Cacho, el santo que el pueblerío no olvida

Aunque todavía no fue reconocido por la Iglesia, para muchos ya es un santo al que le rezan todos los días

Padre Cacho: fama de santidad

Cada vez que Isidro Molina se siente "bajoneado" al abrir su billetera y ver que adentro solo hay un billete de $100, saca de un bolsillo una pequeña foto y empieza a rezar al hombre que está en la imagen.

"Le hablo y le preguntó qué puedo hacer. Después cierro la billetera y algún vecino viene a pedirme un flete o algo y esos $100 se vuelven $1.000 dentro de la billetera. Quiere decir que él de alguna manera me está ayudando", contó. El hombre de la foto en la billetera es Ruben Isidro Alonso, más conocido como Padre Cacho (1929-1992).

Hace casi 40 años del día en que Cacho decidió mudarse a un rancho en Plácido Ellauri, un barrio marginal cercano a Marconi, para encontrarse con Dios. Posiblemente nunca imaginó que su llegada al barrio no solo iba a permitirle cumplir su rol sacerdotal sino que marcaría un antes y un después para mucha gente del lugar.

Este año la Iglesia Católica lo nombró Siervo de Dios, reconociendo así que murió con "fama de santidad" y por lo tanto corresponde iniciar el camino para declararlo santo formalmente. Si bien el reconocimiento es uno de los más grandes que una persona puede recibir por parte de la Iglesia, para todos aquellos que lo conocieron –y algunos que no- el anuncio llega tarde. Para ellos, Cacho hace tiempo que es santo.

"Fue un ángel que cayó del cielo, sin desmerecer a ningún otro sacerdote".

"Siempre le tuve fe y le sigo teniendo fe. Yo sé que no está vivo pero en el corazón lo tengo vivo", contó Raquel Perdomo, una vecina del barrio que conoció a Cacho. Lo recuerda como el hombre que salvó a su hija enferma y la apadrinó al bautizarla; el que abrió una guardería para que su hija y los demás niños del barrio tuvieran un lugar donde estar y comer; el que le dio un trabajo y le pagó un aguinaldo con el que pudo comprar ropa a todos sus hijos. "No sé cómo pagarle porque él fue muy bueno conmigo", dijo.

Padre Cacho

Según explicó el cardenal Daniel Sturla la "fama de santidad" es una expresión de la Iglesia para categorizar a aquellas personas que con su testimonio "dejan el buen olor de Cristo". "Hay personas que crean alrededor de ellas un ambiente donde se percibe el evangelio vivido, que tienen una atmósfera de presencia de Dios alrededor de ellos. Yo creo que Cacho lo tenía", agregó.

Al igual que Isidro, muchos son los que llevan fotos de Cacho en sus billeteras o se encomiendan a él para pedirle ayuda. Otros guardan recortes de diario de los días en que Cacho participaba de la lucha en defensa de los clasificadores y lo guardan como reliquia.

"Fue un ángel que cayó del cielo, sin desmerecer a ningún otro sacerdote", dijo Norma Antúnez, cooperativista del complejo de viviendas que el Padre Cacho logró concretar en la zona para evitar que más de 20 familias fueran desalojadas de un terreno. "Era como un salvador nuestro".

El Cristo de los carritos

Padre Cacho

Cuando ya estaba enfermo de cáncer de estómago y vivía en un hogar sacerdotal, Cacho dedicó parte de su tiempo a pintar. Una de sus pinturas más conocidas fue el Cristo de los carritos donde se ve a Jesús caminando entre calles de tierra y ranchos arrastrando no una cruz sino un carrito, lejos de la ciudad, de la Iglesia y del resto de la sociedad.

La imagen refleja la concepción que Cacho tenía de Dios y la fe. Pero, para quienes lo conocieron, la pintura también es un retrato de su vida. "Cacho fue el puntapié inicial para que el pobre abriera un poco más los ojos, para que viera que tenían que luchar por la vivienda, la salud, el trabajo, la educación, muchas cosas. Era el alma mater de todo el pueblerío que había en la zona", dijo Isidro.

"Cacho los hizo sentir personas y para personas que no son tratadas como personas, eso es único".

Él es clasificador y conoció a Cacho una tarde en la que fue a parar al merendero donde el sacerdote daba alimento a los vecinos. Fue gracias a Cacho que Isidro pudo comprar su primer carrito tirado por un burro para trabajar. Para Isidro, el mayor logro que tuvo Cacho fue dignificar la tarea de los clasificadores. "La basura es la riqueza de los pobres entonces él nos trataba de defender por eso", explicó.

Por la calle Aparicio Saravia y sus alrededores son pocas las personas que lo conocieron y aún viven ahí. Pero lo que no falta es el recuerdo de aquel hombre que compartió su pobreza y enseñó a pelear por una vida digna. "Algo que me quedó marcado fue que cuando ya tuvimos las casas nos dijo que nos iba a tener que dejar. Nos dijo: 'Ustedes ya hicieron el camino. Ahora tengo que ir a otro lado a hacer lo mismo que hice con ustedes'", contó Norma sin poder evitar llorar.

Para Mercedes Clara, autora del libro Cuando el otro quema dentro, sobre la vida del sacerdote, lo principal de la obra de Cacho no fueron las viviendas o el merendero sino su trato con la gente del barrio. "Cacho los hizo sentir personas y para personas que no son tratadas como personas, eso es único", expresó.

Desde el momento en que llegó se comportó como un vecino más. No usaba sotana ni se mostraba superior. Por el contrario, era un hombre humilde y sencillo que llevaba siempre lo puesto y que en una ocasión hasta le dio sus zapatos a un vecino para que pudiera ir a una entrevista de trabajo. "Él no era el líder que convocaba a las masas sino que era un hombre humilde que atraía por su personalidad de sencillez, de humildad y de servicio", opinó Sturla.

Según Clara, Cacho hizo que los vecinos pudieran "mirarse de una manera nueva" a sí mismos por el simple hecho que había alguien que los miraba y trataba distinto, incluso luego de sufrir episodios de violencia, donde le coparon la casa en la que vivía y hasta lo golpearon. Él seguía creyendo que valía la pena.

Padre Cacho

Su efecto transformador quedó en evidencia el día de su muerte cuando, por iniciativa de los clasificadores, su cuerpo fue velado en el patio de la Parroquia de los Sagrados Corazones y luego trasladado en un carro hasta el cementerio. La respuesta fue la misma cuando, años más tarde, los clasificadores fueron en carritos a buscar la urna con las cenizas de Cacho para llevarla de vuelta a la parroquia. "Diez años habían pasado y a Cacho no lo habían olvidado", contó Julio Romero, autor del libro Un Cacho de Dios

"Qué más milagro querés que de un basural salgan viviendas, que de lo aparentemente muerte dé vida, que personas se transformen, que se descubran personas, que la pobreza no es algo dado sino que es un tema de todos y que tenemos derecho a vivir diferente. Todo eso que van viviendo ellos es el gran milagro de Cacho y podemos buscarle otros si se necesitan para beatificarlo y santificarlo. Pero ese es el milagro más profundo, ese proceso que transitan y que crean algo nuevo, ese nosotros que no existía", agregó Clara.

Larga espera que continúa

En 1998 los vecinos entregaron al entonces arzobispo José Gottardi una carta solicitando que se inicie la causa para la santificación del cura. Sin embargo, no fue sino hasta que Daniel Sturla asumió al obispado que se retomó el pedido y se comenzó a dar los primeros pasos.

Pero hay otras peticiones que también fueron impulsadas por la gente del barrio en su honor y quedaron en el olvido, como nombrar una escuela o una calle con el nombre del sacerdote. "Cacho ya tendría que haber sido santo. ¿Por qué esperar tanto tiempo si la mayoría ya sabían lo que había hecho? Porque la mayoría de los vecinos viejos ya no están, se están reuniendo con él allá arriba (...) Yo espero estar vivo para verlo ser santo", dijo Isidro.

Sturla contó que este mes se instalará un tribunal a cargo de tomar bajo juramento los testimonios de las personas que conocieron a Cacho. Además, una comisión integrada por tres historiadores y dos censores teológicos se encargará de recopilar datos sobre la vida del cura. Si el tribunal concluye que vivió en forma heroica las virtudes cristianas, la información se presenta ante la Santa Sede donde se hace un nuevo estudio para declararlo venerable.

Pero para que sea declarado beato es necesario corroborar que ocurrió un milagro por su intercesión luego de su muerte y para que sea santo se requiere otro milagro ocurrido luego de su beatificación. El largo proceso que queda por delante hace que la causa de Cacho sea cada vez más urgente ya que son pocos los testigos vivos que pueden dar testimonio de su obra, explicó Clara.

"Yo no dudé nunca que Cacho era un Santo. Y cuando hablás con los vecinos, cuando ves el mantelito, la vela, la foto de Cacho, el recorte de diario de la marcha de los carritos y cuando te van contando esas historias, cuando ves que los niños hoy lo conocen porque se ha transmitido de generación en generación, Cacho ya se ha convertido en un mito y es un santo en el barrio desde hace 25 años", agregó.


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