Claudio Tolcachir: "Me gusta mucho el humor que nace del dolor; es el que más me emociona"

El director presenta Dínamo, una obra precedida de críticas excelentes en su país
A Claudio Tolcachir se le nota cansado después de tantas entrevistas, pero no menos entusiasmado. Su obra Dínamo se estrenará el próximo 12 de octubre en el Teatro Solís y marca el regreso de una figura del teatro rioplatense sumamente apreciada de este lado de la orilla. El director explicó algunos de los detalles de la producción a El Observador, además de hablar sobre sus vínculos con el país y sus preferencias como artista.

¿Por qué el nombre Dínamo?

Tiene mucho que ver con la trama. Dínamo es una casa rodante donde hay tres mujeres, muy diferentes, muy particulares, muy solas, que así como la casa está por fuera de la ciudad, ellas están por fuera de la sociedad. Esto pasa por sus historias, porque son diferentes, porque quedaron expulsadas, porque no se adaptaron. Las tres mujeres conviven sin darse cuenta que lo hacen, casi rozando sus vidas sin encontrarse. Pero se encuentran y allí se comienza a plantear un ecosistema entre ellas. Ese ecosistema, que es una energía que se genera desde la comunicación, es algo que generan ellas mismas, que no viene de la ciudad y ahí entra el título de la obra. Dínamo es un aparato, un motor que genera su propia energía por el movimiento. En este caso, la energía que logran generar estas mujeres entre sí, sin recibir nada del exterior, por su propia convivencia, es Dínamo. Es la ilusión o la fe de estos personajes desplazados, marginales, de crear una forma propia de convivencia para estar menos solos.

¿Son dos obras diferentes a partir de ese punto de quiebre en el que se dan cuenta que conviven?

Sí, en parte. Tenés un momento en el que conocés las tres historias por separado, qué quiere cada una: una rockstar de 70 años que sigue buscando inspiración; su sobrina, que a los 55 está tratando de retomar su carrera de tenista luego de algunos problemas psiquiátricos; y una inmigrante de un país desconocido, que está escondida en la alacena. En determinado momento empieza otro circuito de la obra que es la convivencia; podríamos llamarlo el diálogo, aunque no va por el lado de la palabra, sino por un lenguaje distinto. Empieza a haber una comunicación entre ellas y todo lo que se sembró durante la pasada soledad empieza de golpe a florecer cuando se produce la comunicación.

La obra tiene una escenografía particular ¿Qué desafíos les planteó y que permitió en el plano narrativo?

El desafío más grande fue para la producción, en este caso para el Solís. Tiene un tamaño un poco más grande que una casa rodante. Sabíamos que necesitábamos un espacio fértil narrativamente y estar en una casa rodante nos permite, por ejemplo, que los personajes estén arriba del techo, que estén abajo, que desaparezcan. Es un lugar lleno de trampas y trucos, de lugares insólitos y eso permite jugar con el espacio de manera diferente. Mis obras anteriores, como el texto era muy potente, en lo general no tenían prácticamente escenografía, porque el texto constituía el espacio. En este caso, como eso no pasa, tenemos un espacio real, casi hiperrealista, mágico, y muy necesario. Tenemos un juguete muy divertido donde poder aparecer y desaparecer actores en las alacenas, en los baños, en las camas.

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La obra se promociona con un anuncio de "vuelve Tolcachir", lo que demuestra la respuesta del público frente a su trabajo ¿Qué le genera eso?

Me emociona un montón. Tengo una relación de vida con Uruguay: antes de venir con la obras venía de mochilero al Cabo Polonio, a La Paloma, así que la buena recepción que nos dan y este tipo de cosas de que volvemos es muy lindo, muy generoso. Yo no me acostumbro a nada, por suerte, y me sigue sorprendiendo un montón. Vivo en estado de sorpresa y soy consciente de que tengo mucha suerte en la vida.

El actor Luis Machín comentó que para los actores Uruguay es a veces una casa más amable que la propia Argentina ¿Coincide?

Yo siento cuando hablo con periodistas, con colegas, otra sabiduría. Mucho menos espuma, mucha menos histeria, más aplomo, una sabiduría más grande en la manera de hacer. Nosotros tenemos cosas positivas, como la capacidad de producción, pero al mismo tiempo tenemos una especie de electricidad angustiante, y cuando vengo me invade un placer más profundo, más real. No lo llamaría amabilidad solamente, lo llamaría otra realidad, más sabia y más profunda.

En su carrera pasó por varios géneros ¿Tiene alguno en el cual se desenvuelve con más seguridad, con más comodidad?

A mí me gusta llamar a ese género comedia patética. Sería pariente de la comedia negra, pero creo que a mí me salen comedias patéticas, comedias sobre gente patética. Allí lo que sucede es trágico, pero podemos verlo con humor por la desubicación que sufren los personajes. A mí me gusta mucho el humor, pero aquel que nace del dolor; es el lugar donde me siento más feliz, el que más me emociona. Poder encontrar ese borde, ese filo entre lo trágico y lo cómico, ese lo que busco.

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