Caperucita roja en versión para adultos

Una legión de irrecuperables cuya historia de niños debemos contar completa
Ya que voy a escribir sobre niños empecemos por una historia infantil que comienza así: la niña de caperuza roja va a visitar a su abuela y en determinado momento la abuela la ataca porque, en realidad, era el lobo feroz disfrazado.

No se necesita ser un niño muy avispado para que, si contamos así esa fábula tradicional de la literatura infantil, nos identifique como pésimos contadores de cuentos, incapaces de hilvanar un relato que explique qué cuernos pasó que en vez de la abuela ahí estaba el lobo.

Las historias infantiles -y las historias en general- solo pueden entenderse con claridad si tienen un comienzo, un desarrollo y, eventualmente, un final. Ninguna historia contada por la mitad va a ser cabalmente comprendida.

Pues bien, las cosas más delicadas de la vida, como los niños, se merecen una reseña completa, acorde a su importancia. Sin embargo, nos está pasando desde hace mucho tiempo que los relatos que explican la peripecia de nuestra sociedad en asuntos bien sensibles, son contados sin un orden que respete la cronología de los hechos.

Esto me lo hizo ver con claridad hace tiempo la pediatra Cristina Lustemberg, subsecretaria de Salud Pública. La semana pasada fui a entrevistarla para que pudiera transmitir, con su estilo de pasión desbordante, cómo nos estamos rifando en el relato colectivo partes importantes de nuestra historia como sociedad, lo cual nos lleva a confundir causas con consecuencias y viceversa, y a pasar por alto la columna vertebral que hace de una narración algo comprensible.

Si a un joven de 15 años le va mal en las pruebas Pisa, si muchachos con 16 o 17 años contribuyen a que el 72% de los menores pobres no terminen la secundaria y ubican a Uruguay como el peor en la región en ese indicador, se enciende un debate cuyos aditamentos (malos profesores, pésimos programas de estudio, dificultades en el pasaje de primaria a secundaria, etc) generalmente obvian que detrás de ese drama educativo hay niños y adolescentes con una historia de vida que no comenzó el día que abandonaron el liceo.

Miles de niños que tienen hoy al menos 10 años pertenecen a la generación del 60% nacida en la pobreza

Cuando un adolescente o un joven delinque (la mitad de los 10 mil presos que hay en el país tienen menos de 28 años), el relato que comparte el colectivo abunda en cuestiones policiales, a veces en algunos aspectos de la educación y/o (cada vez menos, ya que se ha tornado algo políticamente incorrecto) en cierta relación del delito con la pobreza, vista ésta en términos materiales.

No abundan las crónicas que permitan saber qué historia hay detrás de ese delincuente que entró a un negocio dispuesto a matar o morir, ni tampoco las hay acerca de cuál es la historia de la víctima para contrastar y tratar de entender por qué dos personas nacidas y criadas en una misma sociedad terminan en roles tan disímiles.

La pereza intelectual, la necesidad de cuentos cortos que respondan a la urgencia de nuestros tiempos, la incapacidad para ver el contexto, se suman a la hora de despreciar las historias completas de los protagonistas de nuestros dramas cotidianos.

Para Lustemberg nada tiene sentido ni miras de solución si no nos concentramos en elaborar un relato cronológico y lo más completo posible de la vida de los uruguayos que protagonizan esos dramas.

Cerebros

Lustemberg reclama que, por favor, atendamos a los estudiantes desertores y a los delincuentes antes de que se conviertan en tales; o sea, cuando nacen. Las políticas de primera infancia son una obsesión para la funcionaria

Por eso muestra a todo el que puede dos fotos de dos cerebros de niños de tres años, uno que creció con sus necesidades satisfechas y otro en la indigencia y la diferencia de tamaño asusta.

"El 80% del cerebro de una persona crece y se consolida en los dos primeros años de vida. El cerebro pesa al nacer un kilo 200 y un kilo 800 entre los 18 y los 20 años; si el 80% crece en los primeros dos años de vida, cuán importante es el afecto y el cuidado en esa época porque de ello dependerán las habilidades socioemocionales, como contener la ira, insertarse en la sociedad, trabajar en equipo, el desarrollo del lenguaje, las habilidades sensoriales", dijo en la entrevista.

La Organización Mundial de la Salud fijó un mínimo "aceptable" de 2,3% de niños con retraso en la talla por falta de alimentos. Hasta hace dos años en Uruguay era el 10% y hoy es el 4%.

Contar las historias desde un comienzo hace que algunos logros que el país tuvo en esta materia se celebren con extremada prudencia: en 10 años la pobreza infantil bajó de 60% a 20%, pero mientras nos alegramos por ese descenso, hay un hecho irreparable: miles de niños que tienen hoy al menos 10 años pertenecen a la generación del 60% nacida en la pobreza. Cada año nacen 50 mil niños en Uruguay. Diez años con aquel espantoso guarismo del 60% arroja como resultado 300 mil niños nacidos en hogares pobres. Y esa máquina no se detiene en un país en el que las madres pobres paren tres veces más que las que no lo son.

Miles de niños que hoy tienen 10, 11, 12, 13, 14, 15 años nacieron en condiciones que pusieron en riesgo su desarrollo emocional, físico, neuronal. Miles ya se le escaparon al sistema educativo, a las madres, a las abuelas, a la ley.

Esta perspectiva invita a mirar la palabra irrecuperable desde otro lugar. No estamos hablando solo de delincuentes o de presos no rehabilitables, sino de niños con neuronas afectadas para siempre.

La inversión en niños se duplicó en diez años, pero aún así es tres veces inferior al gasto en adultos.

Si no alcanzamos a entender la gravedad del problema, si creemos que es parte de un discurso ideologizado que busca justificar una educación que, sí, es defectuosa, si desconfiamos de que sea un intento por amparar a los delincuentes detrás de una triste historia infantil, en vez de actuar con "generosidad", como reclama Lustemberg, hagámoslo al menos con egoísmo y con una visión economicista, y atendamos a la conclusión a la que llegó el premio Nobel de Economía James Heckman tras investigar por décadas a niños carenciados: "Por cada dólar invertido por niño el rendimiento fue entre el 7% y el 10% anual a lo largo de la vida. Es decir, que un dólar invertido en ciudadanos menores de 4 años es un 10% más rentable que invertido en adultos".

No estamos hablando solo de delincuentes o de presos no rehabilitables, sino de niños con neuronas afectadas para siempre.

Luego da gracia, perdón, da pena cuando creemos que los finlandenses son mejores estudiantes porque hacen mejor las pruebas Pisa: son mejores porque hace 60 años decidieron invertir en los niños, o sea, son mejores porque una sociedad que toma esa decisión política es una sociedad mejor que otra que no la toma.

Y mientras sigamos sin tomar las decisiones que hay que tomar, los relatos de nuestra sociedad no tendrán los finales felices de los cuentos infantiles. Mientras sigamos así, al final del cuento, siempre nos comerá el lobo.


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