Cinco cadáveres y Fuenteovejuna

¿A quién responsabilizamos por los casos de inseguridad privada?


Cuando la Policía se enfrenta a un cuerpo que fue asesinado con saña, la primera hipótesis que maneja es que el victimario pudo ser alguien de su cerco más íntimo, en general un familiar, alguien que tuvo alguna relación afectiva con la víctima. Parece ser la misma lógica que hace que las guerras civiles sean las más cruentas. Cuanto más cercana la persona que tenemos enfrente, más saña hay a la hora de descargar la ira.

Los femicidios –cinco en lo que va del año- reúnen dos de los componentes que conforman la inseguridad: delito y violencia.

Cuando el fenómeno de la inseguridad se analiza desde la perspectiva de que lo que ha empeorado las cosas es la violencia y no tanto el delito, surgen voces que atribuyen a esa mirada un intento por restarle responsabilidad al gobierno de turno. Porque se puede culpar al gobierno por no prevenir ni perseguir adecuadamente el delito, pero es más difícil atribuirle responsabilidades en los niveles de violencia que anidan en la sociedad, algunos de los cuales no terminan por conformar una conducta delictiva (el 60% de los niños sufre algún tipo de violencia, dicen datos oficiales).

La violencia de género rompe moldes.

En ella coinciden delito y violencia, pero ¿quién en una mirada honesta puede achacarle alguna responsabilidad a alguien por no haberlo evitado? Puede haber casos mal manejados que no se ajustan al protocolo, pero en su mayoría los femicidios, la violencia de género, son casos en los que es difícil atribuir responsabilidades y nos interpela a todos sobre qué es lo verdaderamente importante a la hora de valorar la inseguridad. Nadie puede amparar ni justificar la comisión de delitos y una sociedad se degrada si estos no son penados; pero la transgresión de la frontera de lo legal es en ocasiones algo menor al lado de un acto de violencia. Los delincuentes son un asunto que el Estado debe perseguir y sancionar. Pero ¿de quién es el asunto de la locura en el tránsito que se cobra más de 500 vidas por año, de las madres que agreden a maestras, de jóvenes que agreden a jóvenes, de la intolerancia que destilan las redes sociales, de las autoagresiones que se cobran más de 400 vidas por año, de los padres que destratan a sus hijos? Y la lista podría seguir. ¿Los delincuentes son un problema? Lo son. Pero resulta que estos cinco hombres que mataron a sus parejas no eran delincuentes. Estas cinco muertes y las que hubo antes y las que seguro vendrán nos interpelan como sociedad, y no tanto por la inseguridad pública, sino por esta otra, profundamente privada.

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