Castrismo en su máxima pureza

Cuba prohibió el ingreso al país de secretario general de la OEA, Luis Almagro, alegando que estaba involucrado en presuntas "acciones anticubanas".

El castrismo no puede con su genio dictatorial. Pese a que necesita buena voluntad externa para salir de la recesión del año pasado y otras pesadillas económicas, acaba de contribuir a hipotecarla al negarle el ingreso a Cuba a tres personalidades internacionales. El uruguayo Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el expresidente mexicano Felipe Calderón y la exministra de la alianza socialista chilena Mariana Aylwin estaban entre los invitados a un acto de una organización disidente. Pero a los tres el régimen castrista les prohibió entrar al país, alegando que estaban involucrados en presuntas “acciones anticubanas”.

Sus asientos permanecieron vacíos durante el acto, que se realizó con asistencia de una veintena de invitados extranjeros. Subraya la ridícula incongruencia de la decisión cubana que los participantes incluyeron representantes de gobiernos que, a diferencia del de Chile, no tienen afinidad alguna con la dictadura comunista, como Estados Unidos, Suecia y la República Checa. Aylwin, hija del primer presidente de la coalición de izquierda en la era pos Pinochet, comentó que “da pena” que se reprima un acto pacífico, en tanto Calderón calificó lo ocurrido como “muy tonto”. El gobierno chileno reaccionó con firmeza y llamó a Santiago a su embajador en La Habana. Calderón acertó, además, en las consecuencias de la medida castrista al señalar que “hace añicos” la esperanza de alguna atenuación de la rigidez dictatorial después que Raúl Castro sucedió en la presidencia a su hermano Fidel.

Lo sucedido con Almagro es de historieta. Primero, el consulado cubano en Washington se negó a visar su pasaporte como jefe de la OEA. Y cuando intentó viajar con su pasaporte uruguayo, que no requiere visa, también le comunicaron que no lo dejaban entrar a la isla. La excusa fue que su visita constituía una misteriosa “provocación inaceptable”. El diplomático uruguayo fue sólido defensor de Cuba y Venezuela durante su período como canciller en la administración Mujica. Pero desde que asumió en la OEA cambió a defensor de la democracia y severo censor del castrismo y el chavismo.

El descrédito generado por el desplante cubano en nada ayudará a que el país salga de las angustias económicas que lo ahogan. Por primera vez en 21 años cayó en recesión en 2016, cuando el Producto Interno Bruto tuvo un resultado negativo de 0,9%. Lo causó principalmente la reducción de un 40% del petróleo que Venezuela, destartalada bajo el chavismo, le enviaba casi de regalo. Incidió además la caída de producción de azúcar y níquel, paralelamente a una baja de los precios internacionales de ambos productos. El gobierno volvió a caer en la ingenuidad de culpar también al embargo de Estados Unidos por los males de su propia manufactura, pese a que el año pasado Barack Obama lo alivió hasta donde pudo. Dado que se anticipa que su sucesor, Donald Trump, volverá a endurecerlo, las perspectivas económicas de Cuba se ensombrecen aún más. En esta situación, cualquier gobierno responsable procuraría llevarse lo mejor posible con todos para abrir mercados y atraer inversiones. Pero la responsabilidad de buscar el bienestar de una población empobrecida es secundaria en Cuba al anacronismo de mantener en su máxima pureza la rígida represión castrista a toda forma de libertad, como acaba de confirmarlo el caso de Almagro, Calderón y Aylwin.


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El Observador

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