Brasil: aquellos vientos y estas tempestades

Brasil vive una crisis institucional que comenzó con el derribo de Dilma
Las crisis institucionales no surgen de un día para otro, no caen como un rayo en pleno día soleado de verano.

Se forman lentamente y son la acumulación de muchas causas diversas y de diferente entidad. Para hay algo que debe ser absolutamente claro: cuando se golpea la poliarquía se quiebran las bases de la sustentabilidad democrática y del sólido funcionamiento institucional.

Como telón de fondo, la incapacidad de las elites políticas para entender que las pequeñas ganancias a costa del adversario son a la postre pérdidas totales para el sistema político, para la democracia y para la sociedad en su conjunto. Además, no hay democracia que a la larga resista niveles elevados y generalizados de corrupción. Y mucho menos de corrupción personal.
Los pueblos pueden tolerar en determinados momentos cierto nivel de corrupción política, es decir, cuando los dineros se desvían para financiar el funcionamiento de los partidos, los grupos, las candidaturas y las campañas electorales.
Lo que los pueblos terminan por no tolerar es la corrupción personal, cuando los dineros van a los bolsillos de los gobernantes, sus familias y sus acólitos. La corrupción –tanto la política como la personal– pueden durar tiempos prolongados en años de vacas gordas, pero no resisten la llegada de los años de vacas flacas.

Siempre es más fácil ver la gran vidriera de quien tiene la titularidad del gobierno, que lo que hay en la tienda entera. Así fue que en Brasil, en los últimos años se presentó la existencia de una fenomenal trama de corrupción política y personal desarrollada pura y exclusivamente por el Partido de los Trabajadores.

Se desarrolló un movimiento desestabilizador de la presidenta de la República y se la destituyó en un juicio político que respetó las formas constitucionales pero claramente violó la sustancia, y se la destituye por algo parecido1 a una trasposición de fondos, que hacen todos los gobiernos en todos lados. Se fue más prolijo que con Lugo, cuando no se respetó ni la sustancia ni la forma, ya que no hubo ni acusación, ni derecho de defensa, ni debido proceso2.
A quienes no gusta ideológicamente un gobierno, o personalmente un presidente, no gusta que cuando se los saca de los fundillos se hable de golpes de Estado ni de golpes a la democracia. Como decía el maestro Carlos Vaz Ferreira, no hay que confundir discusiones sobre palabras con discusiones sobre conceptos.
Tampoco, para analizar los procesos políticos y sociales, valen los argumentos leguléyicos. Lo que no cabe duda es que en casos como el de Lugo en Paraguay o el de Dilma Rousseff ha sido fuertemente golpeada la poliarquía. Y la poliarquía es la esencia de la democracia política, y sin democracia política no hay democracia y mucho menos todavía democracia plena (que esta última no la hubo nunca en Brasil ni en Paraguay, ni de paso, en Argentina).

Pero la poliarquía se golpea más aún cuando el sistema judicial para a ser un actor de primera fila y juega para evitar que sea candidato presidencial la figura más carismática que tiene hoy el Brasil, que guste a unos y horrorice a otros, se llama Luiz Inácio Da Silva, más conocido como Lula. Porque -lo que no es nuevo en el último cuarto de siglo- cuando la poliarquía se degrada el sistema judicial es un actor más en ese juego político de degradación.

Es necesario reconocer que aquellos vientos trajeron estas tempestades. Hoy en Brasil está carcomido todo el sistema político, en medio de una gran crisis económica y moral, del mayor descreimiento de la sociedad respecto a todas sus instituciones, empresarios, sindicatos y magistratura incluidos.

Las instituciones en Brasil crujen. Quizás más temprano que tarde las élites políticas comprendan que en este juego no hay ganadores, que en el lago plazo solo hay perdedores.
Parece bastante claro que de una situación de esta naturaleza solo se sale si no se baraja y da de vuelta. Y barajar y dar de vuelta significa ir a elecciones totales, no solo presidenciales, sino de todo el Senado y de todo el Congreso, y eso como mínimo.
Y eso como un correctivo parcial, porque no se tocarían las también cuestionadas estructuras estaduales y municipales. Y eso implica elecciones sin ningún tipo de proscripciones, sin importar lo fundamentado o no de esas proscripciones. No hay salida sin borrón y cuenta nueva.

Y no hay salida sin un gran pacto nacional, de todo el arco político, pero que comprenda además a todos los poderes fácticos del país: los poderosos empresariados de las distintas regiones del país, los grandes medios de comunicación, los sindicatos, los otros sectores con poder de uno u otro tipo.

Brasil cuenta con dos formidables estadistas de estatura internacional: Lula y Fernando Henrique Cardoso (FHC). Cada uno de ellos es arquitecto del gran nivel de desarrollo alcanzado por Brasil y cada uno de ellos es responsable de la formidable crisis institucional del país.
Por comisión o por omisión, no estuvo ninguno de ellos a la altura de su liderazgo y su capacidad de estadista. Hoy tienen la posibilidad de ser quienes se tiendan la mano, tracen las bases del entendimiento para lo que es una especia de refundación institucional de Brasil, y convoquen a ese gran acuerdo nacional.
Lo más probable es que nada de ello ocurra. Entonces lo que habrá son parches, y como se ha visto en otras latitudes, los parches lo que dejan es una muy prolongada transición hacia un futuro que nunca termina de ser construido.

1-Ver "Miré hacia abajo en mi tumba abierta" y Los golpes a la poliarquía, El Observador, abril 17 y setiembre 10 de 2016, en Factum Digital www.factum.uy
2-Ver Paraguay No hay duda: fue un golpe de Estado y Se trata no solo de Paraguay, El Observador, junio 24 y julio 1° de 2012, en Factum Digital www.factum.uy

Acerca del autor