¿Caros o baratos? El dólar, los consumidores y la exportación

Cerrar los desequilibrios no es una tarea sencilla para el equipo económico

En una economía pequeña, abierta y dolarizada como la uruguaya, el tipo de cambio no es una variable más para introducir en el análisis. El dólar no solo determina la rentabilidad de los negocios de exportación y habilita o no la competencia de la producción local con la del exterior, sino además incide fuertemente sobre el costo de vida –más que en el resto de los países de la región, sin ir más lejos–, mueve la aguja de la confianza de los consumidores, y está más presente de lo habitual en el proceso de formación de expectativas.

El uruguayo tiene una relación problemática con el dólar: lo ve incluso donde el dólar no está. Lo utiliza como unidad de cuenta en operaciones que poco y nada tienen que ver con el mercado externo, como son los negocios inmobiliarios, bienes que se producen con insumos locales y mano de obra local, y que tienen como fin último su utilización dentro de fronteras –¿dónde entra el dólar en todo eso?–. Lo que pasó en 2016 es por demás ilustrativo de la complejidad de analizar la incidencia del tipo de cambio en la economía uruguaya. El año comenzó con un dólar al alza que encontró en marzo su techo un poco por encima de $ 32, y luego emprendió una lenta pero sostenida caída hasta finalizar diciembre cerca de los $ 29.

El dólar y el consumo

Dejemos de lado por ahora el efecto de la baja del dólar sobre el sector exportador y vayamos al consumidor final. En primer lugar, una suba del dólar implica para los uruguayos un mayor poder de compra de bienes y servicios valuados en esa moneda. Además, muchos uruguayos toman las pizarras como un termómetro de la economía a la hora de formar sus expectativas. Por más que los economistas no se cansan de explicar que esta práctica induce a una comprensión parcial y a veces equivocada de la realidad económica, los uruguayos asocian una suba brusca del dólar con momentos complicados y una baja sostenida de la cotización con tiempos de bonanza.

El indicador de confianza de los consumidores que elabora la Cátedra Sura de la Universidad Católica con Equipos Consultores acompañó la evolución del consumo en los últimos tiempos y confirma la relación entre tipo de cambio y percepción de la situación económica.

Conforme el pesimismo fue ganando terreno entre los uruguayos, el gasto se retrajo en 2015. En el primer trimestre del año pasado, el gasto final de los uruguayos seguía congelado a pesar de que los ingresos –y en particular, los salarios– siguieron creciendo junto con el crédito.

La recuperación de la confianza asociada a un dólar más débil en el mercado local permitió revertir esa tendencia. En el último trimestre de 2016 el consumo recuperaba su dinamismo y crecía a una tasa de 1,3%, dejando atrás el escenario de estancamiento de comienzo del año.

Un escenario excepcional

Pero podría haber pasado que los consumidores, ante una caída en dólares de los precios de los productos del exterior, sustituyeran consumo local por compras de bienes y servicios importados, y el crecimiento de la actividad se viera diluido. Sin embargo, no fue ese el escenario: las importaciones cayeron en 2016.

Para entender mejor lo sucedido, hay que mirar lo que pasó con el dólar y los precios no solo en Uruguay sino también en los principales socios comerciales. En términos reales, el dólar se abarató en Uruguay durante el último año, pero lo hizo de forma más pronunciada en Argentina y Brasil, que se encuentran en el top tres de los socios comerciales del país.

Según el indicador de tipo de cambio real de El Observador, en el promedio del año pasado la competitividad en precios mejoró 3% respecto a Brasil y 18% en comparación con Argentina, mientras que empeoró 2% respecto al resto del mundo.

Mientras que la región se encarece para los uruguayos, el resto del mundo se abarata. Los consumidores tienen la percepción de que la baja del dólar les permite comprar más y al mismo tiempo, les da seguridad y confianza. Y esa mejora, si bien complica a los sectores que compiten con los países de extrarregión, no afecta actividades como el turismo, que por el contrario se ha beneficiado de la mayor baja del dólar que tuvieron Argentina y Brasil.

Perspectivas

Este escenario, que parece haber dejado un saldo favorable en 2016, genera ciertas vulnerabilidades de cara a este año. En primer lugar, con una expectativa de inminente suba del dólar, el crecimiento del consumo de los uruguayos deberá sostenerse en algo más que en un cambio de expectativas. De hecho, de suceder algún evento inesperado en los mercados globales que haga disparar el dólar de manera brusca, podría peligrar la recuperación de la confianza.

Por otra parte, el atraso cambiario de Uruguay respecto a los países fuera de la región castiga a los sectores que dependen de estos mercados y enmascara su efecto negativo para la economía en su conjunto con una mejora de las condiciones de precios respecto a la región. Esto es, para evitar el daño, Uruguay depende de que los países vecinos –dos economías inestables y en recesión, con grandes problemas en la consistencia de su política económica– mantengan sus desequilibrios.

Una devaluación brusca en Argentina o Brasil no entra en el escenario más probable, pero difícilmente un economista se anime a afirmar que está más allá del horizonte de lo posible. Los números muestran que Uruguay está caro. No tanto como el resto de la región, pero lo está; y eso compromete a los sectores exportadores. Pero cerrar los desequilibrios no será una tarea sencilla porque la política económica deberá velar porque esa corrección se dé sin dañar la incipiente recuperación del consumo doméstico. l


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