Brasil el día después

Vendrá un duro ajuste; algunos escupirán sangre, en particular los funcionarios públicos; e irán por la cabeza de Lula

Algunos presidentes renunciaron para evitarse un juicio político: Richard Nixon en 1974, Fernando Collor en 1992. Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, prefirió llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. Tal vez fue su momento más glorioso: sola, en el banquillo, frente a un Senado tan heterogéneo como su país, que ya mostraba el pulgar hacia abajo antes de escuchar nada.

Pero al fin su destitución no fue una telenovela de gran impacto popular, capaz de detener el pulso de la nación, como el suicidio de Getulio Vargas en 1954 o la agonía de Tancredo Neves en 1985. Después de 13 años en el gobierno, el Partido de los Trabajadores (PT) cayó sin mayor pena ni gloria. Esa resignación tal vez resulte incomprensible en el Río de la Plata, pero no tanto para quienes conocen la levedad de la política en Brasil. Es el país de la alegría, la sensualidad, la fiesta perpetua, la frivolidad y los papelitos de colores; de los más altos poetas y músicos; del jeitinho que casi todo lo arregla; de la religiosidad popular más amplia imaginable, con sus paes, maes, pastores y charlatanes; de los políticos del coronelato feudal y el abuso; de las tilingas señoras y señores del mal gusto y la exhibición; de las falsas rubias, falsas tetas, falsos ojos de colores; del gimnasio con anabolizantes; de la riqueza indecente y amurallada; de la modernidad, el cosmopolitismo, el desarrollo acelerado y la desigualdad; de las favelas que se extienden como lava ardiente; de la violencia, la delincuencia y la paranoia. Brasil también es un océano de bellezas, mezcolanzas, esperanzas y oportunidades; de la santa resignación y de los hechos asombrosos e imprevisibles. Pero no es, nunca ha sido, el país del juego político amplio, transparente y democrático.

Luiz Inácio Lula da Silva, un antiguo dirigente sindical de izquierdas, empezó el ciclo del PT en 2003 junto a una formidable expansión económica, similar al que vivió el resto de América Latina, que permitió financiar amplios planes sociales. La "era progresista", de la que Brasil fue abanderado, inició su ocaso una década después, con la caída de los precios de las materias primas. Casi nadie había realizado auténticas reformas estructurales exitosas, salvo quizá Bolivia y Chile, que evitaran la asfixia económica. El populismo suele ser el hijo bastardo de la prosperidad. Entonces el péndulo se desplazó hacia una "nueva derecha" que propone el rescate de los fundamentos de la economía, y que a su vez, tarde o temprano, deberá combatir en retirada.

El gran agujero brasileño se escondió con inflación, deuda pública y pedaladas hasta 2014, cuando Dilma logró su reelección. Luego el dinero comenzó a escasear y la producción se hundió. Entonces buena parte de la emergente clase media brasileña, proclive a un consumismo infantil, mordió la mano de su ama.

Un error histórico del PT fue no combatir la corrupción gubernamental, esa eterna lacra de Brasil, sino cabalgar sobre ella y usarla con intenciones de perpetuarse en el poder. El petrolão, el saqueo sistemático de Petrobras para financiar campañas electorales, llevar vidas de lujo y comprar votos en el Congreso, no es una anomalía: es una regla, y para todas las empresas públicas. "Petrobras es la madama más honesta de los cabarés de Brasil", afirmó Sérgio Machado, enjuiciado después de presidir la subsidiaria Transpetro.

Un juez valiente y egocéntrico, Sergio Moro, usando el mecanismo de la "delación premiada", que Brasil tomó de Estados Unidos y de la operación "manos limpias" en Italia en los años 90, acabó con la ley del silencio. Ahora un montón de delincuentes de alto vuelo, destacados miembros de la oligarquía brasileña, desde la izquierda a la derecha, pelean entre sí para delatarse mejor.

El nuevo presidente Michel Temer es un viejo tornillo del establishment político y económico. Deberá conciliar los intereses de su heterogénea base política y enfrentar la oposición sistemática del PT, que depende de la popularidad de Lula (no sería una sorpresa que se lo inhabilite por vía legal).

El equipo económico parece fuerte y respetado. Henrique Meirelles, ministro de Hacienda, ya trabajó con Lula como presidente del Banco Central entre 2003 y 2011 (cambiar de bando sin ponerse colorado es una especialidad brasileña).

La bolsa de San Pablo, un indicador cierto de las expectativas, señala que se avecina una fuerte recuperación. Pero antes hay que arreglar la crisis fiscal. Algunos estados no tienen dinero ni para pagar los sueldos.

Vendrá un duro ajuste. Muchos escupirán sangre, en particular los empleados públicos, que en los últimos años se engrosaron con militantes del PT. La seguridad social (Previdência) es una bomba de tiempo. Es muy probable que se aumente la edad de retiro y se limiten las retribuciones. Se topearán el gasto público, los planes sociales y las partidas para educación y salud. Petrobras y otras empresas venderán activos para pagar sus enormes deudas.

El horno se está calentando.

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