¡Choque esa mano!

Una ventanilla abierta, aun con sus riesgos, derriba muchas más barreras que ventanillas cerradas

La hora 21.45 de un domingo cualquiera de este verano. Estoy en la perimetral Wilson Ferreira Aldunate y quiero doblar a la izquierda en la intersección de camino Mendoza. Hay que detenerse en el semáforo correspondiente y, salvo que uno tenga mucha suerte, esperar un rato que aparezca la luz verde que habilita el giro. Soy el primero en la fila para doblar y se me acercan dos muchachos fornidos a ofrecerme sus servicios de limpiavidrios. Momento inoportuno. Acabo de limpiar el parabrisas en el semáforo anterior y además no tengo cambio ni para pagar el servicio de limpieza ni para dar una “ayudita”, que es la alternativa usual cuando uno no quiere o no tiene tiempo de limpiar el parabrisas.  

Lo único que se me ocurre es bajar la ventanilla por completo y advertirles a mis interlocutores que no tengo cambio para pagar ni para ayudar. Para mi sorpresa, se acerca el primero y me dice: “No se preocupe amigo, deme una mano y me basta”. Se la doy y se aleja. Se acerca el otro y me pide otro apretón de manos. Se lo doy y, para mi sorpresa, me dice: “No sabe usted cuánto más importante es el apretón de manos que el dinero que pueda darnos. Lo valoro mucho”. En ese momento, cambia el semáforo y tengo que avanzar, dejando de lado a los muchachos.

Medio aturdido por la escena, y ya en camino, me puse a reflexionar sobre el hecho. Sin duda, estos dos muchachos estuvieron ahí toda la tarde tratando de hacerse unos pesos. No sé qué circunstancias habrán atravesado ni qué suerte habrán tenido en su tarea, ni si habrán tenido algún incidente con otro automovilista. Pero nunca me había ocurrido que alguien en esas circunstancias laborales y económicas me dijera que valoraba más un apretón de manos que el pago del servicio de limpieza o la ayudita. Sí encontré muchos cuidacoches o limpiavidrios que, ante el argumento sincero de la falta de efectivo, me dijeran “no se preocupe” o “vaya tranquilo”. 

Pero en este caso, no era “ir tranquilo”. Era como que tenían una satisfacción especial, como que valoraban especialmente un gesto que ellos me pidieron y que a mí no me costaba nada darlo. ¿O sí me costaba? ¿O valoraban que casi a la hora 22, en un lugar relativamente descampado, yo bajara la ventanilla y les diera un apretón de manos? ¿No hubiera sido más lógico que por razones de seguridad hubiera mantenido la ventanilla cerrada y hubiera hecho un gesto de que no tenía nada para darles, los hubiera ignorado y seguido mi marcha tan pronto me fuera posible? 

La verdad que no lo sé y probablemente no lo sabré nunca. Pero es una posibilidad. Lo que sí me impresionó, de cualquier manera, es la valoración de este muchacho del apretón de  manos. Como si más allá del dinero, que indudablemente necesitaba, lo que más necesitaba de los automovilistas que paraban en el semáforo era alguna muestra de afecto, de reconocimiento, de valoración, de que no generaban temor a pesar de la sensación de inseguridad que se ha instalado, y no sin razón, en buena parte de la sociedad. Un reconocimiento de que ellos no eran una molestia ni tampoco una parte del paisaje. En fin, que eran personas, tan personas como quienes conducían automóviles, y que como tales merecían ser tratadas. Y por ello era más valorable un apretón de manos, el mayor signo de amistad desde tiempos ancestrales porque significa ir con la mano extendida en señal de paz y mostrando que no se lleva armas de ningún tipo,  que una propina, aunque fuera generosa.

Y, en última instancia, el apretón de manos es una muestra de calidez, de sintonía, de no estar enemistado, de no considerarse superior. Cuántas veces un apretón de manos sella una amistad, un contrato, un acuerdo, un negocio. Por algo, la expresión “choque esos cinco” es algo que suele decirse luego de un acuerdo y es señal de que hay algo positivo de que alegrarse. Y yo me alegro de que esa noche en el semáforo, con dos personas que no conocía, pude tener un apretón de manos que para ellos fue muy valioso y que para mí lo fue más pues aprendí una verdadera lección: que lo que más necesitamos los hombres no es dinero sino afecto. Y afecto es algo que todos podemos dar y algo que todos necesitamos, mucho más que bienes materiales. Y que una ventanilla abierta, aun con sus riesgos, derriba muchas más barreras que ventanillas cerradas.

 

 


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