Caos después del caos

Libia pasó del régimen de Gadafi al desgobierno, la crisis humanitaria y el Estado Islámico
El fin de los 41 años de gobierno en Libia del excéntrico dictador Muamar Gadafi, en octubre de 2011, apalancó la crisis social y económica de uno de los países con mayor potencial petrolero del planeta. Sumido desde entonces en una guerra civil, el conflicto armado en un país donde reina el desgobierno, y en el que conviven las milicias armadas y el drama humanitario con grupos terroristas, fue el marco para un cóctel molotov que de momento parece difícil evitar que explote.

A casi cinco años de la recordada imagen del cadáver de Gadafi paseado en andas por calles de la ciudad de Sirte tras ser asesinado por opositores, el país del norte africano sigue estancado en una crisis política que le impide continuar. Las milicias ganaron la calle y generaron un vacío en la seguridad, dejando crecer así, a la sombra de Gadafi, algo más parecido a un Estado fallido que a una nación.

La caída del exdictador fue producto de las revoluciones de 2011 en distintos países de África conocidas como la Primavera Árabe. Pero aunque los rebeldes de aquel momento tomaron el poder y luego en 2012 hubo elecciones libres, es desde entonces que, lejos de avanzar hacia la paz, todo empeoró.

El caos parecía haber tocado techo en octubre de 2013 con el secuestro del primer ministro libio de la época, Alí Zeidan, por parte de exrebeldes que en ese momento el gobierno de transición apenas podía controlar, pero la historia mostró que eso solo sería un anticipo.

Tras años de disputas, en la actualidad en Libia hay dos gobiernos, uno reconocido por las Naciones Unidas (ONU) con sede en la capital Trípoli, ubicada en el oeste, y otro afincado en la zona este, con sede en la ciudad de Al Baida, y liderado por fuerzas leales al comandante Jalifa Haftar.

Según consigna El País de Madrid en distintas notas, Haftar lidera una coalición de veteranos oficiales del Ejército nacional, milicias y tribus, que se niegan a reconocer al gobierno respaldado por la ONU por considerar que no les da la cuota de poder suficiente.

Además, la caída de Gadafi y el caos interno propició la expansión de grupos yihadistas en el territorio, como el Estado Islámico, y alentó el flujo migratorio, un tema que pone presión a Europa por convertirse en una de las principales rutas hacia el viejo continente a través del Mediterráneo.

Oro negro

Libia dispone de las mayores reservas petrolíferas de África, unos 48.000 millones de barriles, pero es uno de los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que menos produce.

La última semana el enfrentamiento por el crudo tuvo un nuevo foco cuando el gobierno que domina en el este tomó cuatro de las principales bases petroleras del noreste que estaban bajo control de la administración liderada por Fayez al Sarraj, la que reconoce la ONU y que tiene base en Trípoli desde marzo de este año.

Estos últimos ataques, además, le ponen freno a los intentos del gobierno de Al Sarraj por reanudar la producción.

En los hechos, Haftar, una figura divisiva en Libia desde la muerte de Gadafi que rechazó distintos intentos de sumarlo a unas Fuerzas Armadas unificadas y superar las divisiones, busca ganar poder.

Pero además de la incapacidad de ese gobierno que cuenta con apoyo internacional de negociar con Haftar, el denominado Gobierno de Unión Nacional también tiene otros problemas en el plano político. Es que el Parlamento, votado en 2014 y también reconocido por las autoridades internacionales, tiene su sede en el este y reconoce al ejecutivo rival.

Drama humanitario

La pelea por el petróleo y el poder también generó un drama humanitario. Durante la celebración del día mundial de la ayuda humanitaria, la ONU advirtió el 18 de agosto pasado sobre los millones de libios y migrantes que son víctimas de la crisis en ese país.

El emisario de las Naciones Unidas para Libia, Martin Kobler, dijo ese día que "más de 2,4 millones de personas en Libia necesitan ayuda humanitaria" por falta de medicamentos y atención sanitaria deficiente, según consignó la agencia AFP. Además hay 300 mil niños que no están escolarizados y 350 mil personas que fueron desplazadas, en un país de 6 millones de habitantes.

Los desplazamientos son seguidos de cerca por Europa, que busca frenar el flujo migratorio que llega desde esa ruta del Mediterráneo.

Un actor más

Por si fuera poco, el Estado Islámico desembarcó desde 2015 en ese país africano y constituye otro punto de tensión. La batalla se centra en la ciudad de Sirte, un punto estratégico ubicado a mitad de camino entre Trípoli y la zona este, y que además está cargado de simbología por ser donde nació y murió Gadafi.

De acuerdo a un informe de AFP la ciudad tenía 120 mil habitantes antes de caer en manos de los yihadistas pero en el último año la mayoría de sus pobladores migró y solo quedan 30 mil personas en la localidad.

Las fuerzas del gobierno reconocido por la ONU intentan recuperar la ciudad desde el 12 de mayo con ayuda de bombardeos de Estados Unidos. Los últimos reportes indican que los yihadistas están a punto de caer pero de todos modos, en Libia, la batalla por el petróleo y el poder todavía tendrá varios capítulos más.

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