Brasil envuelto en llamas

Un huracán anticorrupción barre Brasil. El costo es alto pero, por fuerza, debería surgir algo mejor
Un día un juez joven y ambicioso tomó a un viejo delincuente por el cuello y le dijo: vas a morirte en la cárcel si no me dices quién es tu jefe.

El viejo delincuente señaló hacia arriba. El juez joven y ambicioso entonces tomó al jefe del viejo delincuente y le dijo: vas a morirte en la cárcel si no me dices quién es tu jefe.

Así, el joven juez siguió y siguió subiendo en la escala del delito, cada vez más alto y sonoro, hasta llegar a la cúspide: prefectos, gobernadores, diputados, senadores, ministros, ex presidentes, capitanes de la industria y del comercio.

Los miembros de la oligarquía brasileña, pusilánimes y en pánico, se grabaron, fotografiaron y delataron entre sí. Rompieron todos los códigos y sociedades, los pactos de sangre, pisotearon las afinidades familiares y políticas, traicionaron a sus amantes. En ese tránsito, Brasil, que al despuntar el siglo era uno de los Brics más promisorios, quedó vestido de gigante tonto.
Esta semana el miasma de la corrupción alcanzó al presidente Michel Temer, quien, como tantos otros antes, parece que trató de detener las investigaciones judiciales. Él llegó al máximo cargo hace un año, al encabezar la rebelión del Congreso y las élites contra la izquierdista Dilma Rousseff, paralizada ante la crisis económica.
Temer ha dicho que no renuncia, pero está tocado y cae envuelto en llamas, como todos los principales líderes del país, de derecha a izquierda. También se estrelló el senador Aécio Neves, ex gobernador de Minas Gerais, gran desafiante de Rousseff en 2014 y carta de triunfo de la centro-derecha.

Si Brasil fue siempre un país corrupto, ¿por qué estas cosas ocurren todas juntas ahora?
Como en otras partes del mundo, la tolerancia social ante la corrupción se está agotando, después de siglos de impunidad y vulgar exhibición de riqueza.

Las antiguas masas paupérrimas e ignorantes han dado unos cuántos pasos hacia la superficie. La creciente clase media se hace oír cada vez más seguido desde la década de 1990, y casi siempre está furiosa.
En segundo lugar, la justicia tiene hoy un mayor grado de independencia y autoestima, tanto como para desafiar a los más poderosos. Sergio Moro, un juez de primera instancia de Curitiba, desconocido en 2014, ha sido el ángel vengador.
Cualquiera sea su motivación, él está cambiando la historia. "Lo que más me llamó la atención ha sido la casi naturalización de la práctica de la corrupción", dijo en noviembre del año pasado. Advirtió que "no existe un hecho o una persona que vaya a salvar al país", aunque el caso "Lava Jato" bien "puede ayudar a mejorar la calidad de la democracia".

La corrupción es un enorme sobrecosto que hace más ineficiente al Estado y que carga la cuenta sobre los ciudadanos. También es antiliberal y oligárquica, pues tiende a perpetuar los privilegios y a obstruir la movilidad social.

La economía brasileña parece lista para dar el salto, después de la recesión más larga de su historia. Pero siempre algo la frustra. Es un gran resorte comprimido, que no se suelta por la descomposición política. La bolsa de San Pablo, un termómetro de esos asuntos, por estos días se parece a un manicomio. Mientras tanto, más de 14 millones de desempleados, el 13,7% de la población activa, pagan el pato.

La brecha entre las esperanzas y la realidad en América Latina sigue siendo tan amplia como siempre. Se vive un tiempo raro, una nueva ola de fracasos y sin guía de salida.

La posibilidad del golpe parece lejana, porque los tiempos son otros y porque Brasil no está en caos. Los golpistas necesitan miedo y excusas.

Puede pasar que no pase nada, que Temer siga como mascarón de proa hasta las elecciones que están a la vuelta de la esquina, en octubre del año que viene. Pero él se desinfla como un muñeco de feria, mientras sus sostenedores huyen.
Es un presidente sin votos y sin gobierno. Puede ser suplantado por algún político o tecnócrata más o menos presentable, que lleve el barco hasta las elecciones nacionales.

Puede ocurrir que el hartazgo de ciertos sectores sociales muy activos: izquierdistas, liberales y derechistas, induzca a los parlamentarios a habilitar "diretas já", con resultados imprevisibles.

Puede ocurrir que el ex presidente Lula, quien tiene varios procesos judiciales en su contra, sea proscripto en las próximas semanas. Él tendría muchas chanches de ganar las elecciones del año que viene a falta de rivales de fuste.

Otra opción, más retorcida aunque no imposible, sería una trenza entre los principales partidos. En abril el diario Folha de São Paulo informó que operadores cercanos a Lula, Temer y Fernando Henrique Cardoso articulaban un pacto por la sobrevivencia política en 2018. Analizaban cómo limitar el "Lava Jato" y evitar que los principales partidos, el PSDB, el PT y el PMDB, "se extingan".

Claro que, como decía Napoleón Bonaparte, los planes de batalla sólo sirven para los primeros 15 minutos de la batalla.

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