¡Chocolate por la noticia!

Un recorrido por la historia mágica de un producto que sedujo al hombre a lo largo de la historia

Es sabido desde hace unos cuantos siglos que el chocolate es un alimento creador de adicciones casi irresistibles. Como la que padeció (en realidad disfrutó) el emperador azteca Moctezuma, quien mandaba preparar diariamente para su consumo personal 50 tazas de xocoatl, el brebaje (en ese entonces áspero, amargo y picante) preparado por los mexicas con los granos de cacao que los mayas les habían enseñado a utilizar mucho tiempo antes del Encuentro de Dos Mundos (mal llamado Descubrimiento de América).

Pero el principal culpable de que el chocolate ganara fervientes adictos en Europa, primero en las casas reales y de los nobles y bastante más tarde entre la gente de a pié y en el resto del mundo, fue precisamente el victimario de Moctezuma, el conquistador español Hernán Cortés.

Uno de los primeros obsequios que Cortés le envió allá por 1520 al emperador Carlos V (o Carlos I de España), junto con bellísimas esmeraldas de gran tamaño, fueron bayas de cacao, acompañadas a su vez por instrucciones para hacer chocolate con ellas.

Asimismo, el controvertido conquistador –que no era ningún tonto- indicó al emperador español que una sola taza de esa bebida (que la aristocracia azteca hacía elaborar a sus sirvientes con cacao molido, agua, miel silvestre o jugo dulce de arce para reducir el amargor, vainilla y chile) daba a los soldados las fuerzas suficientes para un día entero de marcha. “El cacao es una de las cosas más valiosas halladas en el imperio mexicano”, subrayó Cortés.

Según dicen algunos, los jesuitas que acompañaban a Cortés fueron los primeros en adecuar el chocolate al gusto europeo y lo hicieron quitándole el picante y la miel, dejándole la vainilla y agregándole azúcar. Otros afirman que quienes hicieron eso a mediados del siglo XVI fueron los cocineros españoles de Carlos V.

La cuestión es que en el siglo XVII, Ana de Austria, la esposa española de Luis XIII, llevó el chocolate a la corte de Francia, donde se puso de moda. Después fue un éxito en la corte austriaca. Con sucesivas mejoras en su composición, de su transformación de líquido en sólido y la ampliación de su uso (en Holanda, Francia, Bélgica, Italia, Inglaterra, Alemania, Suiza, etcétera) desde principios del siglo XVIII el chocolate pasó poco a poco a los salones burgueses y de allí a sectores más populares de la sociedad.

Aunque desde que se popularizó se hizo adictivo para muchos y se le consideró no sólo delicioso sino también energético, estimulante (incluso afrodisíaco) y antidepresivo tuvo antes y tiene ahora también sus detractores, sobre todo entre los fanáticos de las dietas.

Pero gracias a serias investigaciones científicas, como algunas publicadas por la revista de la American Heart Association, están confirmados sus efectos benéficos, que llegan hasta el mejoramiento de la capacidad cognoscitiva de los ancianos.

Menos mal, porque así tenemos la excusa para reprimir todo sentimiento de culpa cuando comernos una buena tableta de un no menos buen chocolate (si fuera belga sería el máximo) y por ser casi tan adictos como Moctezuma.

Por otra parte, a pesar de la fama algo pecaminosa de este “alimento de los dioses”, que para unos cuantos es algo así como el símbolo de la seducción maliciosa, hay religiones que lo utilizan en varios de sus festejos. Ahí tenemos, por ejemplo, los huevos o los conejitos de Pascua de chocolate, tan populares en el mundo occidental cristiano o las moneditas de chocolate que se regalan a los niños en la tradicional fiesta judía de Hanukkah.

Y este precioso y mágico cacao que los mayas y aztecas regalaron al mundo tiene desde hace tiempo tanta demanda global que empresarios europeos tienen ahora los mayores cultivos de esta planta americana en África. Costa de Marfil y Ghana son los principales exportadores del mundo.

 Es que el chocolate, como dice el gran cocinero francés Alain Ducasse, “es capaz de grandes cosas: de los postres más simples, como una tarta de chocolate tan intensa como suave, una crema helada o incluso una taza de chocolate caliente para acompañar unbrioche tibio, a las creaciones más refinadas, dignas de las mesas más prestigiosas”. Y en invierno, agrego yo, un reconfortante chocolate con churros.


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