Cerca del abismo

ruguay tiene la oportunidad de ser un oasis ético de paz y convivencia pacífica
Al comenzar el siglo XX Occidente vivía un optimismo derivado de la ausencia de guerras y el crecimiento económico que se vio drásticamente interrumpido cuando un asesinato en Serbia desencadenó la primera guerra mundial a la que siguió la segunda, dos masacres de proporciones mayúsculas acompañadas de dos shocks culturales: el genocidio armenio y judío y el lanzamiento de dos bombas atómicas.

La generación de la posguerra se lanzó a luchar por la paz. El lugar del militar quedaba ironizando en el sargento Pepper, los hippies californianos frenaban la guerra de Vietnam. Otra era debía empezar.

En la contracultura emergente, se tomaba la antorcha del pacifismo del premio nobel Bertrand Russell y así un joven Bob Dylan se preguntaba cuántas veces debían volar las balas de los cañones antes de que fueran prohibidas para siempre. Era la primera generación que tras Hiroshima se daba cuenta que la propia supervivencia de la especie era lo que estaba en juego. El rock se convertía en la ideología que irrumpía entre el capitalismo y el comunismo que había puesto al mundo al borde de una guerra nuclear con la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

También en 1962 Rachel Carson había publicado uno de los libros que más influencia sigue ejerciendo en el presente, La primavera silenciosa, en la que advertía sobre los devastadores efectos que tenía el deterioro del ambiente en las zonas agrícolas. El sonido de las aves y las abejas ya no se escuchaba en las primaveras.

En setiembre de 1972 la banda británica Yes publicó su quinto álbum, Cerca del abismo, Close to the Edge, en su título original. El pacifismo y el ecologismo o la destrucción.

Tras la segunda guerra mundial, la escalada belicista de la guerra fría alimentaba la rebeldía de los jóvenes cuyos padres habían tenido que luchar en la segunda guerra mundial.

Proponían un cambio radical de rumbo. Volver a la naturaleza, ponerse flores en el pelo, hacer el amor y frenar la guerra. Las universidades de California, Londres, París y Ámsterdam proponían una renovación cultural que tenía entre sus íconos al pacifismo de John Lennon, mientras las rebeldías de muchos jóvenes latinoamericanas tomaban como referente al pelado Lenin o al guerrero Ernesto Guevara.

El disco Close to the Edge simbolizaba las inquietudes de esos jóvenes. La tapa del disco era un simple degradé desde el verde hacia el negro y en su interior, su maravillosa y épica música arrasaba con el formato de canciones de 3 minutos esclavo de las tandas de las radios.

La obra que da nombre al disco tenía 18 minutos de duración y nos advertía que el abismo de la humanidad no estaba lejos "allí a la vuelta de la esquina, allí abajo, en el río". Y aunque la humanidad no lo deseara, se veía arrastrada rumbo a ese colapso. "Me levanto, me caigo, me levanto, me caigo" cantaba con desesperación hasta un final presumiblemente apocalíptico expresado por un conmovedor solo de órgano de iglesia.

En un tono más áspero y directo Pink Floyd publicaba en 1979 otro disco épico, largo y complejo, denunciando los muros. Los que están instalados entre docentes y estudiantes, los que están instalados por la política entendida como un ejercicio de "divide y reinarás", los que separan culturas incapaces del diálogo y la mutua aceptación.

El péndulo de la historia se movió del pesimismo al optimismo en los años de 1990. Caído el muro de Berlín, la humanidad tuvo un período breve de ilusión y esperanza. Palestinos e israelíes celebraban el acuerdo de Oslo, el fin de la historia estaba cerca: la democracia era la solución definitiva a los problemas humanos. Pero eso fue apenas una ilusión. Hace 20 años, en 1996 el pensador Samuel Huntington nos advertía de un choque de civilizaciones cuyos cimbronazos amenazaban a la globalización en su conjunto.

Un año antes los fundamentalistas habían asesinado a Isaac Rabin, los acuerdos de Oslo naufragaban y el espiral de violencia se empezaba a desatar. Y al empezar este siglo, en setiembre de 2001 el atentado de las torres gemelas nos advirtió la pesadilla que se venía: las invasiones a Afganistán e Irak, el crecimiento del terrorismo y el fundamentalismo y el espiral que ha venido sin pausa hasta el presente.

Trump ha anunciado que mudará la embajada de EEUU en Israel desde Tel Aviv a Jerusalén y que no respaldará una solución que incluya a un estado palestino, al tiempo que amenaza no cumplir los acuerdos internacionales para combatir el calentamiento global. Además ha anunciado muros.

Lo único cierto es que viviremos en la incerteza. El mundo sigue con una lógica de daño ambiental y política cada vez más grave, con un clima que se enloquece, con un regreso a una posible guerra fría. La Unión Europea, ejemplo de globalización virtuoso, se ha quebrado, la paz en Colombia ha sido rechazada, Vladímir Putin desde Rusia mantiene invadida a Ucrania y lleva adelante bombardeos indiscriminados en Siria y mientras agrupa soldados y armas en la frontera con Europa. India y Pakistán al borde de una guerra sin freno, tratándose de dos potencias nucleares. Y ahora un presidente en EEUU que ha ganado proponiendo un muro. Las advertencias de Yes y de Pink Floyd, de Bob Dylan, y tantos otros, han sido desoídas.

Un mundo cada vez más chocante y fanatizado, y con un clima que se va descontrolando.
Uruguay tiene la oportunidad, y sobre todo el deber ético, de ser un oasis de paz y convivencia pacífica, de amor a la naturaleza, de diálogo, de inclusión de razas y culturas. Un mundo cada vez más loco precisará cada vez más de las islas de racionalidad, apertura, inclusión, que tienen un archipiélago de civilización en los países del norte de Europa y en Oceanía.

Debemos medir la huella de carbono con precisión, seguir trabajando en misiones de paz, restaurar la biodiversidad, sustituir el plástico por materiales compostables, ser un imán para el turismo de gente culta y razonable del mundo. Ser el ejemplo que mucha gente no encuentra más en casi ningún lugar del mundo.

Putin, Erdogan, Trump, el terrorismo islámico parecen empujarnos hacia un abismo de autoritarismo y guerra. Seamos el pequeño ejemplo y el lugar que nuclee a aquellos ciudadanos del mundo que añoran una lógica alternativa. Con la caída del muro de Berlín el péndulo de la historia se movió hacia la paz; hoy se mueve hacia la confrontación. Quién sabe cuándo volverá el momento de que la dirección vuelva a ser de esperanza para las generaciones que vendrán.

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