuevos. Son olas grandes, difíciles y peligrosas de surfear.

El hartazgo con la inseguridad se traduce en intolerancia hacia el ministro, que paga impuestos ante cada palabra. La compra de uniformes chinos pegó en aquello de que lo barato sale caro. Un buen consejo – en el enfrentamiento los delincuentes llevan ventaja frente a los ciudadanos comunes– se convirtió en bumerán. Claro, lo formuló al día siguiente de que dos hombres fueran asesinados al defender a personas allegadas. La reacción espontánea ante una situación límite es impredecible.

Pegarle a Eduardo Bonomi rinde. El senador Pedro Bordaberry va a interpelarlo en el Senado y le va a dar con el martillo de Thor. Para el gobierno es difícil colocar en el haber la transformación de la fuerza policial y el desarrollo de un plan maestro que no ha terminado de cuajar.

El ministro ha fallado en transmitir a la opinión pública la misma confianza personal en el objetivo de bajar y controlar los delitos violentos. No es con marketing que se resuelve la seguridad, pero no le vendría mal el cuello blanco y la camisa a rayas.
Su permanencia en el cargo no depende de los resultados actuales sino de la temperatura política. El gobierno tiene tiempo, aunque no parezca, tanto para apostar a la gestión de Bonomi como para plantearse un golpe de timón hacia la mitad de su mandato.

Las voces que exigen la renuncia del ministro pueden caer hoy en el vacío, como la del senador romano Catón, que en el 150 A.C. terminaba invariablemente sus discursos pidiendo la destrucción de Cartago, una capital enemiga de la costa africana en el Mediterráneo.
Cartago delenda est, Cartago delenda est, machacaba. Catón no lo vio, pero Cartago fue arrasada.

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