Brexit: la hora de la verdad

Lo que se juega hoy en el Reino Unido es el futuro de Europa y de todo el mundo desarrollado

Momento histórico hoy para los británicos. El futuro está a pocas horas de arribar en el Reino Unido. Irse o no irse de la Unión Europea, to Brexit or not to Brexit; he ahí el dilema.

Las encuestas proyectaron hasta el último día un final de foto para este referéndum. Pero conviene aclarar que esos sondeos no toman en cuenta el porcentaje de indecisos, que supera el 10%. Y en este tipo de plebiscitos, los indecisos suelen volcarse en favor del statu quo; en este caso, por permanecer.

Sin embargo, las encuestadoras británicas le erraron feo en las elecciones del año pasado. Nada está dicho en una decisión donde todo está sobre la mesa.

Mucho se ha hablado de las implicaciones económicas del Brexit. Pero la realidad es que hoy se juega algo más que la economía británica; algo más incluso que el futuro del propio Reino Unido. Lo que se juega hoy es el futuro de Europa, y acaso de todo el mundo desarrollado.

A nadie escapa que la democracia liberal sufre hoy en Europa, como en el período entreguerras, una crisis de confianza. Mucha gente no se siente representada; y hay decepción –y hasta hartazgo– con las élites, con la globalización y con una forma de hacer política de la que se sienten excluidos. Esto siempre ha sido caldo de cultivo para los populistas y demagogos (sean de izquierda o de derecha) como Donald Trump en EEUU y Marine Le Pen en Francia, o Podemos en España y Syriza en Grecia.

Todos estos líderes y movimientos explotan los sentimientos anti-establishment (o "anti casta política"); la conciencia nacionalista y el sentimiento antiinmigrante de la población.

Es en estas corrientes que se inscribe el movimiento por el Brexit, que apela al odio xenófobo, al resentimiento contra la élite de Bruselas y a todos los prejuicios contra las sociedades abiertas.

¿Quiere decir eso que todos sus postulados están errados, o que no son atendibles?

Desde luego que no. La falta de rendición de cuentas de los burócratas de la UE y de otras entidades supranacionales, el escaso control que los ciudadanos pueden ejercer sobre su elección y decisiones, los rezagos que aún deja la globalización, los desaciertos en las políticas migratorias y los vicios cada vez más irritantes de las élites políticas (sobre todo, en tiempos de crisis), son preocupaciones más que razonables, y que merecen atención urgente.

A la democracia liberal y a la burocracia supranacional, que emergieron ambas como una necesidad y contrapeso para garantizar la convivencia internacional en el mundo posguerra, habrá que perfeccionarlas. Pero su solución no pasa por los populismos, ni por demagogos iluminados que vienen a decirnos que hay que tirarlo todo abajo –apelando a nostalgias por un pasado de grandeza nacional– y empezar todo de nuevo.

En América Latina ya tenemos experiencia con estos fenómenos mesiánicos, sean del signo político que sean, que vienen a prometernos el oro y el moro y después nos dejan en la estacada. En Europa incluso los conocieron antes. Un regreso a esos viejos espejismos, con una salida del Reino Unido de la UE –nada menos–— como victoria de inicio, podría resultar catastrófico.

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