Cóctel letal en Orlando

Violencia, control de armas, terrorismo, odio y extremismo islámico
De la masacre de Orlando (la peor en suelo norteamericano desde el atentado a las Torres Gemelas) ha surgido el debate eminentemente político; como cada vez —y ya van demasiadas— que a un desquiciado se le ha ocurrido en los últimos años emprenderla a balazos contra un grupo de civiles desarmados y dejar el tendal de muertos.

Los argumentos son los de siempre; y a ellos se suma ahora el ingrediente del terrorismo islámico, como en el atentado de San Bernardino, California, el año pasado: que si la culpa es del extremismo islámico (o directamente, del Islam, como sostienen los más islamofóbicos; como si una fe que ha dado paso a toda una civilización pudiera ser causa sine qua non de estas aberraciones), que si la culpa es de los laxos controles de Estados Unidos sobre la tenencia y adquisición de armas de fuego, que si se trata de un caso de terrorismo islámico y punto, o de un "crimen de odio" a secas. O que si el culpable es lisa y llanamente el presidente Barack Obama por sus políticas en Medio Oriente, como llegó a decir estos días el senador republicano John McCain. Y un largo etcétera, que no se reduce a Estados Unidos, sino que se extiende al mundo entero; y hasta en las redes sociales uruguayas se pueden ver acalorados debates al respecto. Para variar, de tinte político.

Llama la atención la falta de sensibilidad. Hay 49 víctimas, asesinadas de la forma más cruel y sanguinaria; y todo el mundo tratando de arrimar agua a su molino. Parece un despropósito, un desatino a la memoria de quienes les tocó en desgracia caer en tan fatídicas circunstancias. Quienes hemos visto la muerte cara a cara y hemos convivido con el dolor y la destrucción que emergen de los escombros que deja a su paso el terrorismo sabemos de la indignación que estos debates suelen causar en los familiares de las víctimas mientras transitan su duelo personal.

Y en realidad, no es uno ni dos ni tres de los aspectos que se discuten. La masacre de Orlando encarna una especie de epítome, un punto de encuentro donde confluyen todos los flagelos de nuestro tiempo, los particulares de la sociedad estadounidense y algunos también globales: la violencia armada, el terrorismo, el control de armas, el odio al diferente y el extremismo islámico. Todo ese cóctel letal parece agitarse vertiginosamente y volcarse sobre la funesta noche de Orlando.

En primer lugar, parece a esta altura meridianamente claro que hay que ponerle de una vez un límite a la adquisición de armas de fuego en Estados Unidos. Omar Mateen, el asesino de Orlando, utilizó un fusil de asalto AR15 que había adquirido días antes en forma legal. El AR15 es la versión semiautomática del M16, que por años han usado los soldados norteamericanos en el frente. Es decir, un arma de guerra que en la mayoría de los estados de la Unión cualquier civil puede obtener con su licencia de conducir. Esto no parece razonable.

No se trata de abolir el derecho (constitucional en Estados Unidos) a la tenencia de armas y a la legítima defensa. Se trata de que cualquier loco no pueda adquirir un arma de tal poder que le permita perpetrar una masacre en pocos minutos. La de Orlando no fue la única. El AR15 se usó antes en el atentado a la clínica de San Bernardino, donde murieron 14 personas, en el del cine de Aurora, Colorado, con saldo de 12 víctimas, y en el de la escuela de Newtown, Connecticut, que se cobró la vida 20 niños, entre otros.

Y luego la cantidad de armas por habitante que hay en Estados Unidos también es de una desproporción alarmante. Las estimaciones más conservadoras dan cuenta de 265 millones de armas de fuego, en una población de 323 millones de habitantes. De no ponerle coto a ese descontrol, seguiremos viendo masacres como la de Orlando y peores también.

Obama ha tratado de establecer un control federal sobre la compra, prohibir los fusiles de asalto a los civiles y limitar el número de municiones. Pero ha chocado permanentemente con la negativa del Congreso de mayoría republicana y del lobby de las armas, encabezado por la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), que se opone férreamente a cualquier medida de control.
Esta semana un senador demócrata logró introducir, mediante la táctica dilatoria conocida como "filibuster", un proyecto para prohibir la venta de armas, al menos, a aquellos que figuren como sospechosos de terrorismo en las listas del FBI y los servicios de inteligencia. Paralelamente Donald Trump ha dicho que se reuniría con los directivos de la NRA para convencerlos de una medida similar. Parece lo más lógico. Pero hasta eso se ve complicado en un país donde el problema de las armas es cultural; y los fabricantes no están dispuestos a permitir la regulación de una industria multibillonaria que campea en un Far West cada vez más letal.

Desde luego que la masacre de Orlando se inscribe también en una larga serie de crímenes de odio, que en los últimos años se han exacerbado en Estados Unidos. En este caso, fue contra la comunidad gay; pero antes lo fue contra los negros y en reiteradas ocasiones; episodios que llevaron las históricas tensiones raciales al borde de los disturbios en varias ciudades del país.

Y por último, no se puede pasar por alto el flagelo de extremismo islámico. Haya sido el de Orlando un atentado dirigido o inspirado —como todo parece indicar— en el Estado Islámico, el resultado es el mismo. Por otra parte, la expansión del ISIS y sus victorias militares en Siria e Irak parecen haber dado origen a una nueva modalidad de terrorismo: la de los llamados "lobos solitarios". Se trata de emigrantes o hijos de emigrantes musulmanes, nacidos o criados en países de Occidente, que abrazan la barbarie del Estados Islámico y deciden replicarla allí donde viven. Pasó en París, pasó en Bruselas, en San Bernardino y ahora en Orlando.

De ahí la acusación apresurada —y sin duda, poco afortunada— de McCain en el sentido de que el responsable es Obama. Luego rectificó y dijo que no había querido decir Obama personalmente, sino sus políticas en Medio Oriente, que han dado lugar a la formación y expansión de ISIS en Siria y en Irak.
Puede uno discrepar del razonamiento de McCain, que anota entre esas medidas de Obama la retirada de las tropas de Irak; incluso, condenar que lo señale como culpable directo de la masacre de Orlando. Pero en rigor, que las políticas de Estados Unidos, puntualmente en Siria (enfocadas tozuda y largamente en el derrocamiento de Bashar Al Assad), han favorecido la creación y la expansión del Estado Islámico, es un dato de la realidad que difícilmente se pueda refutar.

Sin embargo, todas estas disquisiciones parecen ahora en vano, y sobre todo inclementes, ante el silencio de las víctimas de Orlando.

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