Caudillismo y partidos políticos

Los electores aguardan del caudillismo de izquierda lo mismo que esperaban en el siglo XIX: atención, protección, cuidado
* Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República / adolfogarce@gmail.com

Hace dos semanas que vengo escribiendo sobre los partidos fundacionales. Corriendo el riesgo de cometer injusticias y de ofrecer blancos débiles, para favorecer el debate sobre sus respectivas identidades he dicho –sintetizando al máximo la esencia de ambas "divisas"– que los blancos han sido el partido de la oposición y la libertad, y los colorados el del Estado y la igualdad. Quisiera, hoy, insistir en un rasgo común a ambos, sin el cual es imposible comprender tanto la fortaleza de la democracia uruguaya como algunos de sus problemas: el origen caudillista. Este rasgo, mutatis mutandis, ha permeado sobre el Frente Amplio.

Ningún rasgo de ambos partidos fundacionales me parece más importante que su origen caudillista. Nuestros partidos no se constituyeron, como en otros países, en torno a las élites parlamentarias, elegantes e ilustradas, sino en torno al puñado de líderes militares que protagonizaron la fase final de nuestras guerras de independencia. Nacieron de ese lazo profundo, emotivo pero también funcional, entre los caudillos y la gente, ofreciendo una versión criolla de la vieja fórmula, medieval y hobbesiana a la vez, de "obediencia a cambio de protección". Esta configuración inicial –arraigo popular, "legitimación retributiva" al decir de Carlos Real de Azúa– los acompañó siempre. Cuando se la tiene presente es más fácil entender todo: el clientelismo, la formación del Estado de bienestar en Uruguay, la insólita persistencia de las lealtades políticas, en última instancia, la vitalidad de nuestra democracia.

Los "doctores", antes y después de la recordada batalla de Carpintería en la que, según la leyenda, se enfrentaron por primera vez las "divisas", hicieron todo lo posible por evitar este desenlace al menos por dos grandes razones. La primera de ellas era de carácter teórico, doctrinario. La formación de partidos era vista en esa época, en todas partes, como un problema. Los partidos, pese a las tempranas distinciones de David Hume (entre basados en "principios", "intereses" y "afectos") y los no menos precoces esfuerzos de Edmund Burke, eran vistos generalmente como "facciones" que dividían el cuerpo político en vez de unirlo. La segunda razón del malestar del estamento "doctoral" era de carácter concreto: nuestros partidos se estaban conformando en torno a lealtades personales anudadas por los caudillos, a fuerza de carisma y redistribución de bienes, y no –como hubieran preferido– sobre principios o doctrinas. Ni la exclusión de los militares del Parlamento en la Constitución de 1830, ni la expulsión de Fructuoso Rivera por los "doctores" de la Defensa, ni la "política de fusión" después de la Guerra Grande, por citar los tres ejemplos más conocidos, pudieron, afortunadamente, desarraigar el caudillismo.

No es que los "doctores" no tuvieran una parte de razón. No hace falta suscribir cada renglón de ese tremendo alegato plasmado por Sarmiento en Facundo para comprender que el caudillismo tenía, para decirlo al borde del eufemismo, dimensiones problemáticas. La búsqueda del poder por el poder mismo. La violencia, incluso la más despiadada, incorporada, naturalizada, reproducida. Las instituciones políticas y las normas jurídicas, eludidas o convertidas en instrumentos de la lucha por la hegemonía. Agréguese a esta breve lista que, como resultará obvio, al desprecio sistemático y a los sucesivos intentos de exclusión de los "doctores", le pagaron sin piedad, durante mucho tiempo, con la misma moneda. Habrá, a lo largo de estos 180 años, encuentros y desencuentros. Pero la marca del conflicto inaugural persistió y, como el caudillismo inicial, terminó siendo un rasgo general del sistema de partidos moderno. Este asunto merece un párrafo aparte.

Cuando, a fines de los noventa, fue quedando claro que el Frente Amplio estaba viviendo un proceso de "tradicionalización", se inventó una nueva etiqueta para hacer referencia al Partido Colorado y al Partido Nacional. Comenzó a hablarse de partidos fundacionales. La etiqueta está bien puesta. Los viejos partidos no solo construyeron, desde los cimientos, las estructuras del Estado, la identidad nacional y la democracia. Además, sus rasgos fundacionales terminaron siendo patrimonio, para bien y para mal, de todo el sistema político hasta el día de hoy. La izquierda que nació denunciando el vínculo emocional e instrumental entre los caudillos blancos y colorados y sus secuentes, que repetía, por tanto, sistemáticamente las viejas críticas de los "doctores", se fue volviendo mucho más caudillista de lo que el más imaginativo de nuestros ensayistas hubiera podido suponer hace 50 años. La izquierda uruguaya, que nació doctrinaria y principista, se volvió pragmática y particularista. Tiene caudillos, como los viejos partidos fundacionales. Entre estos caudillos y sus electores hay un vínculo emocional: el FA, como dijera perfectamente Jaime Yaffé hace tiempo, se volvió la "tercera divisa", con sus mártires, su epopeya y sus canciones. Pero, el vínculo con los electores se completa con una versión actualizada de la vieja legitimidad retributiva. Los electores aguardan del caudillismo de izquierda lo mismo que esperaban en el siglo XIX: atención, protección, cuidado. Y están dispuestos a ofrecer, a cambio, la misma lealtad.

Dicho sea de paso, y para concluir: no es casualidad, entonces, que también esta curiosa izquierda que, entrado el siglo XXI repite pautas caudillistas del siglo XIX, tenga conflictos con sus propios "doctores".

Acerca del autor