Caja de Pandora

Michel Temer, el nuevo gobernante de Brasil -un oligarca de telenovela- deberá tener éxito rápido o salir corriendo

Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, fue apartada del poder por al menos seis meses acusada de manipular las cuentas públicas. En su lugar asumió el vice, Michel Temer, un oportunista que tendrá que reanimar el país o huir. La economía de Brasil se hunde, en tanto sus habitantes están partidos entre el desconcierto y la indiferencia.

El asunto ha sido tan azaroso como una telenovela y todavía dará muchas vueltas. En la ofensiva contra Dilma y el izquierdista PT ha habido síntomas de misoginia, prejuicios, lucha ideológica, idealismo y justicia, oportunismo, urgencia por acabar con las investigaciones que involucran a demasiados políticos después de décadas y décadas de corrupción generalizada. Un grave pecado de Rousseff, a ojos de muchos de sus adversarios, fue arruinar uno de los procesos de desarrollo económico más promisorios del mundo. El Producto Bruto per cápita de los brasileños cae sin pausa desde 2012. El desempleo aumenta, los salarios se encogen y millones de personas regresan a la pobreza de la que habían salido en la década dorada de inicios del siglo XXI.

Rousseff careció de liderazgo y su popularidad se fue al piso. Es otra víctima de la caída de los precios de las materias primas y del exceso de gasto público sin financiamiento (aunque ni por asomo llevó las cosas a los extremos del chavismo o el kirchnerismo, cuyos líderes actuaron como profetas). El voluntarismo, la demagogia o la buena voluntad no suplen a la economía real.

La crisis también es moral. Buena parte de las elites tradicionales jamás aceptaron ser gobernadas por un don nadie como Luiz Inácio Lula Da Silva, y por su protegida Dilma, y se atragantaron con el ascenso social de las clases bajas. Demasiado pobrerío en los shoppings. En tanto el PT, un partido que se convirtió en poder y moda (era útil y chic pertenecer a él), llenó el Estado con militantes y se corrompió hasta el tuétano, lo que facilitó la caída de su ciudadela.

Todo ocurre en el marco de la operación Lava Jato, una increíble investigación judicial sobre tráfico de influencias y corrupción masiva a partir de dineros de Petrobras y otras empresas públicas, que arrastra a la mayor parte del sistema político, incluido el expresidente Lula y su entorno inmediato, aunque no a Dilma. Petrobras, que llegó a valer más que Microsoft y Apple, ahora acumula proyectos inconclusos y sobrefacturados y bordea la quiebra.

La izquierda latinoamericana ama los caudillos fuertes, el estatismo proteccionista y el puesto público, un camino directo a la corrupción. "El problema es, desde tiempo inmemorial, que los líderes políticos de Brasil solo ven una forma de avanzar: el crecimiento del Estado", dijo Fernando Henrique Cardoso, quien presidió el país entre 1995 y 2002.

Brasil aún padece las peores señas del subdesarrollo: pobreza e ignorancia extensa, desigualdad profunda, corrupción a gran escala y sistema político inestable. "Nunca vamos a tener estabilidad si tenemos desigualdad", dijo en la Universidad de Harvard el empresario Jorge Paulo Lemann, accionista de la cervecera Anheuser-Busch InBev. Él está a salvo: es la persona más rica de Brasil y vive en Suiza.

Lula y el PT fueron muy exitosos en 1992 para provocar la caída del presidente Collor de Mello. Pero abrieron la caja de Pandora: la certeza de que la ingeniería política todo lo puede, hasta la traición y el desamparo, sin apartarse un ápice de la Constitución. El invento ahora se traga a algunos de sus padres fundadores.

El presidente provisorio Michel Temer, de 75 años, reúne mucho de lo que el costado frívolo de Brasil exige: larga figuración, un rostro estirado por las cirugías, una esposa 43 años más joven (a primeira dama perfeita), un entorno de lujo vulgar. Es también un masón metódico, ambicioso y astuto, líder del centrista PMDB, partido poderoso que tiene la bancada parlamentaria más grande del país.

¿Qué ocurrirá en Brasil, donde lo real y lo mágico van de la mano?

Michel Temer, cuya popularidad es cercana a cero, deberá tener éxitos rápidos antes de que su corto crédito acabe: zurcir mayorías parlamentarias, ajustar ingresos y gastos y, sobre todo, retomar el círculo virtuoso de la confianza, la inversión y el crecimiento. Pero si intenta entorpecer las investigaciones del Lava Jato, para poner a salvo a la oligarquía política, puede que Brasil estalle o se convierta definitivamente en un Estado paria.

El PT, que ya era solo una caricatura de sí mismo, tratará de que sus enemigos paguen un alto costo por cada centímetro de terreno. Tal vez, Temer y compañía, mientras se desgastan enderezando el barco, le estén haciendo un gran favor a Lula y Dilma al colocarlos en posición de víctimas.


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