Britannia, rule the waves

El poder de los miedos y de los nacionalismos

Londres es una de las ciudades más heterogéneas del mundo, una Torre de Babel con millones de inmigrantes, un alcalde musulmán de origen paquistaní e ingleses en minoría. Pero fuera de la cosmopolita capital del Reino Unido sobrevive una orgullosa conciencia de singularidad nacional y cierta desconfianza en el continente europeo y en los extranjeros. Ellos, pobres, no pueden evitar no ser ingleses.

Desde siempre los británicos se han mantenido con un pie en Europa y otro fuera. Atrincherados en sus islas resistieron, casi solos, a la Francia de Napoleón y a la Alemania de Adolf Hitler. Britons never will be slaves. Han preferido una estrecha alianza militar con Estados Unidos a través del Atlántico Norte. ¿Entonces por qué ahora deberían entregar cuotas sustanciales de soberanía a los burócratas de Bruselas? ¿Por qué deben dar cobijo y seguridad social a cualquier ciudadano de la Unión, a los estafadores del Estado de bienestar que vienen del Este, o asilo a migrantes de Asia, África y América Latina? Ese es el tipo de razonamiento que triunfó en el referéndum del jueves 23. El miedo siempre ha sido un gran estimulante.

La libertad de movimiento y de residencia, la inmigración ilegal, las cuotas de producción y mercados y los subsidios entre países, son los asuntos que más estremecen a los partidarios de romper con la Unión Europea.

Los nacionalismos europeos provocaron dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX. Sesenta millones de muertos después, bajo presión de Estados Unidos y por la convicción de algunos líderes notables, Europa occidental probó la receta inversa: la integración y la interdependencia liberal.

Fue un proceso grandioso y esperanzador. Se inició en 1951 con la Comunidad del Carbón y del Acero entre seis países. Si regía el libre comercio para los dos bienes más competitivos, integrar el resto sería mucho más sencillo. Gran Bretaña trató de incorporarse en los años '60 pero el celoso Charles de Gaulle lo vetó dos veces. Los británicos por fin ingresaron en 1973 y lo refrendaron con el 67% de los sufragios en 1975, cuando el gobierno laborista contó con el respaldo del Partido Conservador, entonces liderado por Margaret Thatcher.

Ahora Gran Bretaña ya no es el centro del mundo como lo fue en la era victoriana. Su economía es más pequeña que la de Alemania e incluso que la de Francia, y supera por poco a la de Italia. Legó la Revolución Industrial, el proceso de cambios más formidable de la historia, y contribuyó decisivamente a la maduración del capitalismo y del sistema democrático; pero ahora la vanguardia la llevan otros. Europa y el mundo pueden arreglárselas sin ellos. Los mercados, que ayer enloquecieron, ya retomarán la senda.

El gran riesgo es el contagio aislacionista. Otros países que están en problemas o enojados, desde Grecia a Francia, podrían llamar a referéndum y optar por la salida. Sería el fin del sueño europeo y el retorno a las emociones nacionalistas, con su secuela de proteccionismo, estancamiento, xenofobia y belicosidad. El mismísimo Reino Unido corre riesgos de perder a Escocia, que en un referéndum en 2014 había optado por mantener la unión.

El euroescepticismo antiliberal recorre Europa. Legiones de burgueses frustrados cuestionan a sus líderes y a las instituciones. La extrema derecha se fortalece en Austria, Alemania, Italia, Francia u Holanda, en tanto los populismos de izquierda campean en Grecia y España. El extremismo nacionalista siempre es reaccionario, aunque se disfrace con ropajes "progresistas".

Juntas, las naciones de Europa occidental crearon un bloque económico tan grande como Estados Unidos y superior a China. La adopción del euro entre 1999 y 2002, que acabó con muchas monedas nacionales, desde el franco al marco, fue todo un símbolo de la fortaleza de este super-Estado que, aun sin los británicos, reúne a 27 países y 440 millones de personas.

Pero todavía está lejos de ser un solo Estado federal: los Estados Unidos de Europa. Tienen demasiadas diferencias y recelos como para haber llegado a una fase tan alta. Su espejo del otro lado del Atlántico, los Estados Unidos de América, recién logró la unidad completa después de haberse hundido en una guerra civil entre 1861 y 1865 para resolver sus contrastes, entre los que la esclavitud era apenas uno.

Bruselas tendrá que aflojar el paso hacia regulaciones cada vez más estrictas, y sus deseos de avanzar hacia una mayor integración política. La burocratización, la ingeniería social y el exceso de intromisiones excitan las emociones nacionalistas que motivaron –y envenenaron– a Europa durante siglos.

La Unión deberá intentar el rescate, al menos en parte, de la mística que la alentó hasta la década de los '90, cuando "cierta idea de Europa" inflamaba los corazones y los sentimientos más generosos.


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