Brexit, Cameron, Churchill y los canallas

El nacionalismo puro y duro parece ser el sentimiento que guía a los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE
En un mes y medio, los británicos deberán decidir si se quedan o se van de la Unión Europea. En la papeleta del histórico referéndum que se celebrará el próximo 23 de junio, tendrán solo esas dos opciones, a cara de perro: "Remain" (permanecer) o "Leave" (irse), también conocida como "Brexit", en una suerte de contracción coloquial del idioma inglés, de uso ya recurrente cada vez que un país europeo ha planteado o ha estado cerca de desprenderse de la unión. Y las encuestas revelan –tal vez para sorpresa de quienes no siguen con alguna asiduidad la actualidad británica– que va a estar muy parejo.

El reconocido promedio de encuestas del Reino Unido, NatCen Social Research, ha medido en su último sondeo un exacto 50% de las preferencias para cada opción. Y todo parece indicar que lo que veremos en estas últimas seis semanas será un auténtico final de foto.

El primer ministro, David Cameron, apoya la permanencia de su país en la Unión Europea, y ha advertido de los riesgos de un Brexit para la economía y la política exterior británicas. Del otro lado, el alcalde de Londres, Boris Johnson, que aspira a ocupar la histórica residencia oficial de 10 Downing Street, ha hecho una campaña infatigable en favor de la salida de la gran federación.

Los "euroescépticos", como se conoce a los partidarios del Brexit, esgrimen que la vieja Gran Bretaña ha perdido soberanía, y está ahora sujeta a los designios de Bruselas en varias de sus políticas nacionales, principalmente –y este acaso sea el quid de la cuestión– en las migratorias. Mientras que los impulsores de la permanencia aducen que una salida de la Unión Europea sumiría al Reino Unido en una recesión económica, al perder las preferencias de mercado con sus socios comunitarios, y en la irrelevancia política, al quedar fuera de las grandes decisiones globales que toma la Unión.

Ni una cosa, ni la otra: la autonomía del Reino Unido respecto de las políticas de Bruselas es la mayor entre todos los países miembros. Y las islas británicas tampoco se van a hundir por romper con la Unión Europea. Seguramente podrían instrumentar algún tratado bilateral con el bloque, como el que tiene Suiza, que tampoco forma parte de la UE, o como el de Noruega. Aunque desde el punto de vista geopolítico parece lógico que perdería relevancia.

Pero la sociedad británica está polarizada, los ánimos se crispan en los sets de televisión y las discusiones suben de tono en los diferentes foros donde se debate el tema, al punto de diluir la característica flema británica en un camiseteo de barra brava futbolera.

Los euroescépticos más ilustrados, como el eurodiputado Daniel Hannan y otros, han llegado a esgrimir varias veces que el espíritu de los británicos que hoy quieren romper con Bruselas se inscribe en una tradición anglosajona de enfrentar al poder central, dentro del que Hannan ubica desde la Revolución Americana hasta la Carta Magna, pasando por la Revolución Gloriosa y la Guerra Civil Inglesa del siglo XVII. No deja de ser de recibo la observación, si bien el argumento parece un poco exagerado para el caso específico del Brexit.

Para no hablar del alcalde Johnson, que ha dicho con una solemnidad digna de mejor causa que el 23 de junio de 2016 quedará en la historia como "el Día de la Independencia del Reino Unido".

Otros partidarios de la salida, como el también eurodiputado Nigel Farage, han preferido recurrir impensadamente a la memoria de Sir Winston Churchill, para los ingleses, un héroe. Y Farage ha citado una frase muy socorrida estos días por los euroescépticos, que según ellos demostraría que el prócer de la Segunda Guerra no quería tener nada que ver con Europa. La frase de marras, tal como la citan los euroescépticos fuera de contexto, dice: "Cada vez que Gran Bretaña tenga que decidir entre Europa y el mar abierto, decidirá siempre el mar abierto".

Lo que no dice Farage, ni los demás partidarios del Brexit, es que esa frase Churchill se la gritó exasperado a Charles De Gaulle (con quien tenía una relación de complicadas idas y vueltas) en vísperas del desembarco de Normandía, y a fin de dejarle claro al líder francés que el británico apoyaba la estrategia del entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, y no la suya. Y lo que tampoco dicen los euroescépticos, ni reseñan, son las incontadas veces que el propio Churchill propuso formar un "Estados Unidos de Europa", tales sus propias palabras, y trabajó por una mayor unión del viejo continente en la Europa de posguerra.

Aunque sí es cierto que los británicos, sobre todo los ingleses, siempre han tenido una relación ambivalente con Europa. Y todo el mandato de Margaret Thatcher parece jalonado por ese sentimiento dual hacia la Europa continental.

Pero lo que, en realidad, más parece guiar hoy los deseos y sentires de los partidarios de la salida del Reino Unido es el nacionalismo. Ese nacionalismo populista, decepcionado de la globalización y de la clase política, que cobra fuerza en todo el mundo desarrollado. Ese que impulsa a los votantes de Donald Trump en Estados Unidos o de Marine Le Pen en Francia. Y que en Gran Bretaña se arraiga además en el imaginario de los nostálgicos del viejo imperio.

Ese parece ser el verdadero desencadenante de todo este movimiento en las islas. Y cuando hablamos de nacionalismo, siempre conviene recordar la famosa frase de otro Johnson, también inglés, también londinense como el hoy alcalde, pero no político, sino escritor y pensador: Samuel Johnson, el Doctor Johnson, quien dejó para la historia su máxima irreverente: "El nacionalismo es el último refugio de los canallas".

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